La coherencia, ¿valor central de la vida?

Uno de los valores que más se ha visto azotado es el de la coherencia, es decir, esa unidad entre lo que se piensa, se dice y se hace.

 
La coherencia, ¿valor central de la vida?

El pragmatismo en el que se vive en la actualidad nos conduce a propuestas más simplistas de vida. Es más sencillo dejarse llevar por los vientos de época, pronunciando discursos acordes con el momento presente, sin importar sus resultados históricos, menos sus consecuencias en la credibilidad que los demás depositen en nosotros, que expresarse a favor de ideas no solo perdurables en el tiempo, sino que, además, tiendan a la búsqueda del bien común y del compromiso real y desinteresado.


En su rechazo a la tentación de Pedro de evitar el mal, no entendiendo el valor redentor del sufrimiento, el proyecto que Dios tenía pensado para él, Jesús no condena de ninguna forma al apóstol, pese a que su tono puede sonar un poco fuerte: “Retírate, ve detrás de mí, Satanás”; de hecho, será la roca firme sobre la que estará cimentada nuestra Iglesia. Jesús da una lección sobre el compromiso ante la responsabilidad asumida.


Cuando se tiene un objetivo claro de vida, un horizonte hacia el que toda la existencia se orienta y se toman en cuenta los valores que llevan a ella, la vida va encarrilada y posee un sentido; ahora bien, cuando no se está dispuesto a jugarse por ningún ideal más que el de la primacía del bien individual, del logro de caprichos personales en beneficio propio; entonces, la vida se torna oscura, incoherente. En función de lo que se quiere, se podrá adherir a una forma de pensar por un tiempo, luego a otra, pero, en ninguno de los casos, se actuará de manera correcta, es decir, coherentemente.


Esto no se aplica únicamente a las grandes responsabilidades políticas, económicas, éticas, etcétera, si bien en estos ejemplos cobran especial relevancia al estar en juego la vida muchos, sino también a nuestra vida concreta: hablamos de la necesidad de reducir la pobreza, pero sin comprometernos, de la necesidad de diálogo desde estructuras cerradas en sí mismas y no abiertas a la realidad contextual, de la necesidad de cambios desde contextos que se proponen como un nuevo modo de quietismo; fomentamos la integración desde la disgregación no solo de nuestras áreas cotidianas, sino también desde nuestra relación con aquellos que tenemos más cerca.


Es materia común justificar acciones con el “yo lo siento así” o “hago esto porque lo siento”. La pregunta que cabe hacerse aquí es si “estarás sintiendo bien”, no para quedar encerrados en el círculo de lo meramente sentimental, sino para comprender que, como animales racionales −según la definición de Aristóteles−, el hombre descubre en la naturaleza los criterios necesarios para luego determinar si una acción es correcta o incorrecta, buena o mala, se adapte a ella o no. Cuando se sigue este camino, se alcanza la virtud, que es la elevación de la vida afectivo-sentimental a un plano racional; entonces, las pasiones, los deseos y los sentimientos no nos dominan, sino que podemos manejarlos y actuar de acuerdo con parámetros más altos y certeros que los de la propia subjetividad.


La propuesta cristiana es adoptar una actitud de vida coherente en la que prime el proyecto que Dios tiene para cada uno; y esto implica la renuncia a los propios intereses; no a vivir en la indigencia de iniciativas en el sentido estricto de este término, sino al abandono de la primacía de nuestros deseos por sobre los de los demás, es decir, por sobre nuestro ideal de vida. Los valores no se corrompen, los ideales no pasan de moda, las ideas no se esfuman, es la tentación relativista actual la que suscita el deseo de los oportunistas equívocos de siempre.


(Fuente: Emilio Rodriguez Ascurra)


 


 


 
 

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