¿Qué hiciste el fin de semana?

Cuando comienza el lunes difícilmente volvemos la vista atrás para rescatar cuánto venimos arrastrando, para desmenuzar lo que ha sucedido el fin de semana y objetivizar nuestro crecimiento.

 
¿Qué hiciste el fin de semana?

Es inevitable que la mayoría de las veces el proyecto -que sólo se va cebando- con que programo cómo exprimir lo que sobreviene, desprecie en olvido lo obtenido, al extremo de traer el pasado a la mente solo para recriminarme cuánto más pude haber hecho y no me alcanzó el tiempo. La dinámica funcionalista con que nos criamos en la actualidad “industrializa” nuestras potencias, haciendo de la experiencia fecunda un artífice productivo, de la belleza un energizante para cubrir el dolor de las piedras del camino. Deshumanizando, desnaturalizando la gracia que se te concede vivir, por la pretensión de controlarlo todo. Tal como el mediocre sabor de los ochenta litros de leche diarios que rinde la vaca explotada, preferidos ante los exquisitos quince litros de la vaca en su vida natural. Tal como la mayoría de mis fines de semana.


Así trascurren día tras día, imperceptiblemente, las oportunidades de vivir “en espíritu y en verdad” (porque se vive como se ora y se ora como se vive), de vivir de verdad, de vivir la Verdad; y precisamos de un algo que nos detenga el irrazonable andar somnoliento, que nos intime personalmente. Este algo viene esencialmente de fuera, frente al soberbio ensimismamiento exige una humildad que acepte abrirse al encuentro. Porque solo en el encuentro vivo lo verdaderamente humano.


Bastó hoy que me pregunten por el fin de semana. Sin inconveniente alguno podría relatar cronológicamente lo acontecido, hasta adornarlo de rima y flores para satisfacer la demanda, pasando por alto el costoso esfuerzo del Señor por sacarme de mi mismo, echar una mirada al fango que pongo en sus manos y recapacitar cuánto me he dejado moldear. Puedo releer el rutinario despertarme del sábado, ángelus, laudes, lectio, misa, desayuno, trabajo, ángelus, almuerzo, siesta, intermedias, adoración, apostolado... mucho antes debería haberme detenido a agradecer. Me viene a la mente el libro de Benedicto que estuve rezando la noche anterior, el Papa, retomando las escrituras intenta dar una imagen real de Jesús desarrollando los pasajes más destacados de los Evangelios, y constantemente debe disculparse por no poder seguir profundizando en un punto, porque cada versículo es una fuente inagotable de riqueza. De manera semejante mi sábado y domingo están llenos de manifestaciones del Señor que habla, a veces suave -como en la luna llena que surgió estos días- otras veces fuerte -como en el apostolado por el cual me he detenido-, y otras veces simplemente mirándome -tanto desde la eucaristía como en rostros concretos-.


Dos hechos son los que, marcadamente, este fin de semana me han sacudido de mi precipitarme y me han devuelto a la vida. Primero, paralelamente a las exhortaciones de Benedicto -a la pureza de corazón, a la pobreza de espíritu, a la humildad- que leía antes de acostarme, me encontré con la realidad del apostolado que hacía carne aquellos conceptos abstractos que meditándolos no lograba concretizar. No que en el barrio sean todos unos santos, pero algo me hizo percibir que estaban más cerca que yo de serlo; y era allí donde se me invitaba a ejercer mi vocación. Darme cuenta de mi ceguera, no bastó para que abriera los ojos –ya que no depende de mí-, pero al menos sabía de mi negligencia, y un silencio cicatrizante comenzó a lamer las llagas de Cristo inundándome de necesidad, más mendigo que nadie en el mundo, de su Amor.


La vuelta del apostolado no trajo conclusiones esquematizadas como mi “funcionalismo” hubiese pretendido, pero el sabor del encuentro con Jesús, aún el resabio de no entenderlo, se me antojaba sabrosísimo. Me estimulaba a encomendarme sin condiciones.


El segundo hecho no fue mucho después, al regreso se precipitaron las vísperas que no dejaron tiempo libre antes de la cena, comimos y luego del rosario se volvieron a interrumpir mis proyectos. Tenía pensado avanzar unos cuantos capítulos del libro, pero antes debía preparar la película de la pasión para que la vean los demás, ya que me lo habían pedido mientras cenábamos. Una vez oí decir a Giussani que el hombre se caracteriza sobre todo por cómo ocupa su tiempo libre, y con un gran miedo a conformarme con poco, me llenaba de ocupaciones bien productivas, que esa noche era la sabia lectura del Papa. Ahora no puedo estar seguro de haberle entendido bien.


Cuando comenzó la película con algunas fallas, me quedé a ver la primera escena -Cristo agonizando en Getsemaní- para asegurarme de que funcione sin problemas. Una que otra vez se trababa, pero eso ya era una escusa porque la atracción que ejercía en mí el ver a mi Señor padeciendo por mí, me dejó estupefacto. Y las imágenes vistas tantas veces adquirieron un sentido nuevo, por Aquel que hace nuevas todas las cosas y me concedía compadecerme, padecer-con Él, tal como él mismo se compadeció por mí. La Palabra se hizo carne nuevamente: “sean misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”.


Quedarme hasta el final fue inevitable, y otra vez me percataba de mi ceguera, encandilándome de su luz, poco a poco abría los ojos y me di cuenta que para mí recién en ese entonces comenzaba la cuaresma. Ahora estoy seguro de haber aprovechado bien mi tiempo libre, aunque no haya avanzado lo que tenía previsto con la lectura, me dejé hacer por Aquel que me salió al encuentro y me invitó a vivir su voluntad, no la mía.


Veo que cada día, en cada instante me vuelve a invitar a abrir los ojos y preguntarme dónde está su voluntad, que revise si no estaré simplemente corriendo tras mis pareceres, si no estará manifestándose en ese preciso momento en algún otro lado, si realmente estoy viviendo en Él.


 


(Fuente: Alejandro Bonet)


 
 

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