La belleza de la música (primera parte)

Cuando nos dejamos sobrecoger por la belleza cautivadora del arte, sentimos asombro ante la grandeza que logramos al crear relaciones valiosas en nuestras vidas.

 
La belleza de la música (primera parte)

Poco antes de morir, el gran violoncelista, compositor y director de orquesta Pablo Casals afirmó que “la humanidad todavía no sabe lo que tiene al poseer el don de la música”. Esta observación del admirado maestro me llevó a reflexionar durante años sobre el sentido enigmático de la música. El fruto de esta larga búsqueda he intentado condensarlo en un libro: Estética musical. El poder formativo de la música (Rivera Ediciones, Valencia 2005). Su propósito es mostrar el insospechado poder formativo que alberga la experiencia musical cuando la vivimos de forma creativa, como un modo de encuentro con las obras, los autores, los estilos, las épocas...



En su Testamento de Heiligenstadt, Beethoven cuenta a sus hermanos que a veces, en el campo, quienes le acompañaban oían el sonido de una flauta que sonaba a lo lejos pero él no percibía nada. “Tales sucesos –agrega- me llevaban casi a la desesperación; faltaba poco para que yo mismo acabase con mi vida. Sólo él, el arte, me detuvo”. Más adelante añade: “Mi deseo es que tengáis una vida mejor y menos llena de preocupaciones que la mía; recomendad a vuestros hijos la virtud; sólo ella puede hacer feliz, no el dinero, yo hablo por experiencia; ella fue la que a mí me levantó de la miseria; a ella, además de a mi arte, tengo que agradecerle no haber acabado con mi vida a través del suicidio”. ¿Qué grandeza y poder transfigurador poseen la virtud y el arte para disuadir a Beethoven de poner fin a una vida desbordante de sufrimientos? Por virtud entendía la solidaridad, el amor de los hombres entre sí y con el Creador. El arte musical era para él una forma privilegiada de participar en un reino de extraordinaria belleza y comunicarla en alguna medida a los hombres. Esa vecindad con el arte más excelso le revelaba, una vez y otra, una verdad decisiva: que la vida tiene un profundo sentido, más allá de las penalidades diarias.



El amor al arte avivó en Beethoven la admiración por la belleza, fenómeno adorable que surge merced a la colaboración del ser humano. Cuando nos dejamos sobrecoger por la belleza cautivadora del arte, sentimos asombro ante la grandeza que logramos cuando creamos en la vida relaciones valiosas. El gran arte no sólo es fuente de belleza y agrado. Nos descubre la multitud de posibilidades que albergan las interrelaciones.  Ello nos da una idea clara de la excelsitud del ser humano, que viene de un encuentro amoroso y está llamado a crear nuevas formas de encuentro, visto como el modo más elevado de interrelación: interrelación fecunda con las personas e instituciones, con el bien, la bondad, la belleza, la verdad, con el Creador de todas las cosas…



La virtud y el amor al arte los hermanó Beethoven de modo inigualable en la Novena Sinfonía, cuyo último tiempo no es en principio un “himno a la alegría” –como suele decirse- sino una invitación enérgica a la solidaridad de los hombres entre sí y con el Creador. La alegría es el sentimiento que brota como fruto de esa solidaridad fecunda, que colma nuestra vida de sentido.



Nuestra principal tarea en la vida es ir en busca de sentido, de más sentido, de sentido pleno. En este empeño nos presta la música de calidad una ayuda impagable, pues toda ella es un entrelazamiento de ámbitos expresivos.  Todo en la música es relación. Al oír el primer tema de una obra, vibramos con la obra entera (...). La música nos insta a no quedarnos en los valores inmediatos sino a trascenderlos hacia las realidades a las que remiten. Aprendemos, así, a dar a nuestra inteligencia las tres condiciones de la madurez: largo alcance, comprehensión, profundidad. Al oír ciertos sonidos, pasamos más allá y captamos su peculiar expresividad y las formas que ellos configuran; así superamos la miopía intelectual. Oímos al mismo tiempo diversos sonidos y los aunamos en diversas melodías y armonías; de este modo superamos la unilateralidad en el mirar y pensar. Al tiempo que hacemos esto, penetramos en el sentido del conjunto, en los diversos ámbitos de vida humana expresados en la obra. Superamos de este modo la superficialidad en el pensar.



Todavía gana mayor madurez nuestra forma de pensar cuando observamos que en la interpretación musical superamos la escisión entre la independencia y la solidaridad, y aprendemos a relacionar fecundamente ambas actitudes. En una obra polifónica, cada cantor -tenor, bajo, soprano, contralto- goza de total independencia respecto a los otros. Ninguno puede inmiscuirse en su tarea. Pero, cuando empieza a cantar, presta suma atención a la actividad de los otros, atempera su volumen y su ritmo al de ellos, aviva la sensibilidad para crear un tejido sonoro armónico y equilibrado. El que adopta una actitud creativa no intenta dominar a nadie e imponerse. Al contrario, se cuida de promocionar a los demás y resaltar sus cualidades, pues la riqueza del encuentro es proporcional a la calidad personal de quienes se unen.



Alfonso López Quintás


Fuente Chatolic.net

 
 

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