Autoestima

La autoestima es el juicio que hacemos de nosotros mismos y de nuestros propios alcances. Es una disposición que puede progresar, aumentar y desarrollarse.

 
Autoestima

La autoestima es la capacidad por la cual somos conscientes de nuestro potencial y de nuestras necesidades reales que nos permite  confiar en nosotros para establecernos metas en la vida, considerando adecuadamente  las limitaciones –de cualquier orden- que tenemos o las circunstancias que condicionan los diversos contextos.


La autoestima es el juicio que hacemos de nosotros mismos y de nuestros propios alcances. Es una disposición que puede progresar, aumentar y desarrollarse. Orienta –en general- a los vínculos y a la acción. Busca la salud, el bienestar, el equilibrio y el respeto por la singularidad personal. Es un  recurso de autoconocimiento, aceptación y valoración de sí. Se forma, se desarrolla y se alimenta de los vínculos y –en su  configuración inicial- depende, en gran medida, del estímulo de otros, lo cual genera confianza y la seguridad. La madurez de la autoestima se elabora a partir de todo lo vivido, lo experienciado y lo aprendido.


Podemos tener limitaciones y -a pesar de ello- y en virtud de ellas sostener la autoestima. Las contingencias y problemas pueden o no necesariamente afectarla. A veces la robustecen. En el ámbito vincular y en la relación social siempre necesitamos de autoestima para sobrevivir en las permanentes  readaptaciones.


La persona autoestimada  tiene confianza  en las capacidades propias; asume responsabilidades; se expresa emocionalmente de manera correcta y madura; sabe lo que quiere; goza de su propia la autonomía; genera productividad al  reconocer y utilizar los dones y talentos de manera efectiva; tiene  iniciativa, creatividad, capacidad de relacionarse; ha conseguido  perseverancia por el esfuerzo sostenido; es flexible para cambiar y aceptar las cosas como son; tiene capacidad de aprender, agradecer, reflexionar, actuar para lograr objetivos, planificar, vivir el presente, valorar el tiempo, respetar a los demás, aceptar la propia soledad, abrirse a lo nuevo, cumplir  acuerdos, perdonarse y perdonar, asumir los éxitos ajenos y respeta las diferencias de ideas y actitudes.


La falta de autoestima, en cambio, llamada desvalorización o desestima, es una especie de autosabotaje o  autoboicot, una autodescalificación que se alimenta de la frustración, la negación, la impotencia, la evasión, la desconfianza, la inseguridad, la  dependencia excesiva de otros, la inconstancia, la culpa desmesurada, el bloqueo perceptivo o emocional, el autoengaño y el  miedo al dolor.


Hay muchas creencias limitadoras que forman parte de mensajes conscientes o inconscientes que son invalidantes y  autodestructivos: “yo soy así y no puedo cambiar”; “los problemas me persiguen”; las cosas van a salir mal”;  “no puedo”, “no voy a lograrlo”; “no sirvo para nada”; “tengo mala suerte”; “nunca me alcanza el tiempo”, etc. 


No hay que confundir, además, la falta de autoestima con timidez. Hay muchas personas que no son para nada tímidas y -sin embargo- no tienen una saludable autoestima. La timidez nace como una  tendencia psicológica que evita el ser desaprobado protegiendo la propia autoimagen impidiendo la expresión libre de las ideas y los sentimientos; bloqueando el disfrute de las relaciones y desaprovechando oportunidades sociales e impidiendo la defensa de los legítimos derechos. Generalmente genera mucha ansiedad y  desarrolla  una serie de mecanismos de defensa que protege de los encuentros interpersonales y de las interacciones con otros  o preservan de situaciones en los que la persona tímida se siente expuesta. La timidez  genera una zona de seguridad, una especie de ostracismo,  una “burbuja” aislante, un  espacio de protección física,  psicológica,  emocional y vincular.


Fuente: Yo Creo – Autor: P. Eduardo Casas


 


 
 

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