La belleza de la música (segunda parte)

El arte descubre la belleza interior del hombre y lo estimula a desarrollar sus potencialidades. La íntima conexión del arte con la vida espiritual.

 
La belleza de la música (segunda parte)

Por su carácter eminentemente creativo, se supera en la música la escisión entre la libertad y las normas. El buen intérprete obedece a la partitura, que es su cauce expresivo, el principio de su actuación artística, su impulso creador. Sabe que sin la obra no sería nada, estaría condenado a la inexpresividad. Pero, al entregarse a la tarea de recrear nuevamente la obra, advierte que gana una libertad interior gozosísima, se ve dotado de la capacidad de crear toda una trama sonora llena de belleza y expresividad. Al ajustarse a la obra, limita su capacidad de maniobra, pero adquiere su auténtica libertad creativa, que le permite crear un campo de juego o de encuentro. En éste se supera la relación de alejamiento entre el aquí y el allí, el interior y el exterior, y se gana una relación peculiar de intimidad, que no fusiona a quienes se unen, antes incrementa su propia identidad.



Al practicar la música, cultivamos la vida del espíritu –y, por tanto, la auténtica cultura-, porque sentimos vivamente la capacidad que tienen las relaciones de crear formas perfectas y engendrar la más alta belleza. Estás oyendo en una sala el Concierto para clarinete y orquesta de Mozart y sientes la emoción de la pura belleza, el equilibrio perfecto, el diálogo soberano en el que diversos instrumentos potencian sus posibilidades al conjuntarse. Si, al terminar la audición, alguien te pregunta si la vida tiene sentido, posiblemente dirás que ha valido la pena vivir hasta ese momento para poder participar de esa cumbre del arte. En la valía suprema de un instante puede medirse la grandeza de toda una vida, al modo como la magnitud de una cordillera es medida por la altura del pico más alto. En nuestra vida, el sentido viene decidido por las cimas que alcanzamos, de forma que un único momento puede dar pleno sentido al decurso vital anterior.



Pero no sólo nos hace vislumbrar la música el sentido de nuestra vida; nos ayuda a ganar una insospechada madurez personal. El que sepa oír con la debida penetración el Don Giovanni de Mozart advierte con toda claridad que éste era muy sensible al hechizo de una vida de gozador voluble, seductoramente jovial, reacio a todo compromiso ético, triunfador en todos los conflictos que le plantea a un joven el afán de apurar la copa del placer; pero era muy consciente de que esa carrera de éxitos le conduciría a la hecatombe en cuanto tuviera el primer momento de lucidez espiritual y confrontara su actitud egoísta con la actitud generosa que nos lleva a crear relaciones de respeto, estima y colaboración. Esta confrontación se da en la segunda parte de la obra, que no podía ser compuesta sino por una persona extraordinariamente seria. No podemos imaginar que alguien exprese con mayor hondura la seriedad infinita del diálogo entre el plano ético y religioso, por una parte, y, por otra, el plano “estético”, entendido -al modo de Sören Kierkegaard- como el de la entrega a las puras sensaciones gratificantes. Lo expresa Mozart de forma escalofriante y bellísima a la vez. Bella, porque el arte auténtico transfigura cuanto toca; escalofriante, porque da densidad poética a un ámbito de confrontación aniquiladora. No se trata de una lucha entre un señor afanoso de venganza y un joven libertino y bravucón. Es la confrontación de dos niveles de realidad y de conducta.



Debemos confiarnos a estos auscultadores geniales de la grandeza potencial que albergamos los seres humanos. Durante su vida se extenuaron para descubrir ese tesoro, darle cuerpo sensible y confiarlo a nuestro cuidado. Lo hicieron con sencillez de espíritu, bien seguros de que la belleza que satura sus obras no procedía de ellos sino de quien es el origen de todos los dones. Después de explicar cómo compone y confesar que las ideas musicales le vienen sin llamarlas, y podría apresarlas con las manos en el campo, por la noche, al amanecer..., Beethoven nos cuenta que la contemplación del cielo estrellado le conmueve e intenta una vez y otra subir hasta el origen de ese universo maravilloso. Pero, cuando intenta expresar con notas esa admiración ante lo sublime, entonces –escribe- “me siento terriblemente decepcionado, tiro el papel embadurnado al suelo y me veo completamente convencido de que ninguna criatura humana será capaz de expresar las imágenes celestes que en una hora feliz se hicieron presentes a su sobrecogida fantasía”. Y agrega:



“Sí, tiene que venir de arriba lo que ha de tocar el corazón; si no, son sólo notas sin espíritu, ¿no es verdad? ¿Qué es un cuerpo sin espíritu? (...) El espíritu debe elevarse de la tierra (...) pues sólo mediante un esforzado trabajar con las fuerzas prestadas honra la creatura al creador de la naturaleza infinita”. “Y, así, cada auténtica creación del arte es independiente y más poderosa que el artista mismo...”. “Sí, la música es verdaderamente la que encarna la vida espiritual en lo sensible “.


Siempre se ha dicho que la música de calidad es una fuente inagotable de belleza, que nos distrae, nos agrada y nos hace desbordar de alegría. En casos nos transporta a mundos de ensueño, como indica con palabras emocionadas un eminente director de orquesta, Leopoldo Stokowski:


“Es imposible describir esto con palabras; sin embargo, todos hemos sentido el haber sido llevados mediante el mágico poder de la música lejos de este mundo, hacia estados de emoción de irresistible poder y misterio, completamente desconectados de nuestra vida real, a veces temerosos, otras con una visión estática de la belleza, en una tierra de ensueño que jamás olvidaremos…”


 Todo esto es verdad, pero conviene resaltar además que la experiencia musical, cuando la vivimos de forma creativa, nos enriquece con aportaciones decisivas que podemos describir de forma precisa y bien fundamentada. Además de procurarnos experiencias emotivas, la música nos ayuda a incrementar la madurez personal, la capacidad de pensar con amplitud y profundidad, ser creativos incluso en las actividades más sencillas, promover una auténtica “cultura del corazón”, ejercitar una forma de libertad creativa… Hacerlo ver de modo sugerente fue mi propósito al escribir, con un punto de emoción, este compendio de Estética musical. Espero que el lector concluya su lectura con la satisfacción de ver la música con ojos nuevos y una estima inmensamente superior.


Alfonso López Quintás


Fuente www.chatolic.net

 
 
 

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