Santificar el trabajo

Con sencillez y alegría Don Paco ponía ante Jesús todo lo que hacía.

 
Santificar el trabajo

En los últimos tiempos mi trabajo se ha complicado muchísimo. Estoy levantándome muy temprano y llego a mi casa cuando mis hijos están casi dormidos, con los pijamas puestos. Tampoco queda mucho espacio para la charla tranquila con mi esposa, quien también trabaja a la par. Ni siquiera para leer un libro antes de dormir.


Es un mal de la época, dirá cualquier observador con algunos años encima. No te quejes y agradecé que tenés trabajo, dirá otro. A mí se me ocurre que muchas veces lo que hace falta es sentido de equilibrio, para otorgar tiempo a todas las cosas y obligaciones, con alguna idea de las verdaderas prioridades.


Todos acordaremos que la familia es lo más importante.


Sin embargo, no siempre es fácil. Quienes trabajan en relación de dependencia, tienen a su jefe que muchas veces exige por encima de las posibilidades y sin detenerse en los calendarios ajenos. Y otros, que tenemos la bendición de ser emprendedores, tenemos también obligaciones y el miedo de cometer errores que nos pongan en la calle.


Pero lo que a veces nos falta es la disposición para ofrecer nuestro trabajo a Dios, para ponerlo en sus manos, para dejarnos respaldar por su confianza y su mirada paterna.


Cuando yo era niño, tuve un vecino que llamábamos “Don Paco”. Era conocido por su apodo y porque tenía dos ocupaciones: atendía su propio almacén y trabajaba con la madera en su propia carpintería. A mí me gustaba ir a ambos lugares. El almacén era un lugar sensacional con olores a especias, mezclados con los de los caramelos o los dulces. Y la carpintería tenía un banco del oficio muy antiguo, donde Don Paco, desafiaba la noble materia con sus formones, su juego de broca y sus cepillos.


Pero había algo más en ambos sitios.


Don Paco tenía un crucifijo sobre el mostrador de tapa de mármol blanca, y cada vez que terminaba de entregar el vuelto al cliente y la bolsa con los productos comprados, pasaba su mano por el Cristo y murmuraba una jaculatoria apenas audible.


La carpintería quedaba exactamente al lado del almacén; y a la tarde, mientras su esposa continuaba pesando trozos de queso y pan rallado en una balanza de dos platos, él trabajaba en muebles que habían sido pedidos casi todos por los vecinos del barrio: camas, guardarropas o bibliotecas.


Entre él y yo teníamos un juego: yo debía encontrar la cruz de madera que Don Paco hacía cada día con dos tablas de diez a quince centímetros, unidas por un pequeño clavo, porque él decía que necesitaba trabajar mirando la cruz, “aunque sea de a ratos, para recordarme que todo lo hago pensando en El”.


Casi siempre encontré esa crucecita en algún lugar bien visible. Presumo que ni siquiera por lo que significaba el pequeño juego quería “esconderla”. Quizá quería tenerla a mano, para decirle una palabra de cariño al Jesús invisible, “aunque sea de a ratos”.


Que las excusas de las presiones, la velocidad o la inmediatez de todo, no nos repriman la buena idea de poner un crucifijo al lado de nuestra computadora o de nuestra mesa de trabajo, para mirarlo de vez en cuando y para decirle que queremos que El también esté orgulloso de nuestro trabajo, porque lo hacemos a conciencia, responsablemente y por quienes más amamos.


O.M. © Yo Creo


 

 
 

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