El santo no nace, se hace

La aventura de la santidad comienza con un sí a Dios. (San Juan Pablo II).

 
El santo no nace, se hace

Hace un par de años, estábamos cenando en mi casa y surgió “la vida de los santos” como tema central de la conversación. Luego de una larga y variada lista de temas asociados a este, hablamos del riguroso proceso de estudio de la vida y virtudes de los candidatos, que realiza la Iglesia antes de llegar a la beatificación y a la canonización. Uno de mis hermanos, un tanto inquieto con la idea de que se les proclame como dignos de ser imitados, mencionó que no cualquiera podría llegar a ser santo. Insistió que era casi imposible, pues ellos nacían con un “don especial” que ninguno de nosotros tenía. Se me ocurrió entonces preguntarle: -¿Qué entiende usted por “ser santo”? Y su respuesta fue muy rápida, como aquella que se tiene bien aprendida: -Hacer votos de castidad, pobreza y obediencia, y luego aparecer en las estampitas. Recuerdo este episodio que viene a mi memoria con cariño, pues creo que esas no son las únicas características de un santo. Me animó a aprender más sobre el tema para poder argumentarle a él y a cualquier otro, que no se nace aprendido y por ello todos estamos en “potencia” de llegar a ser santos.


Un santo es todo aquel que tras su muerte, llega a conseguir la felicidad eterna, en otras palabras, quién llega al Cielo. Muchas personas piensan que los santos son solo aquellos cuyas imágenes han sido colocadas en altares y conmemoramos sus fiestas diferentes días del año. Pero no es verdad, son todos los que en su vida han luchado por alcanzar el máximo regalo, el mejor de los destinos. Como dice San Juan Pablo II, son aquellos que le dieron un “sí” a Dios.



Cumplir la voluntad de Dios no es fácil, pero es algo a lo que todos los creyentes estamos llamados a seguir. ¿Cuál será nuestro destino final?, ¿Qué habrá después de la muerte?, ¿A dónde queremos ir?… Son preguntas que deben estar constantemente en nuestra vida, al tomar decisiones, al estar frente un problema o un desafío.



Benedicto XVI nos da algunos consejos para poder llegar a la felicidad eterna y lo primero es fortalecer el amor con que amamos a Dios. Él tiene que estar al mando del timón de nuestro barco, de nuestro corazón; y ser la primer guía o referencia en cada situación. Para que el amor pueda crecer y dar fruto en el alma, hay que escuchar la palabra de Dios y recibir la Eucaristía. Al escuchar la palabra de Dios, aprendemos más de Jesús y utilizamos como ejemplo, su vida para imitarlo y ser mejor cada día. La Eucaristía tiene un efecto como el de las barritas energéticas que utilizan los deportistas para volver al campo de juego con una buena “carga”. Así funciona la Comunión, nos da energía para seguir luchando en esa misión que tenemos, nos ayuda a no desviarnos del camino con facilidad y a luchar contra las dificultades.


Otro consejo que nos da, es la oración constante. Esta nos ayuda a mantener una relación más cercana a Dios y aprender a tratarle como un Padre amoroso que está siempre ahí para escuchar nuestras necesidades y preocupaciones, para que contemos de nuestras flaquezas, disgustos, ilusiones y momentos de felicidad. Por último nos pide vivir las virtudes con entusiasmo y constancia, vivirlas de manera heroica. Así es como vamos a lograr ser santos… ¿Suena fácil, no?


San Agustín es uno de mis santos favoritos, su vida es un vivo ejemplo de que nunca es tarde para cumplir con la voluntad de Dios y que uno no nace siendo santo. Su madre, quien llegó a ser después Santa Mónica, procuró inculcarle desde pequeño la doctrina católica. Sin embargo, su padre era pagano y Agustín vivió como un chico normal de su época en una sociedad pagana. Le gustaba disfrutar de los placeres y espectáculos banales de su época. De una mente brillante y gran aficionado a la Filosofía, se convierte en un gran buscador de una verdad, la cual busca por muchos años siempre sintiéndose insatisfecho. Cuando muchos años después descubre que el catolicismo –aquellas ideas escuchadas constantemente de su madre- provee la Verdad absoluta, decide realizar un giro a su vida y se arrepiente de todas sus faltas. Se bautiza a los 33 años, se ordena sacerdote y llega a ser Obispo de Hipona y será nombrado luego como Doctor de la Iglesia.



Al conocer más sobre vidas de santos, me di cuenta que muchos de ellos habían sufrido por la muerte de un familiar muy cercano. Llegué a pensar que una pérdida así hacía falta para poder ser santo y que la santidad tenía que doler… ¡Pero comprendí que no hacía falta! Lo que realmente eso significaba es que lograron llevar su dificultad con alegría, entendiendo que ese era parte del plan de Dios. Confiando plenamente en Él.



La Iglesia busca almas que viviendo en el mundo y en las cosas del mundo, lo busquen a Él. Que quieran seguirle, imitarlo, conocerlo, que lo tengan como centro de sus vidas. Pero no saliéndose del mundo, sino dentro de él, que seamos personas comunes, para demostrar que verdaderamente “vivir la vida” es vivirla con Dios en nuestro corazón.



Ninguna persona puede estar triste si imita a Jesús durante su vida, si sabe que existe una felicidad eterna que es el Cielo y que puede llegar a alcanzarla. Como dice San Juan Bosco, “un santo siempre esta alegre, un santo triste, es un triste santo”. En resumen: ¡Hay que estar alegres! Es importante que esta felicidad que sentimos cuando seguimos a Cristo, no nos la dejemos para nosotros mismos. Todos queremos que nuestros amigos y familiares puedan sentir lo que estamos sintiendo, no dejemos de hacer apostolado y llevarle más almas a nuestro Padre que nos espera en el Cielo.



El tiempo corre y no podemos dar vuelta atrás, cada segundo cuenta, Dios confía en nosotros para acercar a Él a cada persona que cruce por nuestras vida. No nacemos siendo santos, tenemos que luchar para alcanzarlo. Seamos soldados de Cristo. ¡Somos la Iglesia Militante! ¡Luchemos por ser santos! ¡Formemos un ejército, el ejército de Dios!



(Fuente: Catholic.net – Autor: Anne Marie Baudrit)



 
 

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