Lo reconocieron al partir el pan

Nuestros muros son la fe y el amor de Jesucristo. Comentario del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Lo reconocieron al partir el pan

Jesús ha resucitado, en este hecho se funda nuestra fe y nuestra esperanza, solo quien posee certeza de esto vive en la paz y en la unidad que sólo brotan del Resucitado. Éste es el centro del anuncio eclesial, el kerygma, que es relatado por Pedro, columna de la Iglesia, primer Papa. Este es el contenido de la predicación apostólica que encontramos en cinco discursos de Pedro (Hch 2, 14-39; 3,12-26; 4,9-12; 5,29-32; 10, 34,43) y en uno de Pablo (13, 16-41), ambos constituyen los dos pilares de la Iglesia abierta al mundo judío y al mundo gentil, al paganismo.


En el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) encontramos este rasgo esencial de la Iglesia peregrina que busca la armonía no como acción filantrópica sino como su propia misión, en tanto sus “muros son la fe y el amor de Jesucristo, por eso la Iglesia no es un búnker o un fuerte cerrado, sino una ciudad abierta”[1]. Quien confía solo en las propias fuerzas rápidamente siente el abatimiento, el cansancio de querer cargar con una cruz para la cual necesitamos de la asistencia del Espíritu Santo. Es lo que ocurre con estos hombres que caminan desganados, tristes; su fe ha sido puesta en duda, pues habían depositado en Jesús una expectativa mesiánica que no era la que él venía a desarrollar.


Esperaban la liberación del pueblo de Israel y no hallaron respuesta, con su muerte todo quedó igual, no lograron trascender los acontecimientos; esto pasa a menudo en nuestro mundo cuando quedamos sumidos en la tentación de que con la sola fuerza humana se pueden derribar muros, desatar cadenas, y los hechos concretos se nos presentan como un gran obstáculo imposible de sortear. “Lo reconocieron al partir el pan…” (cfr. Lc 24,31) los auténticos discípulos descubren al verdadero y único maestro, Jesucristo, cuando lo ven hacer aquello que es propio de su misión, rememorar su entrega por cada uno de nosotros. Quien espera de Él una revolución social, económica, política, queda anclado en el límite de ilusión.


“Hoy nosotros experimentamos sensiblemente el poder del caos, experimentamos cómo en medio de una sociedad progresista que cree saberlo y poderlo todo irrumpen los poderes elementales de lo caótico, precisamente contra lo que ella denomina progreso”[2], volver la mirada al Jesús de la fe que redimió al mundo con su Pasión, Muerte y Resurrección, es la vía que nos conduce a contemplar el verdadero cambio que opera en nosotros, un cambio que es interior, socaba lo más profundo de cada uno, nos conduce a la plenitud de quien hace experiencia del amor total, y desde allí nos hace co-redentores de las estructuras mundanas.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com / Twitter: @emilioroz)


 








[1] Ratzinger, Joseph. Benedicto XVI. Miremos al traspasado, Fundación San Juan, Rafaela (Sta. Fe), 2007. pp 139




[2] Ibid. pp 134




 
 

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