Jesús sacia el hambre espiritual y el corporal

La actitud de Jesús ante la multitud es la del padre misericordioso que viéndola se conmueve y sana enfermos, para luego darles de comer. Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Jesús sacia el hambre espiritual y el corporal

La actitud de Jesús ante la multitud es la del padre misericordioso que viéndola se conmueve y sana enfermos, para luego darles de comer (cf. Mt 14, 13-21). “Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas” (Mt 14,13), allí seguramente buscaría entrar en oración, sin embargo su fama estaba extendida y el gentío lo seguía. Cualquiera de nosotros se hubiera dirigido a otro sitio para poder gozar de la soledad buscada, sin embargo no es esto lo que Jesús hace, mucho menos el mensaje-ejemplo que quiere dejarnos. Se queda allí y se ocupa de las necesidades de las personas.


En esto vemos lo grandioso del misterio de la encarnación: Dios ha querido encarnarse para donarse, la encarnación es donación total de sí para el hombre, es un don para los demás; nuestra vida cristiana es un don para los otros, debe ser un regalo para con quienes nos necesitan, para quienes tienen hambre y sed.


Todo ser humano posee una búsqueda interior que los trasciende, todos deseamos respuestas al sentido de la vida, a los problemas, a las circunstancias adversas, es decir que todos añoramos, tenemos hambre y sed de respuestas existenciales concretas, pues somos hombres y mujeres concretos con historia, en el marco de una comunidad. Con su encarnación, el Hijo de Dios, ha querido revelarnos su amor de predilección: misericordioso, por nosotros, y de allí brota su llamado a ser saciados del verdadero alimento a partir del que ya no pereceremos de hambre, dejando de lado otros sustitutos como la fama, el honor, el confort, la mera apariencia.


Sin embargo en el texto vemos que Jesús no solo sacia el hambre espiritual de los allí presentes, sino también su hambre corporal. Él mira a la persona toda, integral, la encarnación es real: alma y cuerpo, no disociada. Pide a sus discípulos que compartan su pobreza con los otros: cinco panes y dos pescados. La opción por los que menos tienen no es una alternativa en el proyecto del Reino sino una realidad que debe ser atendida, “en el trasfondo late la idea de la solidaridad del pueblo de Dios, al que la tierra le ha sido dada como propiedad colectiva”[1]


Como constructores del Reino estamos llamados a ser mensajeros de la palaba que sacia el hambre espiritual, alimentándonos de la Eucaristía, y ser pan para los otros, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, haciendo de las obras de misericordia nuestro plan de acción.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)








[1] Kasper, Walter. La misericordia. Sal Terrae, Buenos Aires, 2013. pp 61




 
 

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