Nosotros y el miedo

“Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Este contestó: He oído tu voz en el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo, por eso, me escondí” (Génesis 3, 9).

 
Nosotros y el miedo

Una de las emociones que, en algún momento de la vida, hemos experimentado es la del miedo, la de permanecer paralizados frente a una o situación. El miedo nos invade en cualquier tramo de la existencia; si bien es un estado normal de adaptación al medio (estrés), llevado a gran escala, coarta nuestra libertad y no nos permite concretar nuestros proyectos y, por tanto, impide nuestra felicidad.


El miedo es un sentimiento normal, el mismo Jesús tuvo miedo ante la certeza de que su hora, la de su muerte, había llegado, mientras se hallaba en Getsemaní, el lugar donde Dios guardó silencio: “Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia” (Marcos 14, 33). Como dice Prat: “El maestro no se avergüenza de darnos el espectáculo de su turbación moral”, a lo que Tomás Moro agrega: “El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena. Es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios”.


Es común que sintamos miedo ante diversas situaciones, como la muerte y el después de ella, el paso del tiempo y el propio deterioro físico, la pérdida de nuestros seres queridos, los riesgos, el futuro, al no encontrar el sentido de la vida, o bien a no tener con quien compartirla, incluso, a no tener a alguien al lado con quien envejecer, a no ser escuchados. El miedo es un medio de dominación de unos sobre otros, desde las amenazas a ser atacados por grupos terroristas, como el caso de algunas naciones, hasta el de la violencia familiar, ya sea verbal o física.


Podemos preguntarnos entonces, ¿qué es el miedo? La Real Academia Española lo define como “la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Así cabe una diferencia: la primera relacionada con el miedo ante un hecho real, cuya emoción corresponde a la dimensión real de la amenaza, diversa de aquella cuya dimensión de riesgo nada tiene que ver con la verdadera dimensión del peligro, es irreal (miedo neurótico). A su vez, el miedo está íntimamente vinculado con la ansiedad, pues se teme a aquello que puede suceder, es decir, a lo que en el presente se encuentra en el futuro, no se teme por algo ocurrido o hecho en el pasado, en tal caso, se temen sus consecuencias, que son futuras.


Uno de los principales medios a través de los cuales se transmite el miedo son los medios de comunicación social, especialmente, ciertos tipos de documentales o films que versan sobre el fin del mundo, las catástrofes naturales hipotéticas, los desastres meteorológicos, las masacres, etc. Sirve a modo de ejemplo el reciente esperado fin del mundo, en diciembre de 2012, que a muchos perturbó, hasta debieron tomarse medidas de seguridad ante la amenaza de suicidios masivos, todo ello fomentado por la mala interpretación de una película y de una milenaria tradición aborigen.


El miedo nos impide vivir en paz, llevar a cabo la misión a la que Dios nos tiene destinados, es también una tentación. El miedo que Jesús sintió ante al punto culmen de su tarea no fue sino el más propio de su naturaleza humana, “Cristo siente, con toda la conciencia de su ser, la vida, el abismo de la muerte, el terror de la nada, esta amenaza del sufrimiento” (Benedicto XVI); sin embargo, no se deja vencer por él y continúa adelante, sabe que no hay otro remedio para el miedo que el arrojarse ciegamente a la voluntad de Dios. Desea evitar ese cáliz, pide al Padre que lo aparte de él siempre que sea su voluntad, “siente que todo esto es el cáliz que debe beber, que debe obligarse a beber, aceptar el mal del mundo, todo lo que es terrible, la aversión contra Dios, todo el pecado. Podemos entender que Jesús, con su alma humana, sienta terror ante esta realidad”.


Nuestra flaqueza, nuestra falta de coraje, no nos deja ver el horizonte con nitidez, con ojos llenos de temor solo vemos la amenaza de aquello que podría suceder, ficticia la mayoría de las veces; superarla no es tarea sencilla, requiere tiempo, paciencia, fortaleza, pero, ante todo, valentía. Reconocer que tenemos miedo a eso que percibimos como amenazador, sincerarnos con nosotros mismos, es el primer paso, poner nombre a aquello que nos impide caminar con alegría es dar un valiente primer paso en nuestro caminar. “Cada uno de nosotros corre así el riesgo de debatirse con su valentía o con su miedo, como un loco juega con su sombra. Una sola cosa importa y es que, miedosos o valientes, nos hallemos siempre donde Dios quiere (…). Sí, no hay otro remedio para el miedo…” (Bernanos).


(Fuente: Emilio Rodríguez Ascurra  - contactoconemilio@gmail.com)


 


 
 

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