La promesa del profeta definitivo

La llegada de Jesús y nuestro asentimiento tripartito con nuestra: mente, voluntad y corazón, nos hace descubrir que nuestra vida y, de manera especial, aquellos momentos difíciles tienen un sentido

 
La promesa del profeta definitivo

El pueblo se había quejado delante de Moisés por la carencia de profetas, de hombres que expresaran la voluntad de Dios (Deuteronomio 18,15-20). El pueblo carecía de autoridad, nadie legitimaba su orden y razón de ser el pueblo elegido. Es allí cuando este les promete un profeta cuya misión es la de hablar en nombre de Dios, ser intermediario, puente, entre Dios y los hombres.



Durante la historia de salvación, antes de la venida de Jesús, el Señor condujo a su pueblo con distintos profetas que en cada momento y lugar motivaban, denunciaban las injusticias, corregían los errores y desvíos. Con la venida de Jesús, el Hijo de Dios, la era de los profetas alcanzó su punto clave, se cierra con él el círculo dialéctico en el que toda la historia vuelve a recapitularse. Lo que no tenía sentido aparente adquiere su esplendor.


Así ocurre en la vida de cada uno de nosotros, si miramos nuestra historia nos encontramos con lagunas, circunstancias adversas, momentos difíciles, en los que aun asintiendo con nuestra voluntad a Dios, aparecen el desasosiego, el temor, las dudas, la angustia. Esto mismo experimentó el pueblo que caminaba vagamente sin que nadie los condujera, anhelando alcanzar la tierra prometida que a cada paso parecía alejarse.


La llegada de Jesús y nuestro asentimiento tripartito con nuestra: mente, voluntad y corazón, nos hace descubrir que nuestra vida y, de manera especial, aquellos momentos difíciles tienen un sentido, pero para ello es necesario que hagamos como el hombre y la mujer solteros que han dejado lugar a Dios, como expresa Pablo a los Corintios (1 Cor. 7,32-35), lo que no quiere oponerse a lo sagrado del matrimonio sino, por el contrario, al aferrarnos a seguridades temporales que no nos permiten ver lo esencial.


Solo quien enseña con verdadera autoridad sin necesidad de investiduras para ser escuchado y es coherente en su accionar, sacando lo malo que hay dentro de cada uno, como Jesús ante sus contemporáneos en la sinagoga de Cafarnaún (Mt. 1, 21-28), puede darnos la respuesta a aquello que buscamos ardientemente y que al no encontrarlo intentamos llenar con sucedáneos, estos entretienen y tapan el vacío por un rato, pero pronto regresa la tristeza a la que sigue la desesperación. Escuchar parece ser la clave de acceso al misterio de Dios, y solo escucha quien además de hacer silencio tiene lugar para retener aquella enseñanza que va transformándole la vida.-




(Fuente: Yo Creo / Autor: Emilio Rodríguez Ascurra / @emilioroz)

 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación