Pescar y rezar no son sinónimos, pero...

¿Qué tienen en común una actividad deportiva con la oración? Apuntes sobre las satisfacciones y decepciones que ambas nos deparan.

 
Pescar y rezar no son sinónimos, pero...

Como muchos de mis amigos saben, para mí la pesca es una pasión. Desde que mi abuelo Ismael y su cuñado “Bachi” me llevaban en un impecable Renault 4L color marrón al Puerto de Paraná en búsqueda del dientudo, el patí o –inclusive- algún dorado desorientado, la pesca pasó a formar parte de mi vida. Tenía cuatro o cinco años.


De adolescente me escapaba a pescar con mi amigo Walter a Puerto Sánchez, que Jorge Méndez inmortalizó en su canción con eso de “…los gurises de la costa”. Más tarde fue La Quietud, el rancho de otro amigo -“Topo”- donde se combinaba la pesca, la buena comida, una gran familia y alguna guitarreada mezclada con el rocío.


Ahora mis hijos, y también mi mujer (que pescaba de niña con su papá), no se privan de soltar amarras de vez en cuando para ir a tentar suerte. Algunas veces volvemos con un montón de experiencias para contar y otras, con las manos vacías, como cuando salimos.

Aún cuando sea una verdad de Perogrullo todos los pescadores coinciden en que la única condición necesaria para la pesca–además de una buena dosis de suerte- es la paciencia.

Ayer y hoy salimos a pescar. Usamos los mismos equipos y entramos al mar por el mismo lugar. Fueron viajes idénticos. La carnada fue la misma, al igual que los “engaños”. El barco, el timonel, el clima eran sinónimos entre un día y otro. El mar de hoy era, al menos, pariente cercano del de ayer.

Sin embargo entre ambos días existieron muchas diferencias: ayer tuvimos una pesca excelente. Hoy, nos volvimos casi con las manos vacías. Hace 24 horas pasamos un día sin ningún contratiempo. Hoy tuvimos varios infortunios que, aunque menores, nos infringieron bastante demoras y problemas y, finalmente, contribuyeron a un resultado tan mezquino.

Mientras volvíamos –y el plano del barco golpeaba las olas fuertes y el calor apretaba- se me ocurrió una pequeña analogía.

Nuestra relación con Dios suele parecerse mucho a estos dos días de pesca. Algunas veces encontramos de inmediato la conexión con Él. Otros días, a pesar de rezar de la misma manera, de pedir con igual insistencia, de hacer el mismo viaje a través de la oración, nos volvemos con las manos casi vacías (o eso es lo que parece). Nos preguntamos cómo puede ser que bajo las mismas condiciones y circunstancias, los resultados puedan ser tan diferentes. Sobre todo cuando se trata de nuestra vida espiritual y de nuestra relación con Dios.

Hoy, cuando llegamos a la orilla, mi hijo Guido me preguntó si, a pesar del poco éxito, íbamos a repetir la aventura. Por supuesto –le contesté.

Para la pesca y para nuestro vínculo con Dios, también lo importante es la paciencia. Volver a subirnos al barco, adentrarnos a la mar, y reiniciar la búsqueda de su mirada sobre la nuestra es toda una aventura, que requiere pasión e insistencia.

No hacerlo, significa quedarnos con ese día magro, con ese sabor a poco, pensar erróneamente que “así” debe ser nuestra vida y perdernos la posibilidad de que Dios nos sorprenda -en cualquier momento- con "una gran pesca".

O.M. © Yo Creo
 
 

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