Los hijos adolescentes y el desafío de educar en la libertad y la responsabilidad.
Llega el fin de semana, y con él, el anuncio inevitable de nuestros hijos adolescentes: “mamá, esta noche salgo con mis amigos”.
Esta sencilla frase marca la diferencia del concepto actual que tienen muchos jóvenes sobre qué es o no salir por la noche. Porque, “voy al cine”, “voy a cenar con mis amigos” o simplemente, “voy a ver el partido a casa de Juan”, y llegar a las tres o cuatro de la mañana, para ellos no es salir.
“Esta noche salgo” es mucho más. Es pasar la noche de fiesta y llegar a casa cuando esta amaneciendo.
Y allí es importante el desayuno compartido entre padres e hijos para comentar la noche: dónde y con quién han estado, si lo han pasado bien, si se han encontrado con algún problema o -simplemente- ver el estado de embriaguez o no con el que vuelven a casa. De cómo nos encontramos a nuestro hijo podremos saber cómo ha transcurrido su noche.
Esta pequeña conversación, no solo muestra la preocupación y el interés por su salida, sino que abre la puerta a un diálogo que, les aseguro por experiencia, es de lo más “instructivo” para la educación de nuestros hijos a corto y a largo plazo. Y después de esta charla, los padres empezamos el día mientras muestro hijos se van a la cama a descansar, como mínimo, hasta la hora de comer en familia. Eso sí, con ojeras y el mal humor que acompaña a la falta de sueño.
Ahora bien, como es natural, este concepto de ocio nocturno -que los padres asumimos impasibles como inevitable- es lo que se convierte para muchos de nosotros cada fin de semana en un dilema sobre cómo actuar, en un motivo de preocupación y desvelo. No nos gustan mucho estas salidas, pero, ¿no son ya grnades y responsables para que confiemos en ellos? ¿No les hemos enseñado a tener la confianza suficiente con nosotros para que nos cuenten dónde y con qué amigos van a pasar esas horas? ¿No hemos hablado con ellos durante largas horas sobre los peligros de la noche y les hemos dado armas suficientes para prevenir los daños físicos y morales que tienen estas salidas nocturnas? ¿No los prevenimos constantemente, hasta el hartazgo, sobre los riesgos que supone la irresponsabilidad ante el sexo, las drogas o el alcohol?
A muchos padres nos cuesta entender y encontrar el equilibrio necesario para tratar este tema. Mientras unos creen conveniente poner límites para protegerles, e incluso llegan a la imposición, negando las salidas nocturnas por “miedo” a los peligros; otros, aceptan con naturalidad, al mismo tiempo que con unas dosis de turbación, que sus hijos se hacen mayores y reclaman más libertad.
Simplemente planteo la disyuntiva en la que nos encontramos los padres con hijos jóvenes y lo que supone correr el riesgo de respetar la libertad de los hijos, conscientes de que la formación que les hemos dado durante años, los cuidados físicos y espirituales, y los argumentos de infinidad de charlas será lo que les guíe por el camino correcto.
Como dice San Josemaría Escrivá de Balaguer, (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 104), “los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales”.
Les hemos educado para convertirlos en buenos hijos de Dios, adultos libres y responsables; nos guste o no, hemos de aceptar con confianza su criterio. Saber que sus padres tienen esperanza en ellos -aunque alguna que otra vez nos decepcionen- y nos vean derramar alguna que otra lagrima, los llena de confianza y acreciente una sana autoestima. Con todo, debemos ser concientes que aún están creciendo y que su personalidad continúa formándose.
“Llegamos -nos recordaba S.S. Benedicto XVI el 21 de enero de 2008- al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas.”
Educar la libertad de nuestros hijos presupone mucho amor, mucha confianza, mucho respeto (aunque se equivoquen), mucha delicadeza al corregir, muchas horas, mucha oración, mucha paciencia y, por supuesto, mucha Gracia de Dios para que nos ilumine y fortalezca en esta hermosa tarea de ser padres.
Remedios Falaguera
Fuente Chatolic.net (Adaptación)