La oración como intimidad con Jesús

El Evangelio de Juan nos introduce en el misterio de la oración contemplativa. Palabras e imágenes que nos descubren el llamado de Dios a vivir en su presencia.

 
La oración como intimidad con Jesús

¿Es posible establecer una relación de amistad con Dios? Él es un ser trascendente, misterioso, sublime. Ya bastante es que podamos comunicarnos con Él como para que además esa relación pueda ser cercana y amistosa. Es normal hacerse este planteo. Además, si esto fuera posible, podríamos sentimos indignos de un privilegio semejante.

EL AGUILA

San Juan Evangelista es representado en la iconograf{ia cristiana con un águila. Esto es así porque en sus escritos aparece como el de mayor misticismo,  el de reflexiones espirituales más hondas. Como el águila, Juan se eleva, vuela y disfruta de la libertad de los hijos de Dios.

Así habló al referirse al Dios misterioso y sublime, pero a la vez tan personal y cercano:

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1,1-3).

LLAMADOS A LA INTIMIDAD CON DIOS

Nos encontramos ante una de las grandes revelaciones de Jesús. Él se presentó como el Buen Pastor que busca a la oveja perdida (cf. Jn 10; Mt 18, 12-13), como un Padre que espera al hijo que había dejado el hogar (cf. Lc 15, 11-32), como el Buen Samaritano que se acerca al herido, lo atiende y lo cura (cf. Lc 10, 25-37). Y en la última cena nos dije: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15, 5a), ofreciéndonos una magnífica imagen de la comunión de vida que desea tener con  nosotros. Nos describe como parte de su propio cuerpo, por nuestras venas corre su vida. Son enseñanzas del mismísimo Dios, palabras llenas de verdad e intimidad.

Además de las palabras, Jesús realizó gestos cargados de sentido, como el hecho mismo de haber tomado un cuerpo y asumir la naturaleza humana para vivir entre nosotros como uno de nosotros, el haberse acercado a los pecadores, a los niños, a la samaritana. Cada acto, cada gesto de Jesús, está impregnado de un mensaje de ternura.

Pero hay un gesto que para mí está especialmente cargado de significado: permitir que Juan se recostara sobre su pecho en la última cena (Jn 13, 23-25). Realizado durante la primera misa, es como un gesto litúrgico, una acción mezclada de contemplación. Es un acto corporal muy humano y a la vez lleno de sentido sobrenatural, como debe ser todo gesto litúrgico.


EL ABRAZO DEL SEÑOR

Cuando no logramos expresarnos cabalmente con conceptos, echamos mano de  los símbolos. Los símbolos nos transportan a realidades que los superan. Y a través de gestos procuramos expresar sentimientos que no son fáciles de transmitir con palabras. ¿Cómo hablar de la comunión de vida con Dios? ¿Cómo hablar de la intimidad con Dios a la que estamos llamados y para la que fuimos creados?

Jesús permitió que Juan se recostara en su pecho. En lo personal me gusta pensar que no fue sólo condescendencia por parte del Señor, sino que Él mismo invitó a Juan a reclinar su cabeza sobre su corazón.


Juan recostado en el pecho de Jesús es icono de la intimidad a la que Dios nos invita en la oración; es representación sencilla de la oración contemplativa.

Contemplar esta imagen es algo que serena el alma. Tener la cabeza en el pecho del Señor significa “tratar de amistad estando a solas con quien sabemos que nos ama” (cfr. Sta. Teresa). Nos ayuda no sólo como una imagen que recrea nuestra imaginación, sino como algo más profundo, una expresión del tipo de amistad que queremos tener con Jesús, una actitud filial, una experiencia interior, la oración de un corazón que escucha.

En mi oración personal, me sirvo mucho de esta escena. Me hace bien pensar en Jesús invitándome a reclinar mi cabeza sobre su corazón para escuchar sus latidos en actitud contemplativa y entablar así un diálogo fecundo.

¡DEJAME SEÑOR POSAR MI CABEZA EN TU COSTADO!

La oración contemplativa no es fruto de nuestro esfuerzo, es un don de Dios. Un don magnífico de su Santo Espíritu que nos introduce en la comunión de vida con la Trinidad. Y es aun más maravilloso cuando pensamos que esa intimidad con Dios comienza aquí, en la tierra.

“La entrada en la contemplación es análoga a la de la liturgia eucarística: “recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquel que nos espera” (Catecismo N° 2711).


P. Evaristo Sada


Fuente www.la-oracion.com (Adaptación)

 
 

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