Déjate perdonar

“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, decimos. Pero ¿qué pasa cuando no nos perdonamos a nosotros mismos?

 
Déjate perdonar

El arrepentimiento sincero es uno de los gestos más importante del hombre frente a sus semejantes y también frente a Dios. Cuando nos arrepentimos de algo y ponemos los medios para rectificar podemos estar seguros de que encontraremos la ayuda inconmensurable de la Gracia de Dios.


El Señor nos conoce. Conoce nuestras virtudes y también nuestros defectos. Nos conoce mucho más de lo que nosotros mismos nos conocemos. Y sabe cuáles son nuestras debilidades, nuestras luchas, nuestras caídas. Sabe también cuántas veces nos hemos puesto de pie y cuántas hemos vuelto a caer.



“No importa el número de caídas”, me decía un amigo. “Lo más importante es la rapidez de la reacción. Salir resuelto a rectificar a través del sacramento de la reconciliación, cumplir la penitencia y dar vuelta la página”.



Sin embargo hay ocasiones en las que nos quedamos “enganchados” en ese tropiezo. Quizá porque hemos caído más fuerte que de costumbre, o tal vez porque nos sentimos cansados de luchar contra la misma debilidad, durante mucho tiempo.



Dios no se cansa de perdonar –repite Francisco con obsesión. Los que nos cansamos de pedir perdón somos nosotros.



No importa la inmensidad de nuestro pecado. Siempre será muy pequeña al lado de la misericordia de Dios. Y El nos pide que no nos quedemos revolcándonos en la tristeza de la caída. Que rectifiquemos, y que salgamos adelante con la cabeza erguida, sabiendo que hemos recibido lo más importante que un hombre puede recibir de su Padre del cielo: su perdón y su amor incondicional.



(Fuente: Yo Creo)



 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación