Día del Padre

Felizmente las idealizaciones en la vida duran poco. Nadie tiene un padre perfecto pero eso, precisamente, lo hace más real, más humano, más cercano, más contradictorio, más “nuestro”.

 
 Día del Padre

“Papá” es una de las primeras palabras que aprendemos a pronunciar. Eso indica que una de las realidades más importante que, por siempre, gravitará en nuestro ser, nuestra personalidad y nuestra vida.


Su evocación nos hace remontarnos a nuestros orígenes y al amanecer de nuestros días; a la simiente y a la raíz. Por el padre nos viene el reconocimiento y la descendencia, la sangre y el apellido, la memoria de los días y el sudor del trabajo. El padre forma parte esencial de nuestra identidad y de nuestra historia. Es el sello de nuestros comienzos.


Los hijos siempre necesitamos de nuestro padre, más allá de la edad y de las circunstancias que tengamos. Lo reconozcamos o no, siempre lo necesitamos, de muy diversas maneras. Por las vueltas de la vida cuando nuestro padre, va lentamente cargando el peso de sus propios años, nos volvemos hasta padre de nuestro padre.


La vida es sabia y -en sus distintos ciclos- nos va poniendo en el lugar de los otros para que las cosas que antes no entendíamos, las empecemos a comprender. Sólo hay que poseer la paciencia de los tiempos de la vida para que, lentamente, nos acerquemos a nuestro padre, lo aceptemos y lo comprendamos.


Felizmente las idealizaciones en la vida duran, relativamente, poco. Nadie tiene un padre perfecto pero eso, precisamente, lo hace más real, más humano, más cercano, más contradictorio, más “nuestro”.


Dios nos ha confiado un padre para que nos acompañe en la vida el tiempo que Él nos haya dispensado a ambos. Por mucho que nos parezca, el tiempo es escurridizo como granitos de arena levantados por el viento que se sumergen en la profundidad del mar. El tiempo es breve; por eso, hay que hacerlo intenso. Sólo el amor vuelve intenso el tiempo.


Hay momentos en que la relación con nuestro padre se torna difícil o entra en crisis, por muy variadas razones. Los vínculos humanos pueden quedar dañados e incluso rotos. También, siempre existe la esperanza de la gracia que todo lo puede. El perdón y la reconciliación son capaz de curar, desde el Espíritu de Dios, todas las heridas de la historia vincular que tengamos.


Las relaciones tienen sus ritmos y sus tiempos propios. Se requiere paciencia y un trabajo continuo del corazón y la oración. Lo que no podemos nosotros, lo puede Dios. Los corazones rotos pueden ser sanados por dentro. Dios mismo entreteje las fibras de los corazones doloridos y afligidos. Él alivia todo el cansancio de los sufrimientos acumulados y de las soledades no compartidas; Él enjuga las lágrimas de sal de las angustias sombrías y las lágrimas dulces de las emociones compartidas, de los gozos repartidos y de las alegrías consumadas. La vida y el corazón tienen lágrimas de dolor y lágrimas de amor.


Mientras tengamos tiempo, compartamos e intensifiquemos la comunión con los afectos. En lenguaje del corazón hay tiempos de cercanía y tiempos de distancia. Hay tiempos de presencia y otros de ausencia. Hay tiempos para la palabra y otros para el silencio.


Hay quienes se tienen que conformar con la evocación de la presencia cuando ella ya se ha ido de nuestro lado. Nos queda la nostalgia y el recuerdo, la vida compartida y aquello que ya nadie puede arrebatarnos. Empezamos a saber de aquello que no se pierde, aunque ya no esté. En verdad, no se pierde nada sino que todo está de un modo distinto, de una manera nueva, de una forma variada.


Los afectos perdurables se vuelven eternos. Su presencia y su luz se transforman en protecciones que siempre nos acompañan. Están permanentemente a nuestro lado y dentro de nosotros. El pensamiento se hace un diálogo interior continuo. Al afecto le crecen alas que rozan la frente de los amamos, estén donde estén. De una cosa estamos seguros: Siempre están con nosotros.


La muerte no hace sino intensificar la presencia. No es una interrupción sino una intensificación. La muerte no cierra sino que abre. No es el final del camino sino un nuevo puente. Es el abrazo que se prolonga cuando el tiempo no nos alcanza para seguir estando juntos. Es la mirada que queda sostenida en el horizonte cuando el espacio se nos termina y limita.


Para los creyentes la vida es una sola, aunque cambia de muchas formas. A veces requiere del tiempo y otras se vuelve eterna. La vida siempre sigue. Prosigue hacia delante o hacia arriba. El  tiempo o en la eternidad la vida continua. Estés aquí o estés allá, siempre nos encontraremos. Siempre estaremos juntos. Siempre nos reconoceremos. ¡El amor tiene tanta formas de presencia; tantas maneras de comunión!


En el amor no entra nunca la separación. En el amor no existe nunca la muerte. El amor sólo tiene múltiples formas de vida. El amor es -por siempre- vida.


Fuente: Yo Creo – Autor: P. Eduardo Casas


 
 
  • Lucía Baeck
    Feliz día del Padre.

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