El perfume de su Pasión

Una invitación a descubrir la Semana Santa como la Semana del Amor.

 
El perfume de su Pasión

La piel de Jesús, esa piel que recibió los golpes, las escupidas, los azotes de la Pasión, y que fue traspasada por los clavos de la crucifixión; tenía todavía impregnado aquél carísimo perfume de nardo puro con el que María de Betania lo había ungido.  


¿Qué hizo esta mujer? Una locura. Pero no cualquier locura, ¡una locura de amor! Porque “amor con amor se paga”. Jesús le había devuelto la vida a su amado hermano después de cuatro interminables días de duelo. ¿Y cómo no recordar en familia ese diálogo previo una y otra vez? “«Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Vos creés esto?»” (11,26). A su hermano Lázaro, la vida de nuevo; a su hermana Marta, la vida nueva de la fe. Toda una deuda de amor.  


¡¿Qué hizo esta mujer?! Un derroche. Pero no cualquier derroche, ¡un derroche de amor! Derroche que escandalizó a quien escatima en entrega, al que dice en su interior: “hasta acá llegó mi amor...”. ¿Será amor ese que se anda midiendo cuidadosamente en cada oportunidad? ¿Se puede llamar amor? Con su derroche, María hace estallar desde adentro la lógica del conservador. Fue un derroche equivalente al sueldo de todo un año de trabajo. Hoy sabemos la magnitud de esta unción gracias a un corazón calculador: ahora “300 denarios”, “30 monedas de plata” (Mt 26,15) después. Un corazón calculador. El corazón de Judas, el que lo entregó.


La piel de Jesús en la Pasión, es la piel ungida por María hoy. Y, ¡¿qué hizo esta mujer?! Un señuelo, una participación, “algo mío en vos”. ¿Acaso sabía María que había llegado la hora del Amor? ¿Es que entendió en ese mismo momento las palabras que el Maestro, corrigiendo al traidor, pronunció? “Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura” (11,7). María, corazón enamoradamente intuitivo, percibía que esta visita de Jesús, que esta cena y esta noche no eran como las demás. Ella sabía que su Amor “no iba a estar por mucho tiempo más”, que “a dónde Él iba, ella no podía ir” (cf. 13,33). María, corazón obstinadamente enamorado, con menos no se iba conformar. ¡Es con Él, o nada! Su interior se revelaba gritando: «No me resigno, Amor, ¡algo mío se va con vos!». ¿Y qué podría ser? Algo mío tan presente en vos, que nadie más lo pueda ver. Algo que vos lleves de mí, que yo sin ir, esté con vos. Algo tan mío que hagas tan tuyo, que lo que vos sufras, lo sufra yo. ¡Claro, sí! ¡Un perfume! Algo tan parecido al amor...


Dos corazones y un Amor. Uno frío y calculador: es el que entrega al Amor.


El otro, locamente derrochador: el que se entrega al Amor.


“Grabáme como un sello sobre tu corazón,


porque fuerte como la muerte es el amor.” (Ct 8,6)


(Fuente: Yo Creo / Autor: Javier Di Benedetto)

 
 

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