El entusiasmo, la actitud más dinámica y “vital” de la existencia.

La palabra entusiasmo proviene del griego y significa tener un dios dentro de sí.

 
El entusiasmo, la actitud más dinámica y “vital” de la existencia.

En la Antigüedad el entusiasta era tomado por un dios o un héroe por vencer los desafíos. El entusiasmo es un cierto estado de fe humana, de confianza y  autoafirmación: se cree en la capacidad de  transformar las cosas, se está impulsado a actuar en el mundo.


 


Entusiasmo es distinto del optimismo ya que éste cree que algo favorable va a ocurrir, ve el lado positivo de las cosas con una postura amable ante los hechos que ocurren. El entusiasmo, en cambio, es acción y transformación, es reconciliación entre uno mismo y los hechos. No son “las cosas que van yendo bien" lo que nos trae entusiasmo, al contrario, es el entusiasmo que nos hace ver bien las cosas.


Jesús fue una persona entusiasmada: su amor incondicional;  su pasión por la verdad; su entrega sin medida; su sacrificio extremo y su ardor por el Reino de Dios nos hablan de un hombre colmado del fuego del Espíritu.


Los santos han sido entusiasmados, de distintas maneras y con diversas personalidades, por el amor a Dios, a Jesús, a su Iglesia y a los hombres.


Los hombres y mujeres con ideales y utopías posibles, entregados a una causa noble por la dignidad de los demás  son transportados por un impulso de entusiasmo arrollador que no tiene que ver con la edad, la fuerza o la emotividad sino que es una actitud que nace del sentido de la vida, de las cosas del trabajo y del compromiso. Sin entusiasmo no podemos dedicarnos a la a exigente tarea de vivir con ardor infatigable.


Vivir este presente nos permite entusiasmarnos con la esperanza que lo mejor sigue siendo posible: todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, digno de honra, virtuoso y merecedor de alabanza debe ser tenido en cuenta” (Filipenses 4,8).


Fuente: Yo Creo – Autor: P. Eduardo Casas


 
 

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