La cruz y el bostezo

La mediocridad frente al misterio Pascual. Una lectura de los relatos de la Pasión. Por J. L. Martín Descalzo.

 
La cruz y el bostezo

El novelista Shusaku Endo -creo que el primer japonés que haya escrito una vida de Cristo.- ha subrayado que las páginas evangélicas que narran la muerte de Jesús "superan en calidad a las muchas obras maestras trágicas de la historia literarias. Y yo quisiera añadir aquí otro elogio a éste: el de que los escritores evangélicos no hayan caído en la trampa de la grandilocuencia; el de que, aun narrando una gran tragedia, no hayan dejado ni por un momento de pisar tierra, ciñéndose al más cotidiano realismo.


La tentación no era pequeña y en ella tropezaron con frecuencia incluso los más grandes trágicos de la Antigüedad: su afán de retratar las grandes pasiones humanas les hacía olvidarse muchas veces de que éstas sólo afloran en el mundo muy ocasionalmente; y que casi siempre, junto a la gran pasión, existe toda una corte de pequeñas tonterías.

Para el narrador evangélico, en torno a jesús, la gran víctima, giraba toda una corte de personajes que parecían los arquetipos de toda gran tragedia humana: judas, la traición; Pilato, la cobardía; Herodes, la lujuria; Caifás, la hipocresía; María, el amor sin mancha; Magdalena, el amor arrepentido... Todas las grandes pasiones estaban allí representadas. ¿Y dónde quedaba sitio para la estupidez, para la vulgaridad, para el bostezo? Los psicólogos -y los dramaturgos modernos lo han aprendido bien- saben que en la raza humana nunca existe mucha alta tensión acumulada y que junto a cada drama hay siempre un mar de mediocridad y de aburrimiento. ¿Es que no los hubo en el drama del Calvario?

Una lectura atenta de los Evangelios permite descubrir mil pequeños detalles de esta zona gris y miserable de la condición humana. Pero yo quisiera en estas líneas subrayar uno solo que hace muchos años sacudió mi conciencia. me refiero al largo aburrimiento de los soldados que crucificaron a Jesús y que se prolongó las tres largas horas de su agonía.

Recuerdo que hace años, leyendo aquella frase en que se dice que los soldados "se sortearon" la túnica de jesús, la cabeza se me pobló de preguntas: ¿con qué la sortearon? ¿Y de dónde salieron los eventuales dados o tabas que seguramente se usaron en el sorteo y que luego la tradición popular ha inmortalizado? Porque la gente no suele llevar habitualmente -salvo si se trata de jugadores empedernidos- dados o tabas en los bolsillos. Sólo cuando hemos de ir a un sitio en que calculamos que vamos a tener muchas horas muertas nos proveemos de juegos con que acortar ese tiempo en blanco.

Así les ocurrió, sin duda, a estos soldados. Ellos sabían ya, por experiencia, que las crucifixiones eran largas, que los reos no terminaban nunca de morir, que la curiosidad de la gente se apagaba pronto y que luego les tocaba a ellos bostezar tres, cuatro horas al pie de las cruces. ¡Se defenderían jugando!

Porque sería ingenuo pensar que aquellos matarifes vieron la muerte de Jesús como distinta de las muchas otras en las que les había tocado colaborar. Era, sí, un reo especial; no gritaba, no insultaba... Pero ellos habían conocido sin duda ya a muchos otros locos místicos ajusticiados que ofrecían su dolor por quién sabe qué sueños. Y conocían a muchos otros que llegaban a la cruz tan desguazados que ni fuerza para gritar tenían.

Jesús era, para ellos, uno más. Incluso les extrañaba que se diera a su muerte santísima importancia. ¿Por qué habían venido tantos sacerdotes? ¿A qué tantas precauciones si a la hora de la verdad este galileo no parecía tener un solo partidario? En el fondo a ellos les habría gustado tener un poco de "faena". Pero ni el reo ni los suyos se habían resistido. Habían hecho su trabajo descansada y aburridamente. A ellos, ¿qué les iba en el asunto? Eran -según la costumbre- mercenarios sirios, egipcios o samaritanos que desconocían la lengua hebrea de los ocupados y malchapurreaban el latín de los ocupantes. Ni entendían los insultos de quienes rodeaban al ajusticiado ni acababan de comprender las frases que éste musitaba desde la cruz. No sufrían por ello. Sabían sólo que el trabajo extra de una crucifixión aumentaba su soldada y soñaban ya con que todo acabase cuanto antes para ir a fundir sus ganancias en la taberna o el prostíbulo. ¡A ver si había suerte y hoy los crucificados cumplían muriéndose cuantos antes! Sacaron sus dados, se alejaron un par de metros de la cruz para evitar las salpicaduras del goteo -¡tan molesto!- de la sangre y se dispusieron a matar la tarde.

Siempre me ha impresionado la figura de estos soldados que -a la hora en que gira la gran página de la Historia y a dos metros de la cruz en tomo a la que va a organizarse un mundo nuevo-- se dedican aburridamente a jugar a las canicas. Son, me parece, los mejores representantes de la Humanidad que rodea al Cristo mu- riente. Porque en el mundo hay -y siempre ha habido-- más aburridos, mediocres y dormidos que grandes traidores, grandes hipócritas, grandes cobardes o grandes santos.

Llevo todos los años que tengo de vida formulándome a mí mis- mo una pregunta a la que no he encontrado aún respuesta.- ¿el hombre es bueno o malo? ¿La violencia del que toma la metralleta y asesina es parte de la condición y la naturaleza humana o es simplemente tina ráfaga de locura transitoria que "está" en el hombre, pero no "es" del hombre? ¿Y el gran gesto de amor: la madre que muere por salvar a su hijo, el que entrega su sangre por ayudar a un desconocido, es también parte de la raíz humana o es un viento de Dios que se apodera transitoriamente del hombre?

La respuesta que con frecuencia llega a mi cabeza es ésta.- no, el hombre no es bueno ni malo; el hombre es, simplemente, tonto. O ciego. O cobarde. O dormido. Porque la experiencia nos enseña que por cada horrible que mata y por cada hombre que lucha para evitar la muerte hay siempre, al menos, mil humanos que vegetan, que no se enteran, que bostezan.

El mayor drama de Cristo no me ha parecido nunca su muerte trágica, sino la incomprensión de que se vio rodeado. sus apóstoles no acabaron antes de su muerte de enterarse de quién era; las multitudes que un día le aclamaron le olvidaron apenas terminados los aplausos; los mismos enemigos que le llevaron a la muerte no acaba- ban de saber por qué le perseguían; sus mejores amigos se quedaron dormidos a la hora de su agonía y huyeron al acercarse las tinieblas.

¿Y hoy, veintiun siglos después? ¿Creen los que dicen que creen? ¿No son, en definitiva, coherentes quienes en estos días previos a Semana Santa huyen a una playa, puesto que son los mismos que habitualmente dormitan o bostezan en misa? Solemos creer que el mundo moderno se pudre por los terroristas, los asesinos o los opresores. Me temo que el mundo esté pudriéndose gracias a los dormidos, gracias a que en cada una de nuestras almas hay noventa y cinco partes de sueño y vulgaridad y apenas cinco de vida y de lucha por el bien y por el mal.

De aquí el mayor de mis asombros-. ¿cómo pudo Cristo tener el coraje de morir cuando desde su cruz veía tan perfectamente repre- sentada a la Humanidad en aquellos soldados que jugaban a los dados? ¿El gran fruto de su redención iba a ser una comunidad de bostezantes? Morir por una Iglesia ardiente podía resultar hasta dulce. ¡ Pero ... morir por aquello!

Así entró en la muerte: solo y sabiéndose casi inútil. Tenía que ser Dios -un enorme y absurdo amor- quien aceptaba tan estéril locura. Agachó la cabeza y entró en el túnel de nuestros bostezos. Lo último que vieron sus ojos fue una mano -¡ah, qué divertida!- que tiraba los dados.

Extraído de "Razones para la Alegría"
 
 
  • María Inés
    Es muy cierto que es necesario despertar ! Si pudieramos abrir nuestro corazón para recibir la Locura de Amor de Un Dios que se hizo hombre y murió del modo más denigrante en ése tiempo por nosotros ,todo se transformaría en la Vida que nos dio. Llegó a vivir lo más bajo para que el que haya llegado al modo más denigrante en su vida solamente tenga que abrir su corazón y encontrarse con El y todo su amor.
  • Marcelo Vernhes
    DESCRIPCION El texto enfoca una realidad tan actual, tan real que no puedo menos que estremecerme. Es así, hoy, ayer y lo seguirá siendo quien sabe hasta cuando. En la Coronilla de la Divina Misericordia, Jesús le dice a la vidente que quienes más sufrimiento le ocasionaron en el calvario y en la cruz, fueron las almas tibias, esas almas que precisamente el artículo menciona. Es nuestro deber luchar contra la mediocridad y la indiferencia, es preciso encender en nuestros corazones el ardor del amor, la entrega, el don de sí mismo, tal como lo hizo nuestro Señor. Esto es lo más urgente en nuestros días. Vivimos un tiempo de guerra a Dios, pero lo más grave no son los enemigos, sino las muchedumbre pasivas, entumecidas o dormidas. Despertemos, ya.
  • LAURA
    Tan cierto el comentario! pero mi corazon y mi mente... no pueden dejar de pensar en Maria...nuestra Madre a partir de ese dia... Asi que cada vez que me vuelva como esos soldados a dormitarme en mi comodidad, recordaré inmediatamente a la Madre... que seguro estuvo atenta, fiel y llena de amor... NO ES POR ELLO , QUE DIOS NOS LA HA DADO COMO MADRE?
  • Raquel Gonzalez Carman
    En este, el Año de la Fe, solicitado por S.S. Benedicto XVI, tenemos que pedir que El Señor nos la aumente dia a dia y trabajar para que nuestro testimonio llegue cada vez a mas gente, no es cuestion de ser grandilocuente, sino ser coherentes en nuestra vida diaria...¡seria bueno que, en nuestras vidas, los que nos vean trabajar dijeran, como en la epoca de las primeras comunidades donde todo se compartia, ¡¡se ve que son cristianos!!

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