Notas sobre la amistad (IV)

Reflexiones de J. L. Martín Descalzo sobre el valor y el lugar de la amistad en la vida.

 
Notas sobre la amistad (IV)

Tal vez la página más hermosa que yo haya leído jamás sea aquella en la que San Agustín, en Las Confesiones, narra la muerte de un joven amigo, con lágrimas y desgarramientos que hoy -que impera la gelidez- nos parecen casi melodramáticos, pero que sonabsolutamente verdaderos: 


"Suspiraba, lloraba, me conturbaba y no hallaba descanso ni consejo. Llevaba yo el alma rota y ensangrentada, como rebelándose de ir dentro de mi, y no hallaba dónde ponerla. Ni en los bosques amenos, ni en los juegos y los cantos, ni en los lugares aromáticos, ni en los banquetes espléndidos, ni en los deleites del lecho y del hogar, ni siquiera en los libros y en los versos descansaba yo. Todo me causaba horror, hasta la misma luz; y todo cuanto no era lo que él era, aparte el gemir y el llorar, porque sólo en esto encontraba algún descanso, me parecía insoportable y odioso."


Creo que nunca se ha dicho mejor lo que es la amistad y lo que implica su pérdida. Tal vez quienes hayan sentido la muerte de un verdadera amigo en edad juvenil lo comprendan. Ese vacío total, esa sensación de insipidez en todo lo que nos rodea, esa seguridad de que nadie ni nada colmará ese vacío. Ese sentirse dañado hasta por la misma luz. Ese sentirse avergonzado de estar vivo mientras el amigo se enfría bajo tierra.

Toda muerte es terrible, lo sé. Recibo a veces cartas de muchachos o muchachas que han conocido ese trance y me quedo siempre temblando ante la máquina de escribir a la hora de responder sus cartas. ¿Qué decirles? ¿Cómo explicarles que muere el cuerpo, pero no muere aquello por lo que hemos amado a una persona?

Ayer hizo veinte años de la muerte de mi madre. Y recuerdo que en la homilía de su funeral yo dije esa misma frase que acabo de escribir: «Yo sé que aquello por lo que yo la quería no morirá jamás.» Y hoy -veinte años después- sé que no mentí. Sé que la muerte no destruye nada. Rompió, si, el hilo que nos unía a los dos. Pero nada destruyó de ella. No vive hoy menos en mi de lo que vivió mientras vivía.

Recuerdo ahora la pregunta que -con ingenuidad y hondura al mismo tiempo- se plantea Santo Tomás en su Suma Teológica: ¿Para la bienaventuranza eterna se requiere la sociedad de los amigos? Es decir: ¿Habría cielo sin ellos? La respuesta del santo es aún más conmovedora: «Para la felicidad perfecta en el cielo no es necesariamente requerida la compañía de los amigos, puesto que el hombre encuentra en Dios la plenitud de su perfección; pero algo hace esa compañía para el bienestar de la felicidad.»

Traducido a nuestro lenguaje de hoy, diríamos que los amigos -incluso en la otra vida- serán necesarios para la «buena compostura» del cielo, su compañía será como «el aderezo necesario de la gloria». Esa gloria que fray Luis de Granada interpretaba como una gozosa e interminable tertulia con Dios y con los amigos en torno a él.

La amistad -ya lo veis- tiene un alto puesto incluso en la mejor teología. Felices los que saben vivirla y cultivarla.

Extraído de "Razones para el amor"
 
 

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