La tranquilidad de tener a Dios como el Gran DT de nuestra vida

No siempre nos toca brillar, pero siendo fieles a Dios, damos lo mejor de nosotros.

 
La tranquilidad de tener a Dios como el Gran DT de nuestra vida

Hace unos días, el colegio de nuestros hijos organizó un campeonato de fútbol entre sus alumnos y los de otras dos instituciones cercanas. Fue una jornada fría, pero muy intensa y de mucha amistad entre las familias.


Independientemente del resultado  (uno de nuestros hijos llegó a la final y perdió; el menor se quedó en cuartos), lo interesante fue verlos interactuar con sus compañeros, en algunos casos fortuitos adversarios, y con los adultos, que tenían la responsabilidad de “arbitrar” un partido o de dirigir como “DT” un equipo.


Uno de nuestros hijos –Guido- es elegido siempre para jugar en línea defensiva, quizá porque no es un gran habilidoso con la pelota y también porque es el área donde mejor se desempeña. Claro está que, para un niño, no ser el que mete los goles –el Messi al que todos aspiran- es bastante frustrante.


Por eso, en uno de los partidos de ese día,  Guido decidió por cuenta propia que el lugar donde debía jugar era más cerca del arco adversario que del propio, y no dudó en dejar libre su posición defensiva para pasar al ataque. El resultado estaba bastante cantado: en un avance del equipo contrario por la zona que él había dejado vacía, llegó un gol y la ventaja parcial que hubo que revertir.


Mientras cenábamos, ese día, y luego del baño que sirve para que grandes y chicos nos “enfriemos” y pensemos más serenamente, pudimos charlar. Ambos –él con apenas 9 años y yo con más de 40- llegamos a la conclusión que lo que pasó en el partido, pasa muchas veces en la propia vida.


Imaginemos que Dios -como DT de nuestra vida- elige para nosotros una posición determinada. Metafóricamente, algunas veces, con habilidad, metemos un gol y somos ovacionados pero  –la mayoría de las veces- somos quienes damos pases para evitar que nos hagan goles o para que otros puedan hacerlos en el arco contrario. En un verdadero equipo, nos gratifica saber que nuestras acciones, por más pequeñas que parezcan, son importantes, porque aún cuando muchas veces no sean visibles, son indispensables para lograr cosas más trascendentes.


Es que, la mayoría de las veces, somos gente común, protagonistas chiquitos de nuestro destino; instrumentos en manos de Él para hacer lo que Él sabe que es lo mejor para nosotros y para los nuestros. Sin  grandes estridencias. Sin carteles en los que nuestro nombre parpadee. En la línea de defensa, donde las cámaras de televisión sólo se fijan cuando está “nuestro arco” en peligro.


Y entonces, cuando queremos torcer la voluntad del DT, terminamos cometiendo errores de los que, después, nos arrepentimos.


Como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer en Camino:


“Nosotros somos piedras, sillares, que se mueven, que sienten, que tienen una libérrima voluntad. Dios mismo es el cantero que nos quita las esquinas, arreglándonos, modificándonos, según El desea, a golpe de martillo y de cincel. No queramos apartarnos, no queramos esquivar su Voluntad, porque, de cualquier modo, no podremos evitar los golpes. Sufriremos más e inútilmente, y, en lugar de la piedra pulida y dispuesta para edificar, seremos un montón informe de grava que pisarán las gentes con desprecio.”


Ojalá que Dios nos ponga el hombro para que –con humildad y con alegría- aceptemos cumplir con nuestra misión, por más chiquita que sea, por más invisible que nos parezca, por más que no haya fulgor en ello.


O.M. © Yo Creo


 

 
 

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