La sabiduría viene de la intimidad con Dios

Quien tiene un corazón de sabiduría aprende a mirar con los ojos de Dios, a amar con el corazón de Dios. Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
La sabiduría viene de la intimidad con Dios

El rey Salomón pide al Señor el don de la sabiduría, podría haber pedido mayor poder, honor, fama, sin embargo prefiere aquello que no le será quitado: “Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (cf 1 Rey 3,5-6ª. 7-12). El don de la sabiduría, uno de los siete del Espíritu Santo, requiere de una actitud humilde de parte de quien la recibe, un corazón predispuesto a dejarse moldear por el Señor, pues este no actúa sin nuestra colaboración en tanto respeta nuestra libertad.


La sabiduría nos aleja de la improvisación que en primer lugar es existencial, pues cuántas veces nuestra vida no se mueve sobre carriles firmes sino sobre lo circunstancial y superfluo, cuántos en nuestro alrededor prefieren una vida vacía que rápidamente se evidencia en los placeres o gustos de la masa. Nada tiene que ver esto con nuestra educación sino con la búsqueda que cada uno trae consigo, pues al Espíritu podemos escucharlo o no, aun así allí está.


Luego la falta de sabiduría sobreviene sobre proyectos comunes y rápidamente se ocurren los fracasos académicos, matrimoniales, familiares, sociales, al tiempo que lo que considerábamos relaciones de amistad no son más que relaciones sociales superficiales; la calidad se ve devaluada frente a la desestimable improvisación. La falta de sentido concreto en nuestras acciones, la ausencia de un proyecto concreto que vaya más allá de los propios gustos tarde o temprano nos hace caer en la cuenta de que no toda camina de manera correcta, pues no encontramos la felicidad en ello.


Una de las consecuencias más claras de la improvisación existencial es el querer movernos en base a los propios criterios, gustos, deseos, dejando de lado al otro, a la comunidad, a la historia en común para con los demás. Quien tiene un corazón de sabiduría aprende a mirar con los ojos de Dios, a amar con el corazón de Dios, a desear lo que Dios quiere, es decir, sabe discernir entre lo que está bien: lo bueno, lo que el corazón apetece, frente a lo que está mal: lo aborrecible, lo que amarga el corazón humano.


Esto experimentaron el hombre que encontró un tesoro y aquel que halló una gran perla (Mt 13, 44-46), ninguno dudó, rápidamente vendieron todo lo que tenían para adquirir aquello tan preciado que habían encontrado, dejando de lado ambiciones, rencores, dudas. Un cristiano no improvisado es un hombre que sabe reconocer lo bueno de lo no necesario, de lo que deviene prontamente en insatisfacción; y se torna en constructor de puentes en la comunidad y en la sociedad toda. El don de la sabiduría “viene de la intimidad con Dios, de la relación íntima que nosotros tenemos con Dios, de la relación de hijos con el padre. Y el Espíritu Santo cuando tenemos esta relación nos da el don de la sabiduría. Y cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si transfigurase nuestro corazón y le hiciera percibir todo su calor y su predilección”[1].


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com








[1] Catequesis del Papa Francisco. Vaticano (Roma) 09.04.2014




 
 

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