La humildad de la resurrección: la gloria escondida

La vida tiene abismales corrientes subterráneas que, no por estar ocultas, quiere decir que no existan.

 
La humildad de la resurrección: la gloria escondida

En el día de la Resurrección, la piedra del sepulcro donde había sido puesto Jesús estaba movida de su lugar y el joven sentado, vestido de blanco que en­contraron las mujeres en la tumba, les anunciaba que el Crucificado no estaba y les decía: ...«No está aquí. Miren el sitio donde lo pusieron. Ahora vayan a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán»... (16,6-7). Las palabras son muy claras: «No está aquí. Va delante de ustedes». La ausencia de Jesús no es la de la muerte. El sitio de la muerte ha quedado vacío. Ahora es una ausencia dinámica, «va delante de ustedes», y, por lo tanto, revela una presencia activa.


En el Evangelio de Juan, en el anuncio de la Resurrección, igualmente prosigue esa misteriosa ausencia. El Resucitado continúa sin verse. De nuevo se menciona la piedra removida de su lugar junto con las vendas y el sudario desparramados en el suelo. En esta narración no hay nadie que anuncie la Resurrección, sólo hay una alusión al final: ...«Hasta entonces no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos»... (Jn 20,9). El recuerdo de la Escritura suscita el acto de fe. Se dice explícitamente del «otro discípulo que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó» (20,8). Hay una ausencia que no es tal, simplemente es el ámbito de la libertad que se necesita y que Dios respeta para que se dé el acto de fe.


El máximo misterio del Hijo de Dios -su Resurrección- queda envuelto como en el nimbo del silencio y de la ausencia, para que en los discípulos se produzca la fe. Las evidencias hubieran disipado la adhesión fundamental que requiere el misterio. Esto no es sólo verdad en la condición del Resucitado sino, además, en la de todos los que creen en la Resurrección. La Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses afirma: ...«La vida de ustedes está escondida con Cristo en Dios»... (3,3). También para los cristianos existe un misterio de ocultamiento y anonimato, de silencio y ausencia. Hay una «vida escondida», precisamente, la más honda: la de la Resurrección. La gloria está siempre en lo profundo. La vida tiene abismales corrientes subterráneas que, no por estar ocultas, quiere decir que no existan. A menudo somos tan necios que no percibimos lo profundo, llegando a creer, a veces, que no está porque no aparece. El Apóstol prosigue: ...«Cuando aparezca Cristo, que es nuestra vida, entonces, también ustedes aparecerán jun­tamente con él llenos de gloria» (3,4). Cuando aparezca definitivamente el Señor se revelará toda la gloria escondida. La Resurrec­ción se ha esparcido ocultamente. Sólo basta creerlo. La muerte ha removido las piedras y ha desenvuelto las mortajas, pero la gloria ha penetrado más profundamente porque ha sido menos notoria y lo ha hecho más calladamente. Para la muerte no necesitamos fe. La vemos a cada paso, en cualquiera de sus máscaras grotescas. La gloria, en cambio, no la vemos; sin embargo, sabemos por la fe que existe.


Para los primeros discípulos ha sido así, también lo es para nosotros. Los cristianos de la primitiva Iglesia vivieron de la modalidad de esta fe. Los Hechos de los Apóstoles pone en boca de Pedro esta sentencia: ...«Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a testigos que él había designado»... (10,40-41). Sabemos por el testimonio del Evangelio que ese «ver» de los Apóstoles ha sido un «ver sin ver», sin comprobar, como una mirada perdida en la ausencia que cierta­mente percibe que el otro está, aunque no siempre lo puede ver. Los testigos de los que habla el Libro de los Hechos de los Apóstoles han sido privilegiados, no por ver, sino por creer.


Que a nosotros nos alcance la sencilla profundidad de la fe. Que la serena confianza en el Resucitado nos consuele en todo lo que no podemos ver y queda como escondido en la ausencia. Que el día en que se manifieste la fuerza contenida en la gloria reluzca aquello en lo cual creímos sin ver y en lo cual vivimos creyendo. Que la Resurrección, con su diáfana frescura, nos sorprenda, descubrién­dola en las cosas que nunca pensamos que llevarían su germen.


(Fuente: YO CREO / Autor: Eduardo Casas / eduardocasas.blogspot.com)


 
 

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