La esperanza del fin de los tiempos

Comentario del Evangelio del Domingo por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
La esperanza del fin de los tiempos

El vocabulario cósmico es utilizando en algunas oportunidades por Jesús para describir la intervención de Dios en la tierra, algo que también hacían los profetas en el Antiguo Testamento profetizando la venida del Mesías. En estos días vemos que este tipo de expresiones genera numerosas teorías, así pues para algunos tienen directa connotación con aquellas que anticipan el fin del mundo como algo catastrófico, atemorizante, a lo que tenemos que temer. Informes, escritos, artículos de diarios y revistas, programas enteros de tv que incluyen la presencia de ovnis en la historia,  dan cuenta de esto.


Si bien no sabemos cómo será el fin de los tiempos, sí podemos dar cuenta de que éste será de gran victoria para quienes hayan visto florecer la higuera, es decir, de gran gloria para el pueblo de Dios, para los santos como los llama el apóstol Pablo. La victoria será del bien por sobre el mal, de los justos y prudentes por sobre el maligno. Como lo dice claramente el profeta Daniel: “los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas”, con la confianza del salmista que clama: “porque no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro”


Las palabras y la acción de Jesús no nos revelan ese final cósmico caótico que muchos predicen y con el que se somete a inocentes, sino que el fin es esperanzador, mientras los ritos de los sacerdotes del templo “son totalmente ineficaces”, como dice san Pablo, “Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica”. Con el discurso de este domingo Jesús desea mostrar la diferencia entre aquello que es pasajero, lo mundano, y aquello que nos fue dado de una vez y para siempre: la Salvación. La cual alcanzamos en la medida en que nos dejamos purificar por Dios en nuestro día a día, con los actos cotidianos, aun en aquellos que no son de nuestro agrado. La obra de Salvación, aunque única en Cristo, se hace en cada uno de nosotros como “nuevos cristos” que caminamos por este mundo, y que a diferencia de él, estamos contaminados por el pecado del cual somos a cada instante perfeccionados, pues el gran misterio de amor de Dios está en la preservación y la luz que irradia sobre nosotros a cada momento para indicarnos el camino y acompañarlos por él, como Jesús a sus discípulos, bajo la guía segura de la Iglesia y de sus sacramentos.-


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com)


 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación