Ser cristianos, en el medio del mundo

“Ser cristiano: establecer una relación con este Dios del misterio, sin dejar de estar en el mundo, que es como es” (Romano Guardini).

 
Ser cristianos, en el medio del mundo

Uno de los temas que nunca ha dejado de estar vigente, pero que, sin embargo, hoy toma especial relevancia es esta aparente dicotomía entre ser cristiano, es decir, seguidor de Jesucristo, y nuestro ser en el mundo; o sea, vivir en un ámbito que no concuerda siempre con nuestra condición. “Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice Jesús en su oración sacerdotal, a lo que agrega: “Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad” (Jn 17, 14. 17). Consagrar hace alusión a separar algo para dejarlo reservado exclusivamente para Dios, aquello que era profano se convierte en algo santo a la vez.


Jesús desea con estas palabras que sus discípulos obren de acuerdo con el plan de Dios inscrito en cada uno, y ese obrar debe concretarse aquí y ahora, no luego. “Mundo no significa solamente lo que nos rodea, sino también lo que nosotros somos” (Romano Guardini). No podemos ofrecer a los demás más que aquello que somos en concreto, no podemos mostrar de nosotros otra cosa que nuestra verdadera identidad de hijos e hijas de Dios.


Para muchos este ser y no ser del mundo a la vez es una contradicción, incluso, para algunos “cristianos”. No obstante, el ser cristiano consiste en ese distanciarse del mundo evitando en nosotros el mal, pero sin desconocer la fragilidad, consecuencia del pecado original de la autosuficiencia, que habita en nosotros.


Hacemos de nuestro ser cristiano imagen visible, pues no podemos guardarnos aquello que somos, que mueve nuestra vida, que le da sentido. “Ustedes son la luz del mundo, una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mt 5, 14). No se trata, a simple vista, de adaptarnos, tampoco de justificar el mal que habita en nuestra sociedad, mucho menos el aburguesamiento que puede tentarnos y transformarnos en “cristianos de cartón”, sino, como afirma el papa Benedicto XVI: “Se trata de un cambio interior de la existencia. Exige que ya no me cierre en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida (…). Se trata de la decisión fundamental de dejar de considerar la utilidad, la ganancia, la carrera personal y el éxito como el objetivo último de mi vida, para reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de optar entre vivir solo para mí o entregarme a lo más grande. (…). Al perderme, vuelvo a encontrarme”.


El testimonio con nuestro obrar y actuar en el mundo debe hacernos visibles, no a modo de imposición, sino como testigos de la humildad en la que Dios quiso habitar, siendo el primero se hizo el último.


En la homilía inaugural de su pontificado, el Santo Padre Benedicto XVI declaró: “Quien deja entrar a Cristo en su vida no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande. Solo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Él no quita nada y lo da todo… Nada más bello que conocerlo y comunicar a otros la amistad con él”.


El testimonio que damos como cristianos no siempre es para el mundo claro, evidente por sí mismo, a veces, es cierto, vivimos vidas disociadas entre aquello que profesamos como verdadero en nuestra vida espiritual concreta en la comunidad y lo que realizamos afuera, en nuestras familias, en nuestras responsabilidades. Esto es un signo de contradicción para quienes nos observan, si bien, claro está, que no obramos para el mundo, sino para Dios; por eso, vemos en los demás el reflejo del rostro de Dios y, en el mundo, el sitio en el que quiso que habitáramos y transformáramos con nuestras vidas y obras.


El juicio ajeno no es nuestro único criterio para verificar nuestro ser cristianos en el mundo, debemos ser agradables a los ojos de Dios amando y haciendo el bien a aquellos a quienes él también ama: nuestros hermanos.


(Fuente: Autor: Emilio Rodriguez Ascurra contactoconemilio@gmail.com)


 


 
 

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