El pastor debe caminar con el rebaño

El papa animó a los obispos en su labor en las diócesis invitándoles al diálogo con las instituciones culturales, sociales, políticas y les habló de su labor como obispos, pastores del rebaño.

 
El pastor debe caminar con el rebaño

En la meditación que realizó el pontífice, reflexionó sobre las lecturas escuchadas durante la celebración de la Palabra. Además señaló la importancia de que "nuestro primer encuentro sea aquí, sobre el lugar que custodia no solo la tumba de Pedro, sino la memoria viva de su testimonio de fe, de su servicio a la verdad, de su donarse hasta el martirio por el Evangelio y por la Iglesia".


Francisco repitió las palabras que Jesús dirige a Pedro "¿me amas?", una pregunta que "debe resonar también en nuestro corazón de obispos", que empuja a "mirarnos dentro, a entrar de nuevo en nosotros mismos. Cada ministerio, añadió "se funda sobre esta intimidad con el Señor; vivir de Él es la medida de nuestro servicio eclesial, que se expresa en la disponibilidad a la obediencia, al abajamiento [...] a la donación total".


Lo que debe diferenciar el ministerio pastoral, explicó al santo padre, es la consecuencia de amar al Señor: darlo todo, incluida la vida, por Él. "Con el servicio de nuestra autoridad estamos llamados a ser signo de la presencia y de la acción del Señor resucitado, a edificar por lo tanto, la comunidad en la caridad fraterna", continuó.


El papa también advirtió que la falta de vigilancia hace tibio al Pastor, "lo hace distraído, olvidadizo e incluso impaciente; lo seduce con la perspectiva de la carrera, el señuelo del dinero y los compromisos con el espíritu del mundo" y por tanto "se corre el riesgo, entonces, como el apóstol Pedro, de negar al Señor".


Recordó que "la pregunta insistente y sincera de Jesús puede dejarnos doloridos y más conscientes de la debilidad de nuestra libertad" suscitando "pérdida, frustración, incluso incredulidad". Y de estos sentimientos se aprovecha el enemigo para "aislar en la amargura, en la lamentación y en el desaliento".  Matizó además que "Jesús, buen Pastor, no humilla ni abandona al arrepentido".


Ser Pastores, dijo el papa "creer cada día en la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor, no obstante nuestra debilidad, y asumir hasta el fondo la responsabilidad de caminar delante del rebaño, liberando de las cargas que dificultan la sana celeridad apostólica y sin vacilar en la guía, para hacer reconocible nuestra voz tanto de los que abrazan la fe, como de los que todavía 'no son de este corral'".


El santo padre recordó que el Pastor debe estar dispuesto a caminar en medio y detrás de las ovejas también y ser capaces "de escuchar la silenciosa historia de quien sufre y de apoyar el paso de quien teme no ser capaz". Invitó a dejar de lado la arrogancia para inclinarse frente a los que " el Señor nos ha confiado a nuestro cuidado". A propósito de esto, el papa Francisco pidió especial atención para "nuestros sacerdotes" que son "nuestros hijos y nuestros hermanos".


Finalizó explicando que esta renovación no es "un acto formal" sino un renovar la respuesta al "sígueme" que lleva a desplegar " la propia vida según el proyecto de Dios".


(Fuente: Zenit)


 
 
  • Angelo Lopez
    DESCRIPCION; Prefieren seguir en sus ideas que tener vocaciones Hay centros religiosos o diocesanos que, antes que aceptar las orientaciones de la Iglesia, prefieren quedarse sin vocaciones. No pueden menos de saber que, en circunstancias sociales y culturales análogas, otros centros religiosos o diocesanos, que se identifican con la doctrina y la disciplina de la Iglesia, tienen vocaciones, y a veces muchas. Pero, por supuesto, no por este dato de experiencia abandonan aquéllos su obstinación suicida. Ellos viven fuera de la realidad eclesial; tienen bastante con sus ideas. Citaré un ejemplo. Una encuesta reciente hecha en las diócesis de un país grande de Europa, mayoritariamente católico, muestra que en ellas la proporción media por un seminarista es de 22.575 habitantes. Unicamente en dos diócesis la media es de casi 70.000, lo que significa que su escasez de vocaciones es más del triple de la media nacional. Pues bien, al poco tiempo de hacerse públicos estos datos, un profesor de una de esas dos diócesis publica un artículo en el que denuncia que «la rigidez del aparato eclesiástico termina por preferir el mantener un prototipo de cura, antes que garantizar la presidencia y celebración eucarística de las comunidades». Y profundiza más en su análisis: «Frecuentemente, el problema-obsesión del número de seminaristas, se utiliza como solapamiento del intento de volver a los modelos negativamente clericales de antaño o de la ofensiva sacerdotalizadora del presbiterado, que supone una práctica rejudaización del mismo» (19-III-94, subrayados míos)... Lo digo yo en otras palabras: «La Iglesia tiene la culpa de que nosotros no tengamos vocaciones, porque se obstina en mantener un modelo de cura distinto del que nosotros, proféticamente, queremos producir»... La idea es formidable. En realidad, no pocas veces, las Iglesias locales sin fuerza para suscitar vocaciones, tampoco la tienen para dar buena formación doctrinal y espiritual a las que en ellas nacen, por milagro de Dios. Y así se forma un círculo vicioso. A veces, en esas situaciones, faltan vocaciones allí donde faltan buenos seminarios y noviciados. Y aún señalaré otra situación especialmente lamentable. Hay quienes piensan así: «ya sabemos que si quisiéramos hacer sacerdotes o religiosos al estilo tradicional, tendríamos vocaciones. Pero eso sería un paso atrás inadmisible en la vida de la Iglesia. Antes de eso, preferimos no tener vocaciones». Partiendo, pues, de ese planteamiento, ellos siguen procurando en su pastoral vocacional y en sus Centros formativos un modelo de sacerdote y religioso abiertamente diverso del que la Iglesia quiere. Y el hecho de que, como consecuencia, persista una extrema escasez de vocaciones no les angustia especialmente, sino que en cierto modo les alegra, porque piensan que «una carencia de vocaciones, suficientemente prolongada, obligará por fin a la Iglesia a cambiar su modelo de sacerdote o religioso, y a aceptar el que nosotros hoy, proféticamente, propugnamos». Datos objetivos obligan a pensar que esta siniestra hipótesis no es sólamente un mal sueño o un juicio temerario. Quienes así piensan y actúan están, pues, echando un pulso a la Iglesia y al Señor Jesucristo, que la gobierna a través de los Pastores sagrados. ¿De quién habrá que pensar que será la victoria?... Pero, en fin, todas estas nieblas se disipan con la luz de una verdad muy sencilla: siendo nuestro Señor Jesucristo quien da la gracia de las vocaciones, es normal que las dé donde éstas se configuran del modo que Él quiere, y que no las suscite donde pretenden configurarlas en modos contrarios a su voluntad. Ahora bien, cómo quiere Cristo que se configuren las vocaciones sacerdotales y religiosas no es una voluntad que permanezca oculta, ni que sea un mero objeto de adivinaciones aventuradas, sino que se manifiesta suficientemente en la Tradición y el Magisterio apostólico doctrinal y disciplinar, en las Reglas y constituciones religiosas, así como en los santos, sean sacerdotes o religiosos, que han sido canonizados para ejemplo universal.
  • Angel Lopez
    ¿Cómo las Iglesias que hasta hace unos decenios enviaban a todo el mundo sacerdotes y religiosos misioneros apenas tienen hoy vocaciones para atender las propias necesidades pastorales más apremiantes? ¿Por qué, cómo ha sucedido esto?... El problema es de tal magnitud que debe condicionar hoy todos los planteamientos doctrinales y prácticos de estas Iglesias. No puede remediarse un mal si no se conocen bien las causas de donde procede. ¿Cómo es posible que en tantas Iglesias, y durante decenios, se haya producido una carencia de vocaciones tan generalizada y persistente que llega a comprometer la misma perduración de las Iglesias locales afectadas?... Hay muchas Iglesias en Europa que, en los últimos treinta años, han visto reducirse en un 40 % el número de los cristianos practicantes, y en un 65 % el de vocaciones. Y enotras Iglesias de situación semejante a las de Europa ha sucedido más o menos lo mismo. En los Estados Unidos, por ejemplo, las religiosas se han reducido a la mitad en unos veinticinco años: han pasado de 181.000 (1966) a 92.000 (1993), al mismo tiempo que el número de católicos aumentaba. En Francia, entre 1966 y 1991, abandonaron el ministerio unos 6.000 sacerdotes diocesanos y religiosos, aunque otros cálculos hablan de 8.000. Todo eso significa cierre de parroquias y conventos, abandono de escuelas, colegios y obras apostólicas, supresión de centros asistenciales, renuncia forzosa a las misiones... Pues bien, ¿exigir un análisis profundo del modelo de vida religiosa y sacerdotal que en esos años ha ido prevaleciendo allí, con tan tremendos resultados, será un catastrofismo temerario e involucionista? Si en treinta años se han secularizado unos 80.000 sacerdotes, la gran mayoría de ellos en Occidente, ¿será superfluo que la Iglesia trate de detectar las actitudes doctrinales y prácticas -sobre la figura del sacerdote, la visión del mundo moderno, la actitud ante la Tradición y el Magisterio, etc.- que, habiendo prevalecido durante estos años en Occidente, parecen ser la única explicación posible de tan gran tragedia? ¿La honesta investigación de las causas habrá de ser calificada de pesimismo morboso y de lamentable actitud masoquista? ¿O es que no se trata de una gran tragedia, dirá alguno, sino de una crisis pasajera sin mayor importancia? Y además, después de todo, «que la Iglesia crezca o disminuya en el mundo no es cosa que tenga mayor importancia. Lo importante es que esté sana y fuerte»... ¿Pero es posible que una Iglesia sana y fuerte esté en progresiva disminución, tanto en el número de fieles como en el de vocaciones?...
  • Angelo Lopez
    La escasez de vocaciones es un fenómeno eclesial muy grave y negativo. Y no podrá enfrentarse adecuadamente si no se conocen suficientemente sus causas. Sin embargo, de hecho, la búsqueda de las causas de la escasez de vocaciones es un tema tabú. Son muchos los que parecen decididos a eludirlo, como si pensaran: «Bastante preocupados estamos con la escasez misma de las vocaciones, y con sus graves consecuencias pastorales, como para que además hubiéramos de ponernos ahora a investigar sus causas. Ya no nos faltaba más que eso». Esta actitud, convendrá reconocerlo, es suicida. ¿Por qué esta gravísima cuestión no se plantea de frente, buscando hasta las causas últimas, a veces las más decisivas y las más ocultas? ¿Es que tenemos miedo a conocer la verdadera explicación de la escasez de vocaciones?... Es duro suponer ese miedo. En este o en cualquier otro tema ¿desde cuándo el conocimiento de la verdad es temible para «la Iglesia del Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,9)? El cardenal Pío Laghi, presentando el «Congreso sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada», que se celebrará en Roma, en mayo de 1997, dice: «Un análisis de la situación anual en Europa demuestra una crisis de vocaciones persistente. Las causas de este triste fenómeno son múltiples, y tenemos que afrontarlas con vigor, especialmente aquellas cuyo origen se puede encontrar en una aridez espiritual o en un comportamiento de disentimiento corrosivo». Convendrá decirlo abiertamente. Buscar las causas de la ausencia de vocaciones es una empresa extraordinariamente delicada, estando vivos aún en las Iglesias aquéllos que en los últimos decenios -profesores de teología, formadores de seminarios y noviciados, pastores y superiores mayores y menores- han dado las principales orientaciones en materias doctrinales y prácticas. El problema es real: ¿cómo distinguir las causas de los causantes? ¿Cómo evitar que la investigación de las causas de la escasez de vocaciones venga a convertirse en una inquisición de los culpables principales de la misma? El peligro es verdadero, sin duda, y habrá que hacer todo lo posible para no caer en él. No busquemos culpables. «¿Quién eres tú para juzgar al siervo ajeno?» (Rom 14,4). ¿Quién estará en condiciones de tirar sobre los presuntos culpables «la primera piedra» (Jn 8,7)?. Por lo demás, la comunión de los santos implica profundas conexiones de méritos y de culpas. A veces, en un cuerpo humano, la cabeza no discurre bien o no actúa porque el corazón no le envía suficiente sangre, o porque brazos o piernas están paralizados. Y eso mismo pasa a veces en el cuerpo de las Iglesias. No nos juzguemos, pues, los unos a los otros, que el que ha de juzgarnos es sólamente el Señor (1Cor 4,3-4). Y más nos vale que así sea. No busquemos culpables; pero busquemos las causas. Por otra parte, ofenderíamos a esos hombres principales de Iglesia con sólo suponer que quizá están más interesados por su propio prestigio que por el bien del pueblo cristiano; es decir, que «aman más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Jn 12,43). Y en todo caso, no investigar las causas de graves fenómenos negativos de las Iglesias por temor a ofender presuntas susceptibilidades personales sería una caridad falsa, sólo aparente. Las Iglesias necesitan urgentemente conocer y reconocer las causas de la ausencia de vocaciones apostólicas, para poner a ese grave mal los remedios necesarios. No es posible demorar por más tiempo el análisis profundo de las causas de un mal que va generando cada vez mayores males.

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