Eucaristía: lugar de comunidad y comunión

“Es verdad de fe para los cristianos que el pan se convierte en la carne, y el vino, en la sangre de Cristo (…). Comentario del Evangelio del Domingo por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Eucaristía: lugar de comunidad y comunión

 “Es verdad de fe para los cristianos que el pan se convierte en la carne, y el vino, en la sangre de Cristo (…) Bajo la forma del pan y del vino, que son signos solamente, se ocultan preciosas realidades”, rezamos como Iglesia en la secuencia de la Solemnidad de Corpus Christi que escuchamos antes del Evangelio. Este solo fragmento sintetiza el contenido de nuestra celebración, pero no agota el misterio de lo que celebramos. La Sagrada Eucaristía, o acción de gracias al Señor, es la reunión de los cristianos que perdonados por la misericordia divina nos congregamos en torno a la mesa del altar.


Quien se siente profundamente amado por el Señor reconoce en la fracción del pan al mismo Jesús que, una vez más como la noche de la última cena, se entregó por nosotros para que no pereciéramos de hambre espiritual, sin respuestas a los grandes interrogantes de la vida, sin alimento que colmara nuestras expectativas y nos condujera a la salvación eterna. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51ss)


La vida que Jesús nos comunica está destinada a durar más allá de la temporalidad de la vida humana, en los distintos menú que se nos presentan a diario se nos ofrecen suculentos manjares que deleitan nuestros sentidos y entretienen nuestra alma, pero no la desbordan, es más, no logran colmar su hambre y sed de infinito. ¿Cuántas veces hemos sentido ese vacío interior anhelante de Dios? “La vida que Jesús nos comunica es la suya, destinada a durar más allá del tiempo: es vida eterna, que se nos entrega ya ahora y que se manifestará con plenitud, con la ayuda de la gracia, al final del camino”[1]


El pan formado por millones de granos es símbolo de la comunidad formada por todos sus miembros, que se convierte en acto de oblación, de entrega común para ser convertido en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, como los 2 panes y los 5 peces que alimentaron a la multitud agobiada por iniciativa de los discípulos, que conscientes del hambre de la gente pidieron a Jesús algo para comer, y éste pidió reunieran todo lo que allí encontraran. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6,54), esto es lo que creemos, celebramos y profesamos como hijos alimentados por el Padre común, y esto es lo que nos hace vivir la koinonía, la comunión, donde todos formamos un  solo cuerpo que alimentado por Jesús crece y se hace fecundo en nuestra sociedad.


La Sagrada Eucaristía es el acto más sublime del cristiano, nada la reemplaza ni supera, es por ello que no debemos descuidar nuestra piadosa práctica semanal, preparándonos debidamente para participar de ella, esto es acercándonos al sacramento de la reconciliación y predisponiendo el corazón antes de salir de casa rumbo a misa; y arrogarnos un tiempo de oración personal luego de comulgar, en actitud de recogimiento e intimidad con quien acabamos de recibir, para que seamos uno con Él. “El amor a Jesús Sacramentado recapitula y concentra todos los afectos de nuestra alma…”[2]


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)


 




[1] Echevarría, Javier. Itinerarios de vida cristiana, Planeta, Barcelona, 2001. pp 122




[2] Ibidem




 
 

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