Un hombre desconocido nos revela la intervención de Dios en su vida a través de un testimonio imborrable en su espalda. Las hipótesis son desconocidas, pero no su entrega y amor a Cristo.
Hace un año aproximadamente, mientras disfrutábamos con mi familia de un viaje, Ini llevaba su cámara fotográfica colgada al hombro como siempre y ambos casi tropezamos con un hombre sentado sobre la arena, en cuya espalda se veía un enorme tatuaje que tenía un título: “Footprints”.
Casi a escondidas para no invadir su privacidad, mi esposa disparó su equipo y capturó la imagen que ilustra esta nota. Mi mujer obturó sólo una vez, no había chances de repetir la toma sin que tuviéramos que explicar al buen hombre, porqué estábamos tomando una foto de su espalda.
En ese momento, no leímos en profundidad lo que decía ese largo párrafo que debió llevar muchas horas de trabajo al responsable del realizar el tatuaje y no menos dolores a quien lo había pedido.
Sólo un año después, y ordenando el archivo fotográfico descubrimos que el párrafo estampado para siempre en su espalda era una adaptación de un poema anónimo que alguna vez recitó Pablo Neruda y que se llama, precisamente, Huellas en la Arena:
Una noche en sueños vi
que con Jesús caminaba
junto a la orilla del mar
bajo una luna plateada.
Soñé que veía en los cielos
mi vida representada
en una seria de escenas
que en silencio contemplaba.
Dos pares de firmes huellas
en la arena iban quedando
mientras con Jesús andaba
como amigos conversando.
Miraba atento esas huellas
reflejadas en el cielo
pero algo extraño observé
y sentí gran desconsuelo.
Observé que algunas veces
al reparar en las huellas
en vez de ver los dos pares,
veía sólo un par de ellas.
Y observaba también yo
que aquel sólo par de huellas
se advertía mayormente
en mis noches sin estrellas.
En las horas de mi vida
llenas de angustia y tristeza
cuando el alma necesita
más consuelo y fortaleza.
Pregunte triste a Jesús:
“¡Señor!, ¿Tú no has prometido
que en mis horas de aflicción
siempre andarías conmigo…?
Pero noto con tristeza
que en medio de mis querellas
cuando más siento el sufrir
veo sólo un par de huellas.
¿Dónde están las otras dos
que indican Tu compañía
cuando la tormenta azota
sin piedad la vida mía?
Y, Jesús me contestó:
con ternura y comprensión;
"Escucha bien, hijo mío,
comprendo tu confusión.
Siempre te amé y te amaré,
y en tus horas de dolor
siempre a tu lado estaré
para mostrarte Mi Amor.
Mas si ves solo dos huellas
en la arena al caminar,
y no ves las otras dos
que se debieran notar,
es que en tu hora afligida,
cuando flaquean tus pasos,
no hay huellas de tus pisadas
porque te llevo en Mis brazos"
Hoy, un año después, y con el descubrimiento frente a mis ojos, nos preguntamos con Ini por dónde habrá pasado la dura experiencia de aquel hombre que encontramos sentado, precisamente en la arena, para imprimirse por siempre un testimonio de su propia vida y una declaración de amor eterna hacia Jesús.
Nunca lo sabremos con exactitud, aunque cada uno podrá imaginárselo. Lo que sí sabemos es que este hombre va caminando por la vida con un recuerdo imborrable, ya no el del dolor y la desesperación de “las noches sin estrellas”, ni de la “hora afligida cuando flaquean” sus piernas. En su recuerdo está el día, la circunstancia exacta, el momento íntimo en que se dio cuenta que Jesús lo cargaba en sus brazos.
¿No lo envidian, un poco, como yo?
O.M. © Yo Creo