La escuela de la humildad

Reflexión del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra

 
La escuela de la humildad

Quién no ha aspirado a ser reconocido por los demás, a ocupar un lugar destacado en la sociedad, a ser admirado y, por qué no, hasta envidiado. Todos sentimientos humanos que aparecen en algún momento, en especial cuando debemos optar por un proyecto de vida, en la temprana juventud, y deseamos que los otros nos exalten con su mirada. Casi todos hemos atravesado esta etapa, algunos han permanecido en ella y buscan a cada instante la satisfacción de este deseo, es una necesidad constante para ellos el formar parte de la vida de sus semejantes.


El permanecer en esta actitud, de soberbia, orgullo, ambición, nos hace desconfiados, pues todas nuestras relaciones se basan en la desconfianza, nuestra vida en oportunismos de turno, en buscar sacar ventaja en cada circunstancia, y somos infelices ante el crecimiento del hermano. Podemos acceder a muchos honores, pero no al más grande de ellos: el ser agradable a los ojos de Dios.


La vida y las enseñanzas de Jesús, anticipadas en el Antiguo Testamento, son una verdadera escuela de humildad, pues allí donde se busca reconocimiento se encuentra dolor, donde se busca ser exaltado se encuentra humillación, pues aquel que era el más grande fue criticado, blasfemado y, finalmente, crucificado, situación común de los marginados de la sociedad. Sin embargo algo hizo más grande a aquel rechazado respecto de quienes lo condenaron: el amor, pues su entrega no fue una empresa personal, tampoco buscó el reconocimiento de sus contemporáneos, sino que su amor superó y fue el cauce de su vida.


Como Jesús debemos aprender a sobrellevar nuestra vida como discípulos suyos, a sabiendas de que no podremos ser maestros jamás, pues el buen discípulo sabe que siempre lo será, nunca es demasiado lo que ha aprendido. La humildad de los grandes, de los pobres de espíritu, de los que aun reconociendo todo lo que poseen se saben indignos y necesitados de la gracia de Dios, radica en la grandeza de la humildad.


Al igual que sus discípulos, cuando nos creemos capaces de beber de su mismo cáliz, de ocupar un lugar notable en medio del mundo, nos apegamos a la gloria mundana, a la victoria temporal, y quitamos nuestra mirada de la verdadera victoria, la de la vida eterna, esa que no acaba nunca y que está reservada a los humildes.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com)


 


 
 

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