Notas sobre la amistad (II)

Reflexiones de J. L. Martín Descalzo sobre el valor y el lugar de la amistad en la vida.

 
Notas sobre la amistad (II)

Uno de los fenómenos más asombrosos de este mundo en que vivimos es que se habla tanto más de una cosa cuanto menos importante es. Se llenan páginas y páginas de los periódicos para aclarar una jugada futbolística (tremendo drama: ¿fue o no penal?) y nadie habla jamás -ni en los diarios, ni en los púlpitos, ni en las cátedras- de cuestiones tan vitales como la de la amistad. Y, naturalmente, todos decimos saber mucho de ella, pero raramente nos hemos sentado a reflexionar.


Me gustaría salir a la calle y preguntar a la gente qué entiendo por «amistad». Muchos la confundirían con la simple simpatía, el compañerismo, la camaradería. O tal vez -por el otro extremo- con el enamoramiento o con el erotismo. Y la amistad está en medio, como una de las más altas especies del amor.

Si los lectores no lo consideran cursi recordaré aquí la vieja definición de Aristóteles «La amistad consiste en querer y procurar el bien del amigo por el amigo mismo.» O la recientísima de Lain Entralgo, que me parece más completa: «La amistad es una comunicación amorosa entre dos personas, en la cual, para el bien mutuo de éstas, se realiza y perfecciona la naturaleza humana.» O la también profunda de Faguet: «La amistad es una confianza del corazón que conduce a buscar la compañía de otro hombre (o mujer) elegido por nosotros entre los restantes y a no tener miedo de él, a esperar de él apoyo, a desearle el bien, a buscar ocasiones de hacérselo y a convivir con él lo más posible.»

Con ello queda dicho que la amistad no es el simple compañerismo o camaradería, aunque pueda surgir del uno o de la otra. Queda también dicho que la amistad no es el enamoramiento, aunque probablemente el mejor amor es el que va unido a la honda amistad.

Pero, sobre todo, queda dicho que en la amistad no se busca la «utilidad» -aunque no pocas pseudoamistades se monten como un negocio-, sino que a ella se va más para dar que para recibir, aunque nada perfeccione tanto a un ser como dar a otro lo mejor de si mismo. Una verdadera amistad es sólo la que enriquece a los dos amigos, aquella en la que el uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son.

De ahí que ser un buen amigo o encontrar un buen amigo sean las dos cosas más difíciles del mundo: porque suponen la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosidades. Suponen, además y sobre todo, un doble respeto a la libertad del otro, y esto sí que, más que ganar la lotería, es un simple milagro. «La amistad verdadera -escribe Laín- consiste en dejar que el amigo sea lo que él es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que debe ser.» ¡Y qué difícil esta frontera que limita al Norte con el respeto y al Sur con el estímulo! ¡Y qué fácil caer en esa especie de vampirismo espiritual en el que uno de los dos amigos devora al otro o es devorado por su voluntad más fuerte!

¡Qué enriquecedora, en cambio, esa amistad que maduran los años y en la que nos sentimos libres y sostenidos, aceptados tal y como somos y delicadamente empujados hacia lo que deberíamos llegar a ser. Tesoros como éste son como para vender todo lo demás y comprarlos.

Extraído "Razones para el Amor"
 
 

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