La presencia de María junto a su Hijo en las horas del Calvario nos convoca a unirnos a ella con el corazón.
Siempre me he preguntado adónde estuvo María entre la Última Cena y el Calvario. Los Evangelios no son muy precisos sobre sus movimientos, ni si estuvo acompañada por algunos discípulos, aunque podemos suponer que nunca la dejaron sola. Finalmente, era la Madre de su amigo, en su momento más difícil. La primera certeza aparece cuando junto a Juan –“el discípulo que Jesús más amaba”- y la Magdalena aparece en las calles mientras Cristo ya caminaba con la Cruz a cuestas hacia el Gólgota. Quizá sí fueron ellos los que estuvieron a su lado mientras la Madre de Jesús sufría en silencio en esa ventana de tiempo entre la traición de Judas y la Crucifixión.
No puedo imaginarme siquiera su dolor frente a lo que Ella sabía que era la voluntad de su Dios, a quien amaba por encima de todas las cosas. Pero también presiento que le rogaba al Padre, como lo hizo Jesús en el Olivos, que apartara ese cáliz de su Hijo.
Durante horas no sabemos nada de Ella.
Pero cuando aparece, lo hace “de pie, junto a la Cruz”. Nadie puede dudar de su dolor, pero tampoco de su entereza y de su entrega absoluta a la voluntad del Padre.
Te propongo que acompañes a María en esas horas que han quedado escondidas. Que te pongas en su regazo de madre y le digas cosas al oído. Dile que la amas. Dile que sientes su dolor y que sabes que lo que está haciendo su Hijo, lo está haciendo por vos y por mí y por todos. Dile que la necesitas de pie también junto a tu cruz. Pídele un beso. Siente el calor de su amor de madre sobre tu rostro. Y reza con ella la oración que quieras. Pero que no se sienta sola.
O.M. © Yo Creo