La ternura de Dios

Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
La ternura de Dios

Esta semana que se inicia con la bendición de los ramos bien podríamos llamarla: Semana de la Misericordia. Toda ella esta está impregnada del amor de Dios por cada uno de nosotros, de manera especial por los pecadores, los despreciados del mundo. Contemplamos en toda ella la realización de la promesa de Dios, la de la Redención: la del resurgir de nuestro corazón.


Hasta el domingo pasado veníamos leyendo textos que nos hablaban de la invitación a la conversión a través de distintos milagros y curaciones que el Señor realizó en su pueblo. Hoy nos sumergimos en un tiempo en el que habiendo abierto el corazón dejamos nuestra racionalidad, esto es nuestro intento de explicarlo todo desde la cabeza, para poder hacerlo con el corazón. La entrega de Jesús por vos, por mí, por todos, no se entiende desde la razón, no hay explicación lógica para ella, ¿cómo explicar que el más grande entre nosotros ofreciera su vida de esa cruel manera?, ¿cómo entender que Dios haciéndose hombre asumiera semejante sufrimiento?


Hoy al leer el texto de la pasión nos adentramos en uno de los pasajes más duros del Nuevo Testamento y el acontecer de los hechos lo harán concreto, sin embargo cuando su lectura atraviesa el corazón vemos en el fondo la ternura de Dios, su bondad, y esto nos colma de alegría, pues hemos sido salvados. Ternura que, como dijo el Papa Francisco en su primera homilía, “no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor”


En estos días se nos propone dejar de mirar, al menos por un momento, a nuestro propio yo, para sumergirnos en el dolor por los pecados de toda la humanidad, por los pobres, los enfermos, los ancianos olvidados en los geriátricos, los jóvenes con problemas de adicciones, los niños abandonados; y poder sufrir como sufrió Jesús por ellos. La negación de Pedro, por el contrario, denota la debilidad humana, los límites a la hora de amar y de entregarse, el propio egoísmo, el autocentramiento. En Jesús alcanzamos el perdón por nuestros pecados, el renacimiento del alma, y eso nos permite caminar con la cabeza en alto, como quienes se saben portadores del amor de Dios.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / Twitter: @emilioroz)


 


 
 

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