La Santísima Trinidad: imagen del Dios invisible

Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
La Santísima Trinidad: imagen del Dios invisible

Jesús deja a sus discípulos la encomienda de bautizar a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, de hacerlos entrar en la historia salvífica a través del bautismo. Al mismo tiempo al referirse a sí mismo lo hace nombrándose hijo de Dios, o dicho de manera inversa llama a Dios Padre: “así como el Padre me envío, así los envío yo a ustedes”, para finalmente enviar el Espíritu Santo prometido, consuelo y santificador de la iglesia peregrina. Sin embargo la cuestión se complica cuando dice que el Padre y Él son una misma cosa, y que el Espíritu procede de ambos para alivio de muchos.


 Así lo recitamos en el Credo, en particular en el de Nicea-Constantinopla: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso… Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios… Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria…”, uno está enlazado al otro, tres personas distintas, pero una misma naturaleza, es éste el misterio de fe que la Iglesia nos invita a contemplar este domingo: la Solemnidad de la Santísima Trinidad. “Las personas divinas son tres: la primera que ama a la que engendra, la segunda que ama al que la engendró y la tercera que es el mismo amor” (San Agustín)


Nuestra capacidad de comprensión se ve sobrepasada al intentar comprender la realidad de la Trinidad, pues no se trata de tres dioses distintos sino de un solo Dios en tres personas, con una misma naturaleza pero con funciones específicas cada una de ellas, sin perder por esto su esencia. La imagen de la Trinidad nos invita a contemplar a un Dios que no ha querido permanecer estático y ajeno ante la creación, obra de sus manos, y ha hecho de sí mismo una obra de donación, de entrega: “El Dios que nos ha revelado Jesús, no es un Dios solitario y cerrado en sí mismo; es el Dios que es don en sí mismo, y que se da a nosotros; el Dios que es amor” (Lettera ai cercatore di Dio, Conferencia Episcopal Italiana)


Del Dios Uno y Trino se desprende la imagen de la comunidad perfecta, que sustentada en el amor, pues Dios es amor como afirma el apóstol Juan, se entrega por amor, hace de sí un acto pleno de amor. Así estamos invitados a hacer experiencia en nosotros de la Trinidad, no puede “comprenderse” por otros medios, nuestra razón es pequeña al lado de tan grande misterio. Sin embargo si Dios ha querido comunicarse a sí mismo de esta forma es porque podemos hacer experiencia de este misterio, la pedagogía de Dios está revestida de ternura.


Imaginemos, pues, lo poco que podemos decir de nosotros mismos, nuestro nombre y apellido no alcanzan para describirnos, tampoco nuestros títulos, trabajo, tareas, actividades, cuánto podrían aportar nuestros amigos y conocidos, y sin embargo nuestra propia imagen quedaría incompleta. Trasladado al insondable misterio de Dios esto se vuelve aun más complejo, sin embargo nos sentimos atraídos por una fuerza que nos mueve hacia él: la del amor: “Ves la Trinidad, si ves el amor” (San Agustín). Querer comprender la Trinidad sería algo así como intentar meter todo el océano en un pozo hecho en la arena, como cuenta San Agustín encontró a un pequeño en la playa, al mismo tiempo que hacer la propia experiencia nos sumerge en lo profundo de ese Dios Único y Absoluto que nos ama.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / Twitter: @emilioroz)


 


 
 

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