Nuestro pequeño éxodo interior

Reflexión sobre el Evangelio del Domingo por Emilio Rodríguez Ascurra

 
Nuestro pequeño éxodo interior


Jesús es el nuevo Moisés que lleva al pueblo hacia el cumplimiento de la promesa de Dios, en el Antiguo Testamento promete a Abraham una tierra y una descendencia numerosa, a ese su pueblo escogido, pobres y errantes, pues no tenían siquiera dónde permanecer estables, de allí la promesa de Dios de darle muchos hijos, éstos son la mayor riqueza de los pobres. En Cristo ésta promesa alcanza su plenitud.


El relato de la transfiguración de Jesús, del encuentro con Elías y Moisés, no es casual en este tiempo de cuaresma, pues nos devela el camino que el Mesías debe recorrer en su entrega por el pueblo de Dios, su éxodo. El primero lo llevan adelante los profetas, el segundo y definitivo el Hijo de Dios, el mismo Dios. Así, nuestra cuaresma se convierte en un éxodo en el que dejando nuestras sombras, dudas, temores, nos encaminamos hacia el cumplimiento de la promesa que se revela en la voluntad del Padre.


Con Él viviremos siempre, su transfiguración es anticipo de nuestra transfiguración, es una luz en medio del caminar cuaresmal que nos resulta oscuro, pesado, difícil de sobrellevar, pues es imagen de la gloriosa resurrección de la que seremos parte luego también nosotros, como lo anticipa el apóstol Pablo: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, (…) Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso”.


Hoy, caminamos hacia la felicidad total, estamos en camino de conversión, ese es nuestro pequeño éxodo interior: el creer en la promesa del Padre y en esperar, como los suyos en el desierto, como las primeras comunidades cristianas, la nueva y definitiva venida del Mesías. El mundo necesita de respuestas, los hombres de estos tiempos añoran saber quiénes son, cuál es el sentido de la vida, hacia dónde nos encaminamos. En Cristo encontramos la respuesta, en su vida que no termina en una cruz, sino en la gloria de la resurrección, si bien es cierto que no hay día son noche, así pues nos descubrimos como hijos e hijas de un Dios que entregó su vida por nosotros pero que sobrepasó el límite de la muerte y no es indiferente de nosotros.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com)





 


 
 

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