El fin de los tiempos

Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
El fin de los tiempos

Cuando los hombres perdemos de vista la idea de un Bien en común absolutizamos otros bienes y depositamos en ellos nuestro anhelo de infinito, de trascendencia. Todos necesitamos creer en algo, no obstante cuando perdemos de vista al Dios único, vivo y verdadero, confiamos en otros dioses, los de la mundanidad a los que el Papa Francisco, en la Catedral de San Sebastián de Rio de Janeiro, invitaba a los jóvenes a combatir.


La llegada del tiempo mesiánico nos introduce en el comienzo de un tiempo en el que contemplaremos al auténtico Bien y viviremos según sus condicionamientos, la armonía interior que se nos promete debe ser traducida en justicia social, en bien común como lazo de fraternidad humana. La destrucción del Templo simboliza el fin de nuestros prejuicios religiosos, del propio encerramiento entre muros, para salir al encuentro de los otros, a las periferias existenciales, de las que tanto nos habla el Papa.


Esto implica, evidentemente, una conversión personal, hecha de pequeñas conversiones diarias, la de abandonar los propios prejuicios, las convicciones personales-egoístas, el deseo de autorrealización para descubrirnos en la realización junto a otros. Muchos falsos profetas han hablado del fin del mundo, de que si no los seguían y obedecían, ídolos de barro, pues basta una llovizna para hacerlos caer.


Jesús nos invita a confiar en él, a depositar nuestra espera esperanzada, o como dicen el filósofo del lenguaje Paul Austin: la esperanza performativa, aquella que va transformando nuestra vida de manera transversal pero total.


(Fuente: Emilio Rodríguez Ascurra)


 


 
 

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