Detrás de un aparente derecho se esconde un elemento de presión sobre las mujeres para que aborten a sus hijos. Legalizar esta práctica favorece la injusticia contra el niño y su madre.
En el año 1999, Shontrese Otrey demandó a Emergency Shelters Inc. Of Richmond por haberla presionado a interrumpir su embarazo. Al tomar conocimiento de que Otrey estaba embarazada, la organización, bajo el argumento de no contar con los medios necesarios para tratar a una mujer en sus condiciones, le “sugirió” que abortase. Ella, que carecía de recursos para valerse por sí misma, no encontró otra alternativa más que practicar el aborto. La justicia norteamericana consideró que se trató de un aborto forzoso, y fijó el monto indemnizatorio en 25.000 dólares.
Así como éste, pueden relatarse muchos otros episodios en los que la decisión de una mujer respecto a su embarazo se vio ciertamente, ya no influenciada, si no forzada por factores externos.
Las mujeres, al igual que cualquier otra persona, se desenvuelven dentro de contextos sociales y sus decisiones no son ajenas al entorno que las rodea, que pueden afectar de diferentes modos los intereses ajenos. Ciertamente no sería igual para un empleador o persona de familia, que su empleada, mujer o hija decida o no tener un hijo. Entonces, cabe preguntarse hasta qué punto estos factores pueden influenciar a la mujer a tomar la decisión de tener o no a su hijo.
Un 64 % de las mujeres que practicaron un aborto afirmaron sentirse presionadas a optar por esa resolución según un estudio de Rue, Coleman, Rue y Reardon, publicado en el "Medical Science Monitor" en 2004. El dato estadístico nos refleja que lo que se nos presenta como una elección libre, muchas veces no es más que el resultado de una coerción inicua. En un importante número de casos, la decisión de practicar un aborto puede responder a la voluntad de otra persona y no a la de uno mismo, tal como se pretende.
Sería fácil pretender encontrar la solución a este tema mediante penas y acciones contra aquellas personas que incentiven, influyan u obliguen maliciosamente a una mujer a optar por el aborto. La realidad nos demuestra que estos medios recién podrán aplicarse efectivamente luego del daño causado, que el resultado lesivo a la persona en gestación ya habría ocurrido y la justicia sólo podría expedirse, tal como el caso relatado, sobre montos indemnizatorios.
La realidad del aborto forzoso se multiplicaría en caso de una legalización de este delito. En efecto, mientras que la ley que prohíbe el aborto se presenta como un límite objetivo que viene también a defender a la madre, la existencia de una supuesta “libertad” para abortar deja más vulnerable a la mujer ante las presiones diversas que pueda sufrir.
La experiencia demuestra que lo que se nos presenta como un nuevo derecho para la mujer, puede convertirse en un instrumento de presión para aquellos que ven al niño como una amenaza para sus intereses. De despenalizarse el aborto, lo que se obtendría como resultado sería un contexto social en el que la mujer, además de pasar por el embarazo como paso previo a tener un hijo, tendrá que saltear un nuevo obstáculo: la existencia de la posibilidad de abortar.
El mencionado dato estadístico nos demuestra que la decisión de cometer un aborto no siempre se toma libremente. De existir la posibilidad de la elección, como lo proponen distintos proyectos de ley, no debe menospreciarse el peso que tienen otros factores que inciden sobre la libertad de la mujer y pueden llegar a ejercer presiones en función de sus propios intereses. De hecho –de aplicar la analogía- en el 64 % de los casos, la voluntad se puede ver condicionada por factores externos que impondrán una decisión contraria a la vida. Contraria a la vida de su hijo, contraria a la naturaleza y contraria a ella misma.
Por ello, correspondería al legislador preguntarse si es un derecho sobre lo que se está debatiendo o una herramienta de injusticia que se va a aplicar no sólo contra el niño sino también contra su madre.
María Martínez Gouguet, Centro de Bioética, Persona y Familia
Fuente AICA