Elogio de la nariz

La reflexión de J.L. Martín Descalzo sobre el "sentido común". La encrucijada de los sueños y la sensatez.

 
Elogio de la nariz

Sobre pocos puntos he visto entre los pensadores tanta divergencia como en su valoración del sentido común, clave, para algunos, del equilibrio de las personas; rémora, para otros, en la marcha del mundo.


Gracián decía, por ejemplo, que «más vale un gramo de sentido común que mil arrobas de sutileza», y Leopardi aseguraba que «lo más raro que hay en el mundo es lo que pertenece a todos, el sentido común». Pero, en cambio, un Bécquer consideraba que «el sentido común es la barrera de los sueños». Y Unamuno, más que nadie, disparaba contra él. «El sentido común es el sentido de la pereza, el que juzga con lugares comunes y frases hechas, mecánica y no orgánicamente. El que se atiene a los medios comunes de conocer el del ojo de buen cubero, el del poco más o menos, el de todos aquellos que no se esfuerzan en ver claro en sí mismos. Hay gentes tan llenas del sentido común que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio.»

Yo diría que la clave de estas discrepancias parte del punto de mira desde el que se habla. Si para crear es necesaria la locura, para tratar con el prójimo es preferible la cordura. Sí no se puede escribir sin un buen caudal de sueños, tampoco puede mantenerse el vivir cotidiano sin una buena porción de realidades. Lo malo es cuando los términos se cruzan. El sentido común aplicado a la literatura no produce otra cosa que a la chatura. Los sueños proyectados en la tarea de cada día conducen más bien al descalabro.

En este campo, yo suelo practicar una receta que me enseñó, siendo yo un chiquillo, uno de mis maestros y que podría resumirse en la frase "soñar largo, caminar corto". Mi maestro pensaba que el único modo de llegar a los grandes sueños es por pasos cortos, pero que también la única manera de mantener la constancia en los pequeños pasos de cada día era vivir tensos porque tiraban de nosotros los grandes sueños.

Por eso a mí en la vida me gusta tener la imaginación por bandera y el sentido común por timón. Y si me preguntan si soy revolucionario o evolucionista contesto siempre que me gusta ser revolucionario de ideas y evolucionista de táctica; idealista en los fines y posibilista en los medios. Me gusta el arco tenso y la flecha ligera. Poner la locura como meta. Y caminar hacia lo imposible a través de un montón de posibles pequeñitos.

Tal vez por eso doy yo tanta importancia a las formas de las cosas. Tengo la impresión de que, por cada cien personas que dicen que chocan por sus ideas, noventa y nueve provocan ellos sus roces por las formas en que las exponen. Y si Chesterton aseguraba que «una herejía es siempre una verdad que se ha vuelto loca», tal vez pudo también decir que es «una verdad expresada locamente» o a destiempo.

Porque aquí voy a confesar que una de las pocas cosas en las que yo coincido con Maquiavelo es en su culto al tiempo. Reconozco, como él, que «los tiempos son más poderosos que nuestras cabezas». Y creo que es justa su afirmación de que el fracaso de los más grandes personajes de su tiempo se debía a que «todos ellos se negaban a reconocer que habrían tenido mucho más éxito si hubieran intentado acomodar sus personalidades respectivas a las exigencias de los tiempos en lugar de querer reformar su tiempo, según el molde de sus personalidades».

Y, naturalmente, yo no estoy dispuesto a modificar mis ideas por mucho que los tiempos cambien. Pero estoy dispuesto a poner todas las formulaciones externas a la altura de mis tiempos, por simple amor a mis ideas y a mis hermanos, ya que si hablo con un lenguaje muerto o un enfoque superado, estaré enterrando mis ideas y sin comunicarme con nadie.

Esto lo entendí mejor viajando por el mundo. Al llegar a cada país ponía mi reloj en hora, en el nuevo horario del país visitado. Esto no implicaba pensar que en mi país estuviéramos atrasados o adelantados o desconfiar de mi reloj. Suponía, simplemente, que yo aceptaba lo cambiante de la realidad horaria.

Por eso he rendido siempre culto al olfato como virtud de la inteligencia. No creo que tener sentido de la realidad que nos rodea sea oficio de camaleones. Desconfío de los veletas, pero no de los que saben la tierra que pisan. No me gustan los que cambian de ideas, pero tampoco quienes carecen del sentido común de revisarlas y adaptarlas en todo lo no sustancial.

Me gusta la gente de buena nariz. Me encantan los cazadores que no disparan según dicen los manuales, sino que ponen el disparo justo en el momento justo y en el justo lugar.

Extraído de "Razones para la Alegría"
 
 
  • María Inés
    Me interesaría conocer que piensa el autor de la frase de san Agustín ' ama y haz lo que quieras' o ' si te piden que acompañes 1 Km, hazlo por 2 Km ......' ( o algo así). ¿ Considera que el buen samaritano tenía sentido común ? y ¿ que interpreta del testamento que nos dejó Jesús ? ' amense como los he amado ' ...hasta dar la vida por sus amigos.
  • Hilda Conci
    Sentí que lo que estaba leyendo expresba lo que tengo dentro y no puedo expresar con palabras. Desearía conseguir el libro Razones para la aegría porque generalmente no se consiguen los libros de M.Descalzo, o muy poco, en la ciudad de Córdoba. Gracias.

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