Volvieron con gran alegría

Reflexión del Evangelio del Domingo, por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
Volvieron con gran alegría

Toda despedida así como toda partida o pérdida de algo o de alguien conlleva un dolor interior, pues el alejarnos o el que ese algo o alguien se aleje de nosotros deja un espacio vacío, un hueco interior. Nos sobrevienen la tristeza, la melancolía, el dolor, todo adquiere un sabor amargo, pues este hecho opaca nuestra visión de las cosas. Paradójicamente no ocurrió así con los discípulos de Jesús, el texto que se nos propone para este domingo con el que concluye el Evangelio de Lucas dice que al momento de su ascensión al Cielo ellos estaban felices, en sus rostros brillaba la luz de la ascensión y que luego de ella regresaron al templo no para lamentarse y llorar sino para alabar a Dios “con gran alegría”


El encuentro con Cristo es fundante, no permanece igual quien lo ha visto resucitado, quien ha hecho experiencia de su resurrección, aun como Tomás al contemplar sus llagas y pronunciar la mas bella profesión de fe: “Señor mío, y Dios mío”. Quien se encuentra con el Misterio se ve colmado de alegría, es esta una característica propia del verdadero seguidor de Jesucristo, del verdadero cristiano. ¿Se puede afirmar ser cristiano con cara larga o amargada?, ¿somos portadores de la Redención que ha hecho en nosotros mismos y convencemos a los demás de esta manera? Un triste santo es un santo triste, dice la coloquial frase, así un triste cristiano es un cristiano triste que ha olvidado el pedido del Señor de ser sus discípulos por todo el mundo.


“La ascensión no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanencia que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría verdadera. (…) Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de toda la historia”, Benedicto XVI. Haciendo nuestras las palabras del Maestro antes de partir decimos “ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido”, el final del evangelio de Lucas adquiere continuidad en el comienzo de los Hechos en el que se “oficializa” la promesa de que Dios enviará el Espíritu Santo para que llevemos a cabo la obra a nosotros confiada: la obra de Dios.


Para ello es necesario un corazón abierto, recto, sencillo, dócil, para que sea iluminado por el Padre, como dice san Pablo a los Efesios en la segunda lectura, un corazón sin limitaciones ni restricciones para Dios, en el que pueda obrar Su gracia y que “por la eficacia de su fuerza” llevemos a todos los rincones el anuncio del evangelio.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / Twitter: @emilioroz)


 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación