Testimonio de un papá que vio como unos kilos de más y la dificultad de algunos chicos para aceptar a todos, repercutían en la autoestima de su hijo.
Ver -hoy- a mi hijo mayor de 14 años delgado y alto no me hace olvidar algún momento difícil de sus primeros años de escuela cuando lo llamaban “gordito”. Desde su nacimiento mostró un tamaño importante, logró caminar a los 10 meses y su contextura era grande, crecía rapidamente y su tamaño -además de su simpatía- llamaban la atención en cualquier lugar.
Siendo el primero de los hijos en la familia, llegó a los tres años con deseos de vincularse con chicos de su edad y fue el colegio quien cumplió su sueño. Ya en la primaria y con un cambio de escuela algún temor se nos hizo realidad a nosotros. Era gordito y tuvo que usar anteojos y -si bien para los grandes era simpático- para su grupo era motivo de risas.
Muy triste mi esposa me dijo una tarde que había podido observarlo en los recreos solo, a un costado del patio. La imagen era sobremanera explícita: el muchachito estaba al costado de todo.
Con paciencia entablamos un diálogo más directo sobre la situación y fuimos rescatando anteriores comentarios que no supimos leer, hasta que -lágrimas de por medio- nos confirmó que su apodo era “gordo popom” y que nadie lo invitaba a jugar.
Sin embargo había oculto su preocupación cumpliendo con sus deberes, aún cuando arrastraba distracciones. Tardó en comprender que también era su aula, su colegio y que esos chicos eran sus compañeros.
Entendimos que lo mejor sería ser claros y acompañarnos. Le pedí que recordara la fisonomía de nuestros familiares y que así encontraría gordos y flacos, altos y bajos. Inclusive su papá era gordo y entonces pude compartir con él que en el crecimiento tendría diferentes etapas y que era -precisamente él- el protagonista. Sin duda con deportes de por medio y prudencia en la alimentación vendría un cambio.
La suerte estuvo de nuestro lado, con deportes que él mismo eligió, llegó a los 14 con un cambio tal que quienes no lo vieron con regularidad no pueden reconocerlo.
Conservamos la costumbre de dialogar mucho y quisimos con su mamá enfatizar lo que había aprendido para él y para que pueda ayudar a quien lo necesite. Le pedimos que jamás incurra en apreciaciones hacia otros de la forma y calidad que las que él recibió, pues sabe el dolor que pueden causar.
Sufrimos con él en su momento y hoy con logros como una humilde y pequeña medalla del colegio que lo destaca como el mejor deportista, se siente bien y es feliz, pero no responde con facilidad cuando se le pregunta que sintió en aquel entonces. Por su forma se que intenta no recordarlo más de lo necesario y -por sobre todo- siempre recibe bien a nuevo compañero.
Esta simple historia se repite en cantidades con diferentes colores, pero sin duda para los protagonistas, los niños, no es una tontería y se puede evitar o enseñar a afrontar.
N.T. © Yo Creo