Si no puedes hablar bien de alguien, silencio

¿Cuántas veces criticamos a los demás para disimular nuestros defectos?

 
Si no puedes hablar bien de alguien, silencio

Hace algunos años leí por primera vez un pensamiento del fundador del Opus Dei, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, que me dejo perplejo, por lo sencillo y, al mismo tiempo, por lo inexorable: “No hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate”. Aparece por primera vez publicado en su libro Camino, en 1939, y en todas las ediciones subsiguientes, sin modificación alguna, como si fuera un llamado de atención a lo que, muchas veces, es una falta de caridad de parte de muchos cristianos.


Cuánto cuesta no caer en la tentación de hablar mal de alguien o sobre alguien. No importa si tenemos profundo conocimiento acerca de su vida o sus comportamientos; o lo que es peor, si nos llegan rumores que repetimos y agravamos como si fueran sentencias inapelables. Siempre la verdad parece ser la coartada para criticar a diestra y siniestra. Una verdad muchas veces acomodada para que nuestra lapidación se parezca más a un acto de “honradez” y no a lo que es en realidad: una condena arbitraria o –cuando menos- una práctica poco virtuosa, cualquiera sea su justificación o su origen.

Estoy pensando en todas las veces en que yo pude haber herido a alguien sin haberlo querido. En las oportunidades en las que asumí decisiones que puedieron haberse interpretado erróneamente. Inclusive pienso en las ocasiones en las que –realmente- me equivoqué y lastimé a gente que estaba cerca de mí.

Y ahora pienso en las críticas negativas que he promovido, pensado y compartido en relación a alguien que, sin saberlo, estuvo en una conversación siendo juzgado por sus actos, por sus omisiones o, simplemente, por injustas simpatías o antipatías.

Dios no quiere eso de sus hijos.

En ocasión de un juzgamiento público, Jesús desafió a “arrojar la primera piedra” a aquel que “estuviese libre de pecado”. Cuando vuelvo a leer a San Josemaría, “…. cuando no puedas alabar, cállate”, prefiero estar del lado de la mujer cuyo pecado evidente encontró rápida misericordia. “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?” Y ella contestó: “Ninguno Señor. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno..."

Entonces, ¿qué nos queda a nosotros sino ser tan benevolentes con los demás como acostumbramos a serlo con nuesotros y con nuestros pecados? Tomemos de Josemaría y del mismo Cristo, la costumbre de encontrar esa virtud -evidente o escondida- que siempre está presente en los hermanos, más que sus defectos, ya que, en ocasiones, son excusa para justificar y ocultar los propios.

O.M. © Yo Creo
 
 

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