¿Para qué educar?

Reflexiones sobre el desafío de la educación en la situación actual. Por el Padre Rafael Velasco.

 
¿Para qué educar?

EDUCAR PARA UNA SOCIEDAD PLURAL (1)


Habría que comenzar aclarando los términos... Qué entendemos por educación.


Por un lado deberíamos decir que educar es un proceso que consiste en ir logrando que las personas, como sujetos, puedan sacar de sí lo que son y lo que tienen, con la ayuda de mediadores y mediaciones. Sacar de sí (ex- ducere) y a la vez ser conducidos (e-ducare). El educativo es un proceso largo, que lleva la vida entera, pero que tiene etapas formales marcadas. Son las etapas que transcurren en los centros educativos.


Deberíamos señalar en este punto algo muy importante: además de la responsabilidad indelegable de la familia, no es s{olo la escuela o la universidad la que educa. Es la sociedad la que educa y lo hace de muy diversas maneras. Una de ellas es con la explicitación de los modelos deseables.


Dice a este respecto Guillermo Jaim Etcheverry: "Los chicos saben los que los mayores les enseñamos con el ejemplo. Los más inteligentes son los primeros en aprender que resulta mucho más importante seguir lo que la sociedad les enseña implícitamente  con sus acciones y a través de sus estructuras de recompensa que lo que predica la escuela en lecciones y discursos sobre el recto comportamiento" (2).


¿Quiénes son hoy los verdaderos educadores? Los verdaderos pedagogos son los que consagran los medios masivos de comunicación, los deportistas, actores y actrices, estrellas del espectáculo, políticos... Es inútil pretender que la escuela ejerza un liderazgo moral sobre los niños y j{ovenes si ese liderazgo es constantemente desautorizado por la misma sociedad que envía a sus hijos a la escuela.


"Nuestra sociedad honra la ambición descontrolada, recompensa la codicia, celebra el materialismo, tolera la corrupción, cultiva la banalidad y lo frívolo, desprecia el intelecto y lo arduo por considerarlo "aburrido", adora el poder adquisitivo y pretende luego dirigirse a los jóvenes para convencerlos, con la palabra, de la fuerza del conocimiento, de las bondades de la cultura, de la supremacía del espíritu" (3).


Los chicos y jóvenes comprenden el juego inmediatamente y entran en él. ¿Cómo van a leer si los adultos no leen? ¿Cómo van a valorar el estudio y el esfuerzo si lo que se canoniza es el golpe de suerte, los quince minutos de fama? "Yo solo quiero pegar en la radio para ganar mi primer millón", decía una canción de moda hace pocos años. Mientras tenga más raiting bailar por un sueño que estudiar por un sueño, vamos a estar en problemas.


Entonces, al hablar de educación no deberíamos perder de vista que es la sociedad la que educa. Que los centros educativos tiene finalidades específicas, son lugares intensivos, centros de formación, pero que no existen en un espacio aséptico, son centros cada vez más permeables y cada vez más vulnerables a las presiones del medio.


Si un docente debe "defenderse" en el aula de la violencia de los alumnos y a la salida debe defenderse de los padres que van a hacerle reclamos, cuando no a agredirlo, ¿cómo va a ser un agente activo del proceso de educación? Si los directivos están inermes ante posibles demandas judiciales o sumarios administrativos, ¿cómo van a apoyar al docente? Aun más, si el docente se escudaen que la sociedad no lo valora para continuar en la mediocridad o seguir abusando de su rol, tampoco hay posibilidades de avanzar en el proceso de calidad.


La escuela no es un lugar de igualdad. En el proceso educativo hay una situación asimétrica clara. Eso no es malo, eso es lo que posibilita el proceso de transmisión cultural y la guía en el proceso de construcción del conocimiento. Si el docente debe luchar para hacerse con el poder no podrá dar clases. Tiene que quedar claro que hay una autoridad, de lo contrario todo proceso pedagógico queda reducido a un discurso pseudodemocrático hipócrita.


(Continuará)


Extraido de "En el nombre del Padre y del Rabino", Marcelo Polakoff y Rafael Velasco, editorial Sudamericana, 2ª edición, páginas 60-63.


(1) En el texto se siguen algunas ideas de Guillermo Jaim Etcheverry expresadas en su libro "La tragedia educativa", Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999.


(2) Op. Cit.


(3) Op. Cit.

 
 

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