Todo amor es sagrado. Todo amor consagra

El auténtico amor es siempre sagrado, aunque sea el más humano de los amores. No existe ningún amor que sea vulgar, ni común.

 
Todo amor es sagrado. Todo amor consagra

Todo genuino amor consagra lo que ama. Lo hace “sagrado-con”. Uno se vuelve “sagrado-con” el otro y “con-sagrado” por el amor del otro. Como canta, exaltadamente, el lirismo apasionado del Cantar de los Cantares: “El amor es fuerte como la muerte. Implacable como el infierno es la pasión. Sus flechas son de fuego, como una llama divina. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos ahogarlo.” (8,6-7)


El auténtico amor es siempre sagrado, aunque sea el más humano de los amores. No existe ningún amor que sea vulgar, ni común. Todo amor es una pasión del infierno que nos destroza o es una “llama divina” del cielo que nos consume. Para bien o para mal, el corazón arde en el amor. Sus flechas siempre nos alcanzan. No hay escudo capaz de protegernos. Sus dardos son implacables. Y una vez incendiados, las aguas de los torrentes nunca lo pueden apagar, ni aplacar. Contra el amor todo es inútil. Él tiene su propio designio a cumplir. Nada le es imposible. Todo le es poco. Lo fagocita y lo consume. Y cuando todo está hecho cenizas, las vuelve a encender para que se agiten aún con mayor vivacidad. Todo lo extenúa y nada lo extingue. Todo lo agita y nunca descansa. Todo lo mueve y nadie lo atrapa. Todos alguna vez lo sienten y nadie lo comprende. Para el amor se guardan todas las palabras y todos los silencios. Y ni uno, ni otro, lo expresa acabadamente. Para el amor son todas las canciones y ninguna lo canta completo.


El amor todo lo que toca lo enciende o lo enloquece, pero nunca lo deja igual que antes. Siempre lo modifica, lo transforma y lo transfigura. A veces hasta lo mata. Te toca, te duele y te retuerce. Te levanta, te ennoblece y te exalta. El amor todo lo que invade lo endiosa. Lo hace más grande, más fuerte, más bello y más bueno. Lo llena de su luz y lo ilumina desde adentro. Lo enciende en su propio fuego y lo hace arder sin consumirse. Lo expande y lo dilata. El amor quiebra todas las tinieblas y vence todas las oscuridades. Todo lo que alcanza lo vuelve transparente y diáfano, lo quema en su fuego sagrado. Todo lo que roza lo deifica.  Todo amor consagra lo que ama. Lo vuelve divino y eterno. Lo hace “como Dios” (cf. Gn 3,5) sin que eso sea una oscura tentación sino     -precisamente- su propio destino iluminado. El fin de todo amor es convertirse en Dios. Llegar a abrirse a Él, conocer su rostro y su fuego. Incendiarse con sus incendios. No apagarse nunca en Él. Ser una chispa eterna de ese resplandor abrasador e inextinguible.


Todo amor tiene vocación de Dios. Si no llega a Él, se apaga. Se debilita y se esfuma. Se consume en su propia ceniza y se volatiliza. Todo amor sube hasta Dios como el incienso que se expande. Hacia Él abre su boca para respirar más honda y profundamente sin ahogarse y dilata sus alas para vuelos más abismales. Todo amor busca su mar como el pequeño arroyo su desembocadura. Allí se confunden y vuelven a ser uno.


Si “Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16) todo amor busca a Dios. Lo sepa o no lo sepa. Consciente o inconscientemente, lo anhela para ser aún más lo que ha comenzado a ser: Más pleno, más acabado y más perfecto. Todo amor toca el terreno de lo divino y se vuelve sagrado en la llama de su propio incendio. Lo desea a Dios, aunque sea como a tientas (cf. Hch 17,27), ya que “en él vivimos, nos movemos y existimos” (17,28). Lo llama y lo convoca como a su destino. Le susurra y le grita desde la fuerza de sus entrañas. Desde lo profundo y desde adentro. Desde el sin límites de todos sus límites. Más allá de “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad que excede todo conocimiento” (Ef 3, 18-19).  Incluso en el más allá de todo amor se encuentra Dios. No importa cómo hayas amado. No importa a quién hayas amado o quién te haya amado. Si has amado, te has acercado a Dios. Has estado en Él. Has entrado en sus entrañas. Has comido de su Cuerpo y has bebido de su Sangre. Te has alimentado de Él. Su sustancia es el amor. Es su naturaleza. Se identifica con él. Dios es el misterio del amor. Dios es el misterio de todo amor. Todo amor tiene escondido el fulgurante enigma de la resplandecencia de Dios: Sus llamas; sus chispas; sus fuegos. Todo amor tiene grabado su Nombre y es divino sólo por lo sagrado de Dios. Todo amor consagra. Nada del amor es profano. Sus pies descalzos siempre pisan tierra sagrada (cf. Ex 3,5). Su zarza perpetua arde sin consumirse nunca (cf. 3,2). Su nombre nadie lo sabe porque es el Nombre de Dios.


(Fuente: YO CREO / Autor: Eduardo Casas / educardocasas.blogspot.com)

 
 
  • Máximo Roque CACERES
    El Amor asé definido es la "Voluntad de Dios" creador de todo los conocido, y lo por conocer,solo el Amor es esa energía que sigue ensanchando el Universo su corazón o núcleo es eterno, muy simple yo no puedo Amar Algo ya muerto, el Amor trasciende hacia otra vida y el misterio más sagrado es que vive dentro de Ti, con fulgor armoniza los elementos que posee nuestro cuerpo (No se si me explico) Agua, Tierra, Aire y Fuego son regulados por el Amor que posee cada ser humano y se manifiesta cuando nos reconocemos es decir "El Amor es el proceso que permite conducirte dulcemente hacia Tí "
  • ERNESTINA
    Padre Eduardo Casas¡¡ cuando a veces se ahoga con las palabras no dichas? salen a borbotones¡ y a veces hieren o también pueden llegar a causar algún daño moral¡ lejos de eso¡¡ usted sabe que soy incapaz¡ con la persona única" en este mundo¡quê amo¡ Aquí están las respuestas que yo buscaba¡ con tanto anhelo¡ para calmar mis silencios¡ y llenar mi corazón¡ Udsted es un genio""! mas que eso¡ muy inteligente"! y es verdad? llegamos¡ y nos unimos mas a Dios cuando amamos¡ es un fuego que se enciende en cada palabra¡¡ en cada acto¡¡ El amor nos supera¡¡nos llena de Dios" Por que sabemos que Dios eS Amor¡ Udsted¡¡ También es una Consagración al Amor"" Gracias"!

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