El Sacramento del Perdón nos devuelve la alegría

Una caída inesperada, sentirnos solos y abandonados. Nada en más poderoso que el perdón de Dios.

 
El Sacramento del Perdón nos devuelve la alegría

Siempre me gustaron los caballos.

Desde chico.

Siempre se colaba en las conversaciones con mi padre la posibilidad de comprar uno. Pero había otras prioridades en mi casa y el sueño del caballo propio se fue postergando.

Por eso, cada vez que nos íbamos de vacaciones, y mientras el auto recorría –casi siempre- el Valle de Punilla en la provincia de Córdoba, mis ojos infantiles buscaban ansiosamente al “muchacho de los caballos”, porque una vez identificado era seguro que mi padre volvería ese mismo día, o al siguiente, para alquilarme una hora de paseo.

Así fue que en unas de esas vacaciones, los seis, mis padres, mis tres hermanas y yo, llegamos a un balneario de la localidad de Capilla del Monte: un pueblito pegado a La Falda, lleno de riachos y piedras, y asados amigables a sus orillas.

Mientras mis hermanas y mi madre se quedaron a “remojarse” los pies en las aguas frías de las sierras, yo empujé a mi padre hacia el lugar donde había descubierto al “muchacho de los caballos”. Allí estaban sudorosos los pobres pingos, cansados de cambiar una monta detrás de otra, esperando en suerte a su próximo cliente.

Ese era yo.

Elegimos uno de los que parecía estar en mejores condiciones físicas y enseguida lo monté. Establecimos con mi viejo que el paseo sería de una hora, así que enseguida enfilé hacia el camino vecinal más cercano y comencé a hacerlo trotar. Inmediatamente noté que sus patas delanteras no estaban firmes, pero no le di demasiada importancia. Con mis doce años, lo único que quería era andar a caballo, y eso estaba haciendo.

Cuando pasó la primera media hora decidí que era momento de pegar la vuelta. Justo cuando habíamos terminado de pasar un puentecito mínimo, el único cemento que esos cascos conocieron mientras duró mi paseo.

Apenas hice un poco más de presión con mis talones sobre sus ijares y el pobre animal adquirió una fuerza hasta ese momento desconocida. El regreso a la querencia lo impulsó a salir disparado y entonces todo sucedió muy rápidamente.

Hacia la derecha, ni bien terminaba el puentecito, el agua de lluvia había comido la tierra y había construido una zanja natural, pero bastante profunda. Tuve poco tiempo para pensar y entonces –instintivamente- “atrasé” las riendas con desesperación, llevándolas hacia mí, intentando detener al noble animal que quiso afirmarse sobre sus patas delanteras con poco éxito.

Primero cedió del lado derecho y cuando yo lo quise compensar tirando mi cuerpo hacia la izquierda, el ripio, el cansancio del animal y quizá su vejez, decidieron mi suerte.

El caballo cayó pesado sobre ese lado, apretando mi pierna, mientras se le escapaba un leve relincho y a mí me invadía el miedo. Ahí terminamos los dos, en el suelo, él y yo caídos, cubiertos de polvo y tratando de entender –quizá ambos- cómo habíamos llegado a esa situación.

El honor de este buen caballo hizo que se levantara inmediatamente y se quedara con su cabeza casi tocando la mía. Sentí su respiración y el olor a su pelo húmedo, sudoroso. Yo comencé a llorar al ver que de mi rodilla y de mi pie izquierdo brotaba mucha sangre. Miré hacia todos lados y no había nadie. Era un camino casi desértico.

Aunque de pronto, como surgido de la nada, vi una nube de polvo que se acercaba rápidamente. Hice apenas una seña con mi mano y el conductor de ese auto viejo y destartalado se detuvo. En un segundo había pasado su mano sobre mi hombro y presionaba con un pañuelo la rodilla herida. Me hablaba tranquilo con una leve sonrisa en sus labios. Enseguida me tranquilicé; atamos las riendas del caballo en un cerco y subí a su auto camino hacia mis padres.

Es así en la vida de los cristianos. Algunas veces nos caemos, bajo el peso enorme de nuestros pecados. Nos asustamos. Lloramos. Pero sólo hace falta hacer un leve gesto para que el Señor nos abrace, nos cuide, nos ayude a levantarnos y a comenzar de nuevo.

En el sacramento del Perdón, Dios viene a rescatarnos de nuestras angustias, de nuestras faltas. Por más imperdonables que estas parezcan, el Padre espera solo un deseo íntimo para el reencuentro y entonces da el siguiente paso. Tomamos la iniciativa y Él se acerca a nosotros enseguida para curarnos, para salvarnos, para devolvernos la Gracia y una vida mejor.

Entonces ¿porqué nos pide ese gesto de desear su perdón? Sencillamente porque no quiere invadir una de las cosas más valiosas que nos ha regalado: la libertad.

Por eso como diría San Josemaría en Camino: “Si no le dejas, El no te dejará”.


O.M. © Yo Creo

 
 
  • natalia castri de sorba
    excelente!!!!!!! Dios los bendiga y mama Maria los proteja.

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