El hombre que le sonreía a Jesús

Entró arrastrando los pies, poniéndole eco a sus pasos, y se arrodilló justo delante de mi.

 
El hombre que le sonreía a Jesús

La tarde se iba, después de un día largo en el medio de una más larga semana, y los bocinazos de los colectivos quedaron atrás, junto a la gritería y a la mujer que insistía en que le comprara un sándwich de milanesa envuelto en papel film.


Así fue que me zambullí en la iglesia del Santísimo Sacramento, en la calle San Martín al 1000 de la ciudad de Buenos Aires.


La Basílica estaba casi vacía, sumergida en el silencio profundo de los que, sentados o de rodillas, ponían los ojos allí donde la vista acostumbra a buscar alivio. “Allí”, es Jesús en su forma sagrada, protegido por su espectacular custodia.


Lo miré por el rabillo. Entró arrastrando los pies, poniéndole eco a sus pasos y se arrodilló justo delante de mí.


Traía unas bolsas “atadas” a sus manos de nudillos blancos y un morral le surcaba el pecho.


Se fue deshaciendo de todo en el banco de madera. Con cada movimiento le imprimía un poco de ruido a la calma de la Basílica, como esos chicos que desenvuelven caramelos en la sala de los cines y son acribillados a chistidos.


Levanté la vista y pude ver un rictus que le cortaba la cara, como una sensación de amargura. Los ojos, serenos. Pero su boca se había quedado quieta, apretando los dientes y, en esa corta distancia, me pareció que iba a llorar.


Un segundo después su espalda se encorvó, mientras caía de rodillas sobre el reclinatorio y el silencio volvía a inundarlo todo.


No pude calcularlo, pero fue un instante. Quizá un minuto. O dos “a lo máximo”.


Al principio fue como un susurro apenas audible. De a poco fue subiendo su mirada hacia la Hostia divina e iluminada, y el murmullo adquirió intensidad.


Entonces me deslicé hacia un lado, como alejándome de aquella inoportuna visita que vino a desenvolver caramelos, a arrastrar sus pies, y sus bolsas, y su amargura. Ahora podía verlo en diagonal. Parte de su rostro quedó adivinado entre las penumbras, y sus labios ya no estaban quietos. Se movían.


El murmullo fue subiendo el tono y yo pensé para mí: “Termina de una vez”.


Me llevé el pulgar y el índice de mi mano hacia los ojos, los apreté, para intentar volver a lo mío, pero el experimento no dio resultado. Seguía oyendo su ronroneo.


-       “Con solo mirarte”.. –alcancé a escuchar sin saber si había comenzado o terminado una frase.


Me quedé quieto,  y un quejido de una suela gastada me quitó el instante. Mi amigo achicó la vista hacia el Jesús Sacramentado y volvió a repetir:


-       “Con solo mirarte…”


Pero al bajar los ojos y su rostro, sus labios se ocultaron entre sus manos que habían vuelto a tener color, y no pude escuchar el final de su oración.


-       “Con solo mirarte”, arrancó otra vez, mientras sus ojos y su boca, y su mirada y su voz, parecían subir a zancadas hasta la custodia donde estaba Jesús.


-       … mi día mejora” dijo,  y volvió a ocultar su rostro entre sus manos.


Me di cuenta de que no le importaba nada más que estar allí, en compañía del Señor, mirándolo y arrojándole piropos, porque me quedé con los ojos puestos en él, y ni siquiera se volvió para verme.


Luego de un rato en el que repitió muchas veces “con solo mirarte, mi día mejora”, comenzó a juntar sus bártulos, se cruzó el morral de derecha a izquierda, se quedó un segundo parado el en pasillo de la nave central, de perfil, como si el cuerpo se resistiera a moverse, miró a Jesús por última vez, y comenzó a caminar a paso vivo hacia la puerta.


Sonreía.


(Fuente: Yo Creo - Jueves 15 de mayo de 2014, 17:50/ Nota publicada en mayo de 2O14)


 
 
  • NOMBREalejandra
    DESCRIPCION.si
  • Carlos
    Me pareció buenísima y rogué: "Señor, dame esa fe"
  • Oscar Feudal
    DESCRIPCION Al principio no entendía, y luego me lo imaginé delante mío. Por supuesto que a Jesús. Y escribí en una libretita. "Con solo mirarte, mi día mejora". y lo voy a seguir repitiendo porque es verdad. Hermoso. Oscar
  • Bebita
    Mirá esta nota
  • Adrián
    Envidiable Fe, asombroso Amor. El Mejor Amigo...
  • Esteban
    Excelente relato de vida. Nunca olvidemos que "El Señor es mi pastor... nada me puede faltar" porque Él siempre está esperándome.
  • Gloria
    Una Rumia, para darnos fortaleza, sabiduría y esperanza.
  • NORA
    DESCRIPCION Muy bello relato. Es verdad, debemos repetirnos a cada instante ese -" con solo mirarte, mi día mejora". Señor, yo creo más aumenta mi fé.

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación