En búsqueda de la felicidad perdida

A veces pareciera que el cristianismo está enojado con la felicidad, como si tener fe fuera algo triste, y la felicidad algo fuera de lugar.

 
En búsqueda de la felicidad perdida

¿Un cristianismo feliz?


A veces pareciera que el cristianismo está enojado con la felicidad, como si tener fe fuera algo triste, doliente, apesadumbrado y la felicidad un insulto de superficialidad y liviandad. Hay cristianos que se han olvidado que Dios se encarnó, resucitó, nos prometió la felicidad aquí y el “ciento por uno” en la vida eterna, que existe una promesa de felicidad perdurable más allá del tiempo. Se refugian en una religión de la lástima, el sufrimiento y la pena. El Dios en el cual creen es un “Dios sádico” que se complace en el padecimiento de sus hijos, un Dios bañado de sangre y lágrimas ajenas. Mientras más dolor, mejor. Mientras más infelices, más santos. La heroicidad del sufrimiento extremo. Nada más alejado del “Dios Amor”. La Cruz de Jesús no anuló la felicidad humana. Al contrario, le dio una nueva perspectiva. Una de las páginas más hermosas del Evangelio es aquella en la que Jesús proclama su propia visión de la felicidad humana: las Bienaventuranzas, las cuales anuncian felicidades “peligrosas” que, en primera instancia, nunca elegiríamos. “Felicidades” contenidas dentro de grandes infelicidades. Jesús en las Bienaventuranzas no está glorificando la infelicidad sino nos está dando un criterio de realidad. Está uniendo felicidad con realidad. No vincula felicidad con sueño o aspiraciones porque así la tentación es la evasión, fugarse del mundo.


Al contrario, muy sabiamente, Jesús nos hace mirar alrededor y ver lo que hay y lo que abunda. En sus tiempos, como en los nuestros, la realidad humana y social no ha cambiado mucho esencialmente. Para ser felices, no hay que evadirse. Hay que sumergirse en la realidad, por dolorosa que fuere. No existe el “mundo ideal”. Existe sólo el mundo real. Lo que tenemos, es lo que hay. Sólo el que puede aceptar la realidad y transformarla, empezará a ser feliz con lo que es y con lo que tiene. Este criterio de realidad para asumir la felicidad posible viene del misterio de la Encarnación. Dios se hizo humano para redimir al mundo. Sumergiéndose en la realidad  es como la redimió, desde abajo y desde adentro. No fue saliendo y evadiéndose sino internándose, entrando, aceptando y asumiendo es como revirtió, desde las entrañas de la realidad, una mejor posibilidad. El Dios Encarnado de los cristianos es un Dios para la felicidad, que está vivo, glorioso y resucitado. El Dios del amor y la esperanza. La felicidad posible es sólo posible en la realidad. De lo contrario, para ser felices tendríamos que salir de la realidad, del mundo, de la historia y de los múltiples escenarios del sufrimiento humano. El primer paso de la felicidad posible es un acto de aceptación; de asunción de lo que somos y nos toca. No sólo hay que estar felices sino que hay que ser felices. Hay que procurar la felicidad no “a pesar” de todo lo que nos pesa y nos duele sino “en razón” de todo eso. La felicidad nunca es “a pesar” sino “en virtud” de algo. Nunca es “en contra” sino “a favor de” algo mejor. La felicidad posible es la única posible felicidad. La felicidad de las Bienaventuranzas es una felicidad pascual, una esperanza dramática, no de una esperanza ingenua: Cruz y Resurrección. Asume los sufrimientos para revertirlos. Acepta la realidad para crear otras condiciones y nuevas posibilidades.


Una felicidad trascendente


No existe “la” felicidad: Permanente, estable, perpetua, duradera, inmutable. Sólo existen momentos de felicidades, pequeñas felicidades fugaces que, en general, nunca duran demasiado pero cuando son intensas nos hacen olvidar todos los sinsabores. Los cristianos -al creer en la vida eterna- esperamos una felicidad distinta. No ya la “felicidad de lo posible” sino la felicidad de lo adquirido. No ya la “felicidad de las Bienaventuranzas” en la tierra sino la felicidad total del cielo. No la “felicidad de la esperanza dramática” sino la “felicidad del deseo gozoso”. No la felicidad pascual que pasó por la Cruz sino la felicidad que permanece en la Resurrección. Mientras estemos en este tiempo, la felicidad no es un estado adquirido, ni permanente. No es una seguridad. Nadie la ha conquistado definitivamente. Ni la puede comprar para siempre. La felicidad -más que una adquisición- es una disposición para disfrutar. El estado pleno y  permanente de felicidad para los creyentes sólo es posible cuando arribemos a la posesión definitiva de Dios. Lo que llamamos “Cielo”, el cual es un estado, un modo de ser de la persona en su relación definitiva con Dios y con los demás en el amor. En este mundo, nadie podría soportar una felicidad permanente, continua, duradera. Nos emborracharía, nos empalagaría, nos embotaría. Terminaríamos en un trance, en una especie de enajenación, extravío, locura y delirio.


(Fuente: Yo Creo / Autor: Eduardo Casas / eduardocasas.blogspot.com)

 
 
  • ADRIANA BREIT
    Muy bueno.Cariños.
  • NOMBREgraciela
    DESCRIPCIONCristo vino a dar sentido a nuestras vidas, a profundizarla, a seguirlo, a cumplir nuestras misiones, aceptando nuestra cruz con alegria porque en ella vive El y en ella vivimos en El. Bendiciones
  • Ernestina
    Muy lindo el programa..

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