¿En qué consiste la felicidad? ¿Es fácil, difícil o imposible alcanzarla? Preguntas que nunca pierden vigencia.
Nuestra civilización materialista ha inventado una fórmula de felicidad barata que consiste más o menos en esto: alejar de la vida -a como de lugar- todo sufrimiento, todo sacrificio, todo esfuerzo; y disfrutar lo más posible de cuántos placeres, diversiones y dinero se puedan lograr.
Mucha gente cree en verdad en esta fórmula; y la prueba una y otra vez. Se los puede ver, sobre todo a muchos jovenes, en la búsqueda cada vez más intensa y atrevida de placeres y "descontrol". Pero los resultados no son muy halagadores: más que personas felices, estamos viendo cada día mayor número de desesperados, incluso de suicidas.
Muy pocos hablan de que para ser felices hay que luchar duramente. Ser feliz es posible, pero cuesta y mucho. Por eso, los hombres profundamente felices son pocos. La mayoría se conforma con esa otra felicidad barata que "entretiene" pero no puede llenar el corazón.
¿Por qué cuesta ser felices? Si el hombre fuera un simple animal -un cerdo, un mono- para hacerlo feliz bastaría llenarle el estómago de buena comida, con darle de beber en abundancia y dejarlo abandonarse a la furia del sexo.
Pero no es así. Muchos se entregan apasionadamente a esto y sienten que no son precisamente felices.
Hemos olvidado que tenemos no sólo cuerpo sino espíritu. A este espíritu, por lo general, lo tenemos flaco y hambriento mientras le damos al cuerpo todo lo que pide.
El espíritu se alimenta con otras cosas, tiene hambre y sed de otras realidades, como son la búsqueda de la verdad y el bien, la búsqueda de Dios y el cumplimiento de sus leyes, sobre todo aquella de “amar al prójimo como a uno mismo”.
Está búsqueda de la verdad y el bien, este aceptar a Dios y sus leyes no es nada fácil, pero siempre hay quien se aventura a seguir por esta senda.
Y esta gente dice que sí es feliz, tanto más feliz cuando más esforzadamente vive esta ley de verdadera libertad.
Por citar a solo dos ejemplos, una mujer decía: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta ¡Solo Dios basta!", era Santa Teresa de Ávila. Otro decía: “Nos has hecho para tí, Señor, y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en ti” , era San Agustín de Hipona. Este último llegó a esta conclusión después de buscar durante más de 30 años la otra felicidad, la barata, de la que hablamos al principio.
Hay pocas personas verdaderamente felices porque pocas son las que quieren luchar por la felicidad, las que creen en el esfuerzo y en los grandes ideales.
La felicidad tiene poco que ver con la diversión, el alcohol o la riqueza, y mucho que ver con el amor.
P. Mariano de Blas
Fuente Catholic.net (Adaptación)