Si quieres escuchar a Dios, escucha a tu prójimo

Muchas veces decimos que no encontramos la salida, nos encerramos en nuestra tristeza, y no escuchamos a nuestros seres queridos. Pero Dios nos está hablando a través de ellos.

 
Si quieres escuchar a Dios, escucha a tu prójimo

Un día, hace de esto como 24 años, un sacerdote español -Don Fernando- me invitó a almorzar a su casa. Le gustaba cocinar (o eso decía) y comer todo lo que hoy los médicos desaconsejarían. Por eso cuando entré en la cocina y vi una enorme olla hirviendo llena de verduras, cortes de carne, chorizos colorados y patitas de cerdo flotando, pensé que el postre sería, indudablemente, un buen digestivo.


Don Fernando era un tipo muy simpático. Había sido productor de cine y le gustaba sentarse a disfrutar el séptimo arte, hasta que comenzaban los títulos. Allí él, leía quién era el director o el productor de la película y diagnosticaba el futuro: buena, mala, regular u olvidable. Esas eran las categorías, como crítico de cine, y casi siempre acertaba con el resultado último.


Me había invitado a almorzar porque quería hablar conmigo. Por eso, cuando nos sentamos –y antes de consumar mi primer bocado- me disparó sin contemplaciones:


- Oye, pareces un fantasma, te vas chocando con todo lo que se te pone por delante. No eres capaz de detenerte y pensar en lo que Dios quiere que hagas.


Haber viajado hasta su casa para recibir aquel primer impacto sin haber probado siquiera ese guiso de discutible gusto, fue un mal comienzo. Intenté defenderme, hablar de mis dolores, de mis cosas, de mi historia, pensando que la lástima era un buen método para justificarme. El padre Fernando no pareció mostrarse conmovido y mientras acompañaba una patita de cerdo con un pan, me remató:


- Lo que te decía, estás hecho un estúpido. No sabes lo que Dios quiere de ti, porque no prestas atención a las cosas que queremos para vos, quienes te amamos bien. Le pides a Dios señales, y estás tan ensimismado que cierras los ojos frente al sagrario gritando por ellas, pero cuando los abres y pasa un amigo, un hermano, un padre o una madre, diciéndote lo que es bueno para ti, pareces sordo.


Siempre recuerdo esta charla, o quizá debería decir monólogo, porque don Fernando me despertó, con su habitual brutal sinceridad, de mi estado de somnolencia espiritual. No para siempre, claro. Algunos cristianos solemos entrar y salir de este estado con más frecuencia de lo que Dios desearía.


Quizá la mejor enseñanza que me dejó el P. Fernando Lázaro, fue el haberme hecho tomar conciencia de que Dios nos habla a través de nuestros seres queridos. Ellos interpretan el deseo de nuestro Padre cuando nos dicen que nos ven mal y que quieren vernos bien. Y también cuando nos sugieren un medio para el cambio positivo. Si hacemos siempre lo mismo, los resultados serán siempre iguales, por eso es imprescindible querer cambiar, para que el cambio comience a operarse en nosotros.


Cuando don Fernando murió, unos años después, volví a la casa donde había estado compartiendo con él un almuerzo. Me acerqué, y con un guiño le agradecí aquella sacudida de mi tardía adolescencia. Me pareció escucharlo:


- Pareces un fantasma, te vas chocando con todo lo que se te pone por delante… algunas veces…


Y me pareció verlo sonreír.


O.M. © Yo Creo 

 
 

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