La fe, encuentro interpersonal

Reflexión del Evangelio de este domingo de Emilio Rodríguez Ascurra. La luz de la Resurrección es tan potente que enceguece para purificar todas nuestras intenciones.

 
La fe, encuentro interpersonal

El tiempo pascual es algo así como una gran celebración de aquel acontecimiento que redime al mundo, un tiempo en el que todo cristiano está llamado a meditar a la luz del Resucitado, acerca de su marcha en este mundo, a evaluar su existir, su vida concreta. Un gran acontecimiento nos moviliza a ir hacia adentro y contemplar aquello pequeño que hay allí y que somos cada uno de nosotros, ese es nuestro verdadero yo, el que Dios conoce, por el que se entregó y nos salvó.


La vida cristiana encuentra allí su peculiar significación para cada uno, y el centro desde el que nos sentimos verdaderamente liberados de las ataduras del pecado, sanados de todo mal. En el encuentro profundo con Cristo en nuestro caminar concreto somos interpelados por Dios, tal como es se nos revela y nos paraliza, nos enceguece, tal como le sucedió a Pablo. La luz de la Resurrección es tan potente que enceguece para purificar todas nuestras intenciones, de ese encuentro salimos favorecidos, pues ya no nos negamos al Dios que nos creó por amor, sino que experimentamos ese amor, lo hacemos carne en nosotros, y esto cobra especial resonancia en nuestra vida, iniciamos nuestro proceso de conversión.


El Santo Padre Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus Caritas Est (Dios es amor), afirma: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”; el encuentro de Pablo con Cristo camino a Damasco es la experiencia vocacional de todo cristiano que se revela frente a la voluntad del Padre. Dios nos alcanza, golpea a nuestra puerta, nuestra libertad y la suya cobran un valor altísimo en la Cruz que nos redime.


Así, este encuentro transforma nuestra vida modificando nuestros esquemas, ya no nos reconocemos como el centro del mundo, sino que aceptamos que sea Él quien nos gobierne, aceptamos ser sarmientos de la vid verdadera, ya no permanecemos “colgados” de las “vides” falsas de nuestra vida, esas que nos dan una seguridad pasajera y una alegría con fecha de vencimiento, sino que somos glorificados por Cristo y en él glorificamos al Padre. La fe es, entonces, un encuentro interpersonal con un tú, con el Tú, que tiene la iniciativa del diálogo y de la escucha y que espera de nosotros una actitud recíproca, al mismo tiempo es la fuente desde la que miramos al otro y lo reconocemos hermano, raíz de nuestras buenas obras, de nuestro actuar moral y ético conforme a la Verdad que nos ha sido revelada y nos ha alcanzado derribándonos de nuestros prejuicios y de las falsedades sobre las estaba cimentada nuestra vida.


Por EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com



 



 
 

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