Por amor a la camiseta

La pasión y el orgullo que se siente por un equipo de fútbol ¿es mayor que el orgullo de seguir a Cristo?

 
Por amor a la camiseta

Hace muchos meses, demasiados diría yo, los días en los que juega River constituyen un sufrimiento para mí y una tortura para mi familia. De a poco, la sala se va quedando vacía, porque los míos deciden dejarme solo frente al televisor para permitirme rumiar insultos hacia los jugadores que, en mi opinión, no tienen ni el amor suficiente, ni el corazón preparado para llevar con honor y orgullo los colores de mi querido club.


En estas últimas semanas, Martín Palermo cerró su carrera profesional mostrando a todos la fibra con la que está hecho. Ha jugado los últimos encuentros con respeto y devoción hacia sus simpatizantes y ha provocado ovaciones y aplausos, inclusive, entre quienes no somos fanáticos de su escuadra. Matías Almeyda, del otro lado, ha jugado en el equipo de Núñez -amenazado por el descenso- , aunque su físico le ha marcado límites, algunas veces más allá de lo soportable. En los últimos dos encuentros, sus músculos no le respondieron, se acalambró en varias ocasiones y su rostro mostró dolor frente a muchas de las exigencias de estos tiempos dramáticos.


Ambos jugadores repiten un gesto que emociona: siempre terminan sus éxitos o fracasos besando la camiseta que llevan puesta con los colores de su club.

Hoy me puse a pensar, mientras masticaba la impotencia y el dolor de ver a mi equipo jugar la promoción, que muchas veces los cristianos deberíamos tener ese mismo orgullo de besar nuestra camiseta, la que lleva la imagen de Jesús en nuestro corazón. Cuando el éxito nos acompaña o cuando la incertidumbre y las dificultades nos visitan, deberíamos mostrarnos orgullosos de nuestra condición de cristianos, capaces de entregar todo y más, aún cuando nuestro cuerpo y nuestra alma parezcan romperse de dolor y de impotencia.

No tenemos vergüenza de besar “el trapo” (así llamamos los fanáticos a nuestros colores deportivos), pero muchas veces nos abochorna decirnos cristianos frente a los demás. El qué dirán –en muchas ocasiones- representa más que el amor que decimos tener por Jesús, por su pasión y su cruz para la redención de nuestros pecados. Decimos amarlo, pero no siempre somos capaces de dar la cara por Él. Nos avergonzamos porque tememos que nuestros amigos, nuestros clientes, nuestros jefes, no nos entiendan o se burlen de nosotros.

Jesús nos espera a cada instante y desea nuestro beso sincero y arrepentido. Llevar sus colores a la vista de todo y de todos no es sólo un acto de Fe. Es una respuesta justificada por su entrega de amor inconmensurable. Porque, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, “aquél que no es apóstol en nuestro tiempo, corre el riesgo de ser apóstata”.

O.M. © Yo Creo

 

 
 
  • Diego O.
    Me encanto la reflexión, ayer justamente leyendo un libro sobre el fundador de la Obra, decía a grandes rasgos, que hay que ofrecer todo, lo bueno y lo malo que nos sucede, para que Dios nos ayude a cumplir su voluntad, no sólo las grandes cosas, sino todo, lo cotidiano, lo del día a día. Saludos.

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