‘Sal, luz y fermento’. La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

Llevar almas a Dios en esto consiste el apostolado cristiano; es tarea de todos los fieles por el solo hecho de ser miembros del Cuerpo místico de Cristo.

 
‘Sal, luz y fermento’. La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

Por eso, la preocupación por alcanzar la santidad es inseparable del afán de almas, que en todo momento ha de ejercitarse con gran respeto y amor a la libertad de las conciencias


Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión de informar con su fe todas las actividades que realizaban. Con palabras de Tertuliano: «lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo»".



San Josemaría, como comenta en este artículo Monseñor Álvaro del Portillo, recordó incansablemente en su predicación que «es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús».



El encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las características de una "misión imposible". «Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra» (Act 1, 8). Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos −ni ricos, ni sabios, ni influyentes− tendrían que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.



Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.



Cristo no presentó a sus discípulos esta tarea como una posibilidad, sino como un mandato imperativo. Así leemos en San Marcos: «Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; mas el que no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo: «Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas por Jesús en la Última Cena −«como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado Yo al mundo» (Jn 17, 18)−, de las que el Concilio Vaticano II ha hecho el siguiente comentario: «Este mandato solemne de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha recibido de los Apóstoles con el encargo de llevarlo hasta el fin de la tierra»[1].



Tarea de todos



Cuando se habla de la misión de la Iglesia, se corre el riesgo de pensar que es algo que corresponde a quienes hablan desde el altar. Pero la misión que Cristo encomienda a sus discípulos ha de ser llevada a cumplimiento por todos los que constituyen la Iglesia. Todos, cada uno según su propia condición, han de cooperar de modo unánime en la común tarea[2]. «La vocación cristiana −precisa el Concilio Vaticano II− es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (...). Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una única misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al participar de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en el mundo su función específica dentro de la misión de todo el pueblo de Dios»[3]. Todo cristiano es asimilado a Cristo por el Bautismo y participa de su misión redentora; es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús.



La dimensión apostólica de la vocación cristiana ha estado siempre presente en la vida de la Iglesia; pero ha habido una larga época en la que la realización de su misión salvadora parecía estar encomendada a unos pocos cristianos; el resto era tan sólo sujeto pasivo de la misma. El Concilio Vaticano II ha supuesto en este campo un retorno a los principios, al poner repetidamente de manifiesto la universalidad de esa llamada al apostolado, que constituye no sólo una posibilidad entre otras, sino un auténtico deber: «Les ha sido impuesta, por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»[4].



Donde sólo llegan los laicos



Pero ¿corresponde a los laicos alguna parcela concreta dentro de esa misión? El Concilio Vaticano II había dado ya algunas orientaciones precisas. Los fieles corrientes −se lee en la Constitución Lumen gentium− «son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[5]. Y más adelante: «Los laicos están particularmente llamados a hacer presente y operante la Iglesia en los lugares y condiciones donde no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos»[6]. Es decir, en un hospital la Iglesia no está sólo presente por el capellán: también actúa a través de los fieles que, como médicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio profesional y una delicada atención humana a los pacientes. En un barrio, el templo será siempre un punto de referencia indispensable: pero el único modo de llegar a los que no lo frecuentan será a través de otras familias.



La Exhortación Apostólica Christifideles laici, recogiendo el trabajo realizado en el sínodo de 1987, ha profundizado en esta doctrina. Refiriéndose a la función de los laicos, el Papa recordaba dos peligros que podían presentarse al intentar definirla: «la tentación de reservar un interés tan fuerte a los servicios y tareas eclesiales, de llegar con frecuencia a un práctico olvido de su específica responsabilidad en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre la fe y la vida, entre la recepción del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[7].



Frente a estos dos extremos, el Papa advertía que lo que distingue a los laicos es «la índole secular», pues Dios les ha llamado a que «se santifiquen a sí mismos en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las varias actividades sociales»[8].



De este modo, el Sínodo trató de evitar ese doble riesgo señalado por el Papa: al estimular la tarea de los laicos en los asuntos temporales, soslaya la tentación de un repliegue en las estructuras de la Iglesia, frente a una sociedad hostil o indiferente; y al pedir una fuerte coherencia entre fe y vida, quiere impedir una disolución de la identidad cristiana. Pues, para ser sal de la tierra, hace falta estar en el mundo, pero también no volverse insípido.



La misión específica de los laicos queda así claramente descrita: se trata de llevar el mensaje de Cristo a todas las realidades terrenas −la familia, la profesión, las actividades sociales...− y, con la ayuda de la gracia, convertirlas en ocasiones de encuentro de Dios con los hombres.



Los primeros cristianos



Sin embargo, no respondería a la realidad considerar todo lo hasta ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II. Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión. Su conversión les llevaba a un mayor empeño por cumplir los deberes correspondientes a su posición en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: «Vivimos como los demás hombres; no nos pasamos sin la plaza, la carnicería, los baños, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los demás comercios. Con vosotros también navegamos, con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso»[9].



Y en un venerable documento de la antigüedad cristiana leemos: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres: porque no habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás (...). Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres del país, dan muestra de un tenor peculiar de conducta que es admirable y, según confesión de todos, sorprendente»[10]. Lo que poco más adelante se escribe en el mismo documento, nos hará comprender que, permaneciendo en su sitio, los primeros cristianos habían cambiado notablemente de conducta. «Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen (...), están en la carne, pero no viven según la carne, pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes (...). Para decirlo brevemente, lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo»[11].



Como consecuencia de esa actitud y de su celosa actividad apostólica, el cristianismo se extendió en poco tiempo de una manera asombrosa: indudablemente, aquellos hermanos nuestros contaban con la gracia de Dios, pero, junto a eso, sabemos que su respuesta fue siempre heroica: no sólo frente al tormento, sino también en todos los momentos de su vida. No extraña por tanto que el mismo Tertuliano pudiera escribir: «Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las villas, las aldeas, el ejército, el palacio, el senado, el foro. A vosotros os hemos dejado sólo los templos»[12].



El espíritu del Opus Dei



Permitidme ahora una digresión que me parece de justicia. La llamada universal a la santidad y al apostolado, tan clara en los primeros cristianos y recordada por el último Concilio[13]), es una de las realidades que están en la base del espíritu de la Prelatura del Opus Dei. Desde 1928 su fundador, Josemaría Escrivá, no cesó de repetir que la santidad y el apostolado eran derecho y deber de todo bautizado. Así, por ejemplo, escribía en 1934: «Tienes obligación de santificarte. −Tú también. −¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto"»[14]. Y, refiriéndose al apostolado, escribe: «Aún resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" −Y ya ves: casi todo está apagado... ¿No te animas a propagar el incendio?»[15].



Justamente, pues, puede considerarse a Josemaría Escrivá como un pionero de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en este campo. Lo afirmaba claramente el Cardenal Poletti en el Decreto de Introducción de la Causa de beatificación del fundador del Opus Dei con las siguientes palabras: «Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio, precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia»[16].



 


Con el ejemplo y la palabra


En un mundo cada vez más materializado, la labor del cristiano del siglo XX se asemeja a la que hubieron de realizar los primeros discípulos de Cristo. Como ellos, tendrá que transmitir la Buena Nueva con su ejemplo y con su palabra.



Nunca podremos conocer completamente en esta vida los efectos de nuestra actuación −el buen ejemplo o el escándalo causado− en las personas que han estado a nuestro alrededor. Hay una primera y esencial obligación para cualquier cristiano: actuar de acuerdo con su fe, ser coherente con la doctrina que profesa. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que hay en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 14-16).



Sin embargo, no basta con el ejemplo. «Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un mayor fervor de vida»[17].



Esto no es una cuestión de "especialistas". El Concilio Vaticano II ha recordado la obligación que cada uno de los laicos tiene de hacer apostolado individualmente: «El apostolado que las personas singulares deben realizar, brotando abundantemente de la fuente de una verdadera vida cristiana, es la primera forma y la condición de todo apostolado de los laicos, incluso del asociado, y es insustituible. A tal apostolado, siempre y en todas partes fructífero, pero en ciertas circunstancias el único adecuado y posible, son llamados y obligados todos los laicos de cualquier condición, incluso si les falta la ocasión o la posibilidad de colaborar en las asociaciones»[18].



Las ocasiones en que ese apostolado puede realizarse son innumerables: en realidad, toda la vida ha de ser un continuo apostolado. Me gustaría sin embargo centrarme en dos de las circunstancias que constituyen los ejes en la vida de la mayoría de las personas: el trabajo y la familia.



Entre los diversos motivos que hacen a los hombres tratarse, entablar una amistad, se encuentra sin lugar a dudas el ejercicio de la propia profesión. Podría parecer que el ámbito de apostolado es reducido, pero no se debe olvidar que, normalmente, es ahí donde se establecerán relaciones profundas de confianza, que −en muchas ocasiones− permiten ayudar de forma decisiva a las personas con las que uno se relaciona.



Algunos trabajos −pienso, por ejemplo, en los relacionados con la docencia o con los medios de comunicación social− constituyen una oportunidad de transmitir ideas a centenares o millares de personas. Pero sería un error pensar que sólo esas profesiones pueden ser ocasión de apostolado; en cualquier ocupación, en cualquier circunstancia, el cristiano debe ayudar a que los demás den un sentido cristiano a su vida. Ordinariamente, no será necesario hacer grandes discursos, sino llevar a cabo lo que el fundador del Opus Dei llamaba «apostolado de amistad y confidencia» y que describía en los siguientes términos: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es "apostolado de la confidencia"»[19].



Este empeño se convierte en interés real por cada persona y se encauza normalmente en la conversación personal de dos amigos. «El apostolado cristiano −y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales− es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina»[20].



Un empeño apostólico que, a través de la iniciativa libre y responsable de los cristianos, se manifestará también en el esfuerzo por lograr que las estructuras sociales faciliten a los demás el acercamiento a Dios. Se realizará de esa manera la animación cristiana del orden temporal que, como hemos visto, el Concilio considera misión característica de los laicos. En este contexto, pueden entenderse las llamadas que en la Exhortación Apostólica Christifideles laici el Papa ha dirigido a los laicos empeñados en la ciencia y la técnica, en la medicina, en la política, en la economía y en la cultura[21], para que no abdiquen de su responsabilidad en hacer un mundo más humano y, por tanto, más cristiano.



Para eso cuentan con las inspiraciones y principios que presenta la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina sólo se hará vida a través de los hombres y mujeres que, en Wall Street o en un pequeño comercio del barrio, conciban su trabajo como algo más que una fuente de ganancias o un medio de escalar puestos: a través de ciudadanos que, en la alcaldía o en la asociación de vecinos, se preocupen por hacer más acogedora lo sociedad; a través de intelectuales que, en la Universidad y en la escuela, creen cultura con sentido cristiano.



Empezar por la familia



Junto a toda esa labor apostólica en torno al trabajo −a la profesión de cada uno−, ocupa un lugar fundamental la que se realiza a través de la familia. En el caso de los padres, es ése su primer campo de apostolado, el lugar en que han sido puestos por Dios para realizar una tarea insustituible: la educación de los hijos.



La familia es «la célula primera y vital de la sociedad»[22], y de su salud o enfermedad dependerá la salud o enfermedad del entero cuerpo social. La sociedad será más fraterna, si los hombres aprenden en la familia a sacrificarse unos por otros. Habrá más tolerancia y respeto en las relaciones humanas, en la medida en que se comprendan los padres y los hijos. La lealtad ganará terreno en la vida social, si se valora también la fidelidad entre los cónyuges. Y el materialismo estará en retirada, cuando el norte de la felicidad familiar no sea el creciente consumo.



En cuanto a la atención de los propios hijos, importa recordar de nuevo el papel primordial del ejemplo. Juan Pablo II, en una de las contadas ocasiones en que ha hablado de sí mismo, comentaba refiriéndose a su padre: «Mi padre fue una persona admirable y casi todos mis recuerdos de infancia y adolescencia se refieren a él (...). El simple hecho de verle arrodillarse ha tenido una influencia decisiva en mis años de juventud. Era tan severo consigo mismo, que no necesitaba serlo con su hijo: bastaba su ejemplo para enseñar la disciplina y el sentido del deber»[23].



Y el Card. Luciani −luego, Juan Pablo I− escribía: «El primer libro de religión que los hijos leen son sus padres. Es bueno que un padre le diga a su hijo: "Ahora hay en la iglesia un confesor; ¿no crees que podrías aprovechar la oportunidad?". Pero es mucho mejor si le habla de este modo: "Voy a la iglesia a confesarme, ¿quieres venir conmigo?"»[24]. El ejemplo ofrecido en las más diversas facetas de la vida −de lealtad a los amigos, de laboriosidad, de sobriedad y templanza, de alegría ante las contrariedades, de preocupación por los demás, de generosidad...− quedará grabado de forma indeleble en las almas de los hijos.


Y, junto al ejemplo, la atención generosa a su educación. «El negocio que más habéis de cuidar −solía decir el fundador del Opus Dei a los hombres de empresa− es la formación de vuestros hijos». Una educación que será eficaz si los padres saben hacerse amigos de sus hijos; si, desde que son pequeños, éstos se acostumbran a confiar en ellos, a abrirles su corazón cuando tienen alguna dificultad. Escribía Santo Tomás Moro: «Una vez vuelto a casa, hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser un extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros»[25].


El ritmo de la vida moderna parece no favorecer esta dedicación. Cada vez tenemos más de todo, excepto tiempo. Y se corre el riesgo de que los padres queden absorbidos por el trabajo, aun con el noble deseo de asegurar lo mejor posible el porvenir de los hijos. Pero este porvenir dependerá más del tiempo que se les ha dedicado personalmente que del confort que se les ha ofrecido. Y así, cuando los hijos se quejan, no es por lo que sus padres no les han dado, sino porque no han sabido darse a sí mismos.



Familia abierta a los demás



Esto ya es mucho, pero no es todo. Un cristiano consciente de su misión de levadura en la masa, no puede conformarse con la atención a los suyos. Ciertamente, en un mundo competitivo y duro, es normal el deseo de buscar en la propia familia el afecto y la seguridad que muchas veces falta fuera. Como también es comprensible que, ante los diversos tipos de familia que hoy existen en la sociedad, unos padres cristianos traten de proteger y cultivar el suyo. Pero la familia cristiana es una familia "abierta".



«La familia −decía Pablo VI−, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia (...). Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive»[26]. El ejemplo de una familia cristiana que, con sus limitaciones y dificultades, intenta vivir su ideal, es siempre atractivo, incluso humanamente. Sobre todo si esa familia está abierta a la amistad con otras −de parientes, de colegas, de vecinos, de los amigos de sus hijos−, animada con un espíritu apostólico. De este modo, se hará realidad el ideal que señalaba Juan Pablo II al decir que la «Iglesia doméstica [la familia] está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los "alejados", para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente con la fe recibida»[27].



Por otra parte, toda familia está sujeta a las influencias exteriores, que provienen de las leyes, de la escuela o la opinión pública. De ahí que, tanto para proteger la propia familia como para ayudar a los demás, un cristiano deba preocuparse por que en la sociedad exista un clima favorable a la institución familiar.



«Las familias −se lee en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio− deben ser las primeras en procurar que las leyes e instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser "protagonistas" de la llamada "política familiar", y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad»[28].



Ante una nueva evangelización



Los primeros cristianos supieron cambiar su sociedad, poniendo todo su esfuerzo al servicio del mandato de Cristo: «Entonces, ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor estaba con ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que la acompañaban» (Mc 16, 20).



A las puertas del tercer milenio, ante una sociedad que parece huir alocadamente de Dios, los cristianos de este siglo hemos sido llamados a realizar una nueva evangelización «en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»[29].



Y, con palabras de Juan Pablo II, «esto sólo será posible si los fieles laicos saben superar en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su cotidiana actividad en la familia, en el trabajo y en la sociedad la unidad de vida que encuentra en el Evangelio inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[30]. El mundo espera cristianos sin fisuras, cristianos de una pieza. Con fallos, con errores, pero con la firme voluntad de rectificar cuantas veces sea preciso y seguir adelante en el camino que, de la mano de la Virgen, nos lleva al Padre a través de Cristo, Camino, Verdad y Vida.



(Fuente: Almudi.org – Autor: Mons. Álvaro del Portillo)



 
 

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